La complejidad de la realidad social

La complejidad de la realidad social

A estas alturas es ya un tópico afirmar que la
realidad social es muy compleja y que sólo se
puede entender, explicar, interpretar, utilizando
enfoques no reduccionistas. Al asistir a la reunión
de la Coordinadora de ONG Solidarias de las comarcas
gironenses convocada en relación a los últimos
acontecimientos de Terrassa, Banyoles, Girona, etc.,
he vuelto a comprobar, una vez más, esa complejidad.
Una de las primeras dificultades al abordar un
fenómeno social complejo, tal vez la primera dificultad,
radica en la definición del problema, como la
condición previa para poder articular cualquier tipo
de respuesta organizada, sistemática, operativa.
Mientras hablaban los compañeros, me preguntaba
¿cuál es el problema en nuestro caso? ¿La desigualdad
social, la marginación, la discriminación, la
estigmatización, el racismo, la xenofobia, la ley de
extranjería, la intolerancia, la falta de cultura, la falta deinformación, la desinformación, el sensacionalismo de
los medios de comunicación, el modelo de construcción
europea, las conductas violentas de unos pocos, la
inexperiencia de unos políticos, el conseller Comas?
Como podemos imaginarnos, según cómo definamos
como el problema, nuestras actuaciones irán en
una u otra dirección. Pero lo peor es mezclarlo todo,
como parece que a menudo está pasando, lo que
causa así un problema metodológico insuperable
desde fuera de las ciencias sociales. Propongo un
hilo conductor, una propuesta como cualquier otra,
para intentar analizar esta complejidad referida al
caso de los hechos racistas de los últimos días.
A partir de la ilustración, y de la mano de la modernidad,
a las sociedades como la nuestra se les planteó
un dilema: pese a las proclamas de libertad,
igualdad y fraternidad, era necesario explicar «naturalmente
» el hecho de que unos hombres y mujeres
fuesen más libres, iguales y fraternos que otros. Desde
entonces, nuestras sociedades han ido elaborando
unas categorías a partir de las cuales poder explicar
estas «naturalidades». Inicialmente estas categorías
fueron las de «locos», «criminales» y «salvajes» que
la división intelectual del trabajo va a encomendar
respectivamente a la siquiatría, la criminología y la
antropología. Pero la cosa ha ido evolucionando, así
como las categorías y las justificaciones ideológicas
del dilema inicial.
Hoy en día, y en nuestra sociedad, ha aparecido
una nueva serie de categorías, que si bien en el
fondo siguen el mismo modelo inicial, se nos presentan
bajo otras formas y con otros discursos asociados.
Una de estas nuevas categorías, la que nos
interesa destacar aquí y hay otras como la de drogadictos
o terroristas
es la de inmigrantes.
A grandes rasgos, los inmigrantes, en nuestra sociedad,
parece que cada vez más se están acercando
–los estamos empujando– a la categoría más genérica
de marginados. No me interesa aquí comentar
los procesos y las especificidades de este proceso de
marginaciónautomarginación, sólo quiero resaltar la
funcionalidad que en nuestra sociedad tiene la existencia
de marginados, y, entre ellos, los inmigrantes.
Si entendemos por marginación el conjunto de procesos
que llevan ala exclusión de determinados individuos
o grupos en el acceso a los recursos a los que
todos los ciudadanos tienen derecho, veremos que
esta marginación ya tiene su funcionalidad —su «lógica
» dentro del sistema— hasta llegar a ser ya un
componente necesario para su propia reproducción.
Es decir, que el sistema, ante la necesidad de proveerse
de explicaciones acerca del mantenimiento
de las desigualdades, crea unas categorías para
designar a determinadas personas y grupos de nuestra
sociedad a los que se trata como si estuviesen al
margende ésta. A esos colectivos se les coloca en un
espacio liminar, de tierra de nadie, muy vulnerable,
ytambién muy «contaminante» como todos los estados
liminares. No es de extrañar que esos colectivos
sean muy propicios a todo tipo de fechorías por parte
de quienes necesitan estigmatizar a alguien para, al
hacerlo, encontrar su lugar en la sociedad.
Pero tal y como muy bien dice una de mis maestras,
Teresa San Roman, la estigmatización no es
una variable independiente. Constituye la mediación
necesaria en un proceso de marginación, pero ha
ser activada por otros factores coma la competencia
para ciertos recursos básicos como territorio, vivienda,
trabajo, espacio urbano, etc.
Eso es lo que, a mi entender, está comenzando a
pasar entre nosotros. Estamos empezando a crear
nuevos –y recrear viejos– estigmas que estamos utilizando
como activadores de este proceso de marginación,
haciendo posible de este modo que el sistema
continúe, se haga competitivo, se pueda seguir
reproduciendo a sí mismo (mano de obra barata, trabajos
que ninguno quiere hacer, justificación ideológica
de las desigualdades sociales porque son «otros», etc.).
Para crear o recrear estos estigmas se necesitan
ciertas condiciones sociales que son las que desde
un tiempo a esta parte se están produciendo en nuestra
sociedad. El proceso es sencillo. Para estigmatizar
a alguien es condición necesaria que este alguien
se salga de la norma, se desvíe, no se integre,
etc. A partir de estas supuestas «anormalidades» podrá
comenzarla estigmatización como mediación necesaria
en el proceso de marginación. Pero además se ha de
producir también la visibilidad de estas supuestas «anormalidades-
desviaciones», si no, la cosa no funcionaría.
Pero tal y como nos dice Oriol Romani en su último libro
sobre las drogas, la visibilidad social de estas supuestas
«desviaciones», además de ser socialmente construidas,
dependen de la interacción de diferentes variables
características de la sociedad de que se trate.
La primera variable será la falta cualitativa y cuantitativa
de recursos (económicos, sociales, políticos,
culturales, simbólicos) de los que los miembros de los
grupos sociales disponen para negociar su situación
dentro del propio sistema. En este sentido vemos
cómo los incidentes de los últimos días se están produciendo
en barrios con pocos recursos, olvidados de la
Administración, desestructurados por el paro, y donde
los jóvenes no disponen de recursos simbólicos para
reformular sus identidades en un mundo fragmentado,
sin referentes y sin perspectivas de futuro.
La segunda, el tipo y grado de prejuicios, estereotipos,
actitudes existentes en el grupo mayoritario y
referidos a los grupos supuestamente «desviados».
Aquí no partimos de cero: el “moro” y el “negro”
siempre han estado presentes en el imaginario colectivo
de nuestra sociedad. Lo único nuevo hoy es la
combinación de «negro y musulmán», como ha pasado
en Banyoles o en Girona, no así en Terrassa, y
que aún no sabemos cómo está trabajando en nuestro
subconsciente social.
La tercera, la entidad de la norma violada. Esta
variable es la que nos permite dar intensidad al proceso
de estigmatización. Segun la tipología de la
supuesta «desviación» la reación será más intensa,
más irracional en el sentido de necesitar menos justificación
ideológica. La suciedad y el ruido hace
más de cinco siglos que forman parte de nuestro
repertorio cultural de prejuicios utilizados como instrumentos
de estigmatización. Pero tal vez el más
potente de todos los prejuicios es el sexual. En Terrassa
parece que todo comenzó porque los jóvenes
magrebíes les decían “cosas” a las mujeres que pasaban
por la plaza. Parece que ésta es una de las
normas más inviolable de nuestro sistema de valores.
Como vemos, la activación de los estereotipos, de los
prejuicios, es cosa relativament fácil de conseguir.
La cuarta variable es la alarma social producida
por estas supuestas «desviaciones». En este punto,
«con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho». A
veces, ya no sé si la realidad es lo que ocurre o es lo
que crean los medios de comunicación. Como decía
Lévi-Strauss parece que vivimos de telerrealidades.
Pero lo que sí es cierto es que esta realidad no
podemos rehuirla; en todo caso, hemos de aprender
a informarnos, saber «leer entre líneas», en definitiva,
a formarnos un criterio y no dejar que nos lo ’
impongan. Pero eso parece imposible en un sistema
informativo hiperdemocrático, como decía en Girona
hace unas semanas Ignacio Ramonet, donde lo que
interesa es la cantidad de información y donde el
contenido parece que no importa. La censura de hoy
es el exceso de información.
En la reunión de la Coordinadora de ONG Solidarias,
por un momento llegué a pensar que lo más
importante de todo era lo que han dicho, dicen y
dirán los medios de comunicación, pues en función
de eso actúan los políticos, que son los únicos que
pueden cambiar las cosas, como si los ciudadanos ya
no pudiésemos decir nada en todo esto.

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