Mucho más que una película de “buenas gentes”

"Le Havre" (Aki Kaurismaki. Finlandia, 2001)

Mugak Port58

Al finalizar la visión de “El Havre” queda el regusto de una sensación de bienestar, de elemental y honda satisfacción, Es, en comentario de una ocasional vecina de butaca y buena amiga de antaño, un encuentro “tan raro ya en nuestros días” de buenas personas, de ésas que viven con naturalidad la solidaridad entre la gente del barrio, con olfato muy fino para descubrir al indigente y con gesto de apoyo rápido y abierto para echar una mano a quien lo precise.

Con materiales semejantes, tantas veces usados para tejer cuentos ejemplarizantes, entre naif y moralistas, Kaurismaki ha sabido crear un poderoso relato que ha merecido, desde su presentación en Cannes, el premio entre otros de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci) y cuatro nominaciones a mejor película europea.

La fuerza del film reside en que hay un pálpito, una fuerza y una sinceridad en el relato que convierte lo extraordinario, lo anormal, el “milagro” en historia diaria o expectativa creíble. Así lo afirma directamente uno de los personajes del film. La mujer del protagonista es una mujer inmigrante, enferma de cáncer, acostumbrada por tanto al silencio del desamparo, incapacitada para “creer que los milagros se acerquen jamás a su barrio”. Y sin embargo ella será un testimonio explícito y asombrado de lo que Kaurismaki logra. Constatará en efecto que el milagro es posible en su barrio, en su entorno y en su propia vida. El “cuento de hadas” se convierte así, en un espacio tan imprevisible como un suburbio de El Havre, en crónica, excepcional ciertamente pero posible, de una experiencia colectiva.

Una de las claves, quizás la decisiva, del éxito reside en el descubrimiento de la capacidad transformadora de un tipo de solidaridad directa, espontánea, de las gentes que comparten día a día sus problemas, para las que la ayuda mutua no deriva de un principio ético, legal, político o religioso, sino de compartir angustiosa y solidariamente las pulsaciones del dolor, de la carencia, del desarraigo, de la explotación, y saber que no hay otra salida que llamar al/a vecino/a que ayer acudió a tu puerta. Cuando esto es verdad -y la historia, el barrio y la fábrica nos recuerdan con frecuencia, por desgracia, cómo no siempre es así e incluso que puede ser un sentimiento vergonzosamente manipulable - día a día estamos descubriendo el potencial de una de las más importantes reservas de solidaridad de que es capaz el ser humano.

Todo ello queda inscrito en una escena sin trucos y sin apenas relieve cinematográfico que nos transmite la naturalidad, la frescura y la verdad de ese gesto germinal. El protagonista descubre, sentado distraídamente en las estrechas escaleras que permiten el acceso a los bajos del puerto, la necesidad extrema de un desarraigado, un menor emigrante, mientras la policía enfurecida trata de descubrir, con su habitual y exagerado despliegue de medios y su probada ineficacia, al “presunto terrorista” que acaba de fugarse pese al cerco policial. Sin palabras, el oído abierto y la boca cerrada, será el comienzo de una aventura solidaria, creíble pese a parecer un cuento de hadas.

Toda la trama de la película consiste en perfilar y valorar el despliegue de las fuerzas antagónicas que entrarán en juego para resolver el conflicto social que ha podido suscitar este pequeño, aturdido aún al ser descubierto en el interior de un contenedor detenido en un punto, El Havre, desconocido y equivocado.

Un par de gestos esquivos son suficientes para que el protagonista y el niño huido sintonicen y uno despiste a la policía sin dar indicios de la presencia del niño y éste en la alborada del día siguiente se presente en su casa con la seguridad de ser atendido. Y el protagonista contará con la disponibilidad incondicional de las personas del barrio que llegue a necesitar para enfrentar el acoso creciente de la policía. Y la red crecerá, en un barrio bien trabajado por tantos gestos anteriores que modelaron una confianza en el protagonista y en tantos vecinos, en la medida en que la urgencia de nuevos apoyos sea precisa.

Hay un personaje realmente complicado, en el que se entremezclan en imposible equilibrio influencias extremas y contradictorias y por ello puede convertirse en la “prueba del algodón” para medir la credibilidad de la historia. Es un policía, que encarna la fidelidad sumisa, eficaz e incondicionada que se supone por principio en los policías. En lo más profundo de sus entrañas sin embargo, revive una herida ancestral, un sentimiento profundo, que ignora de dónde nace y por qué pervive pero que aflora, pese a él mismo en ocasiones, y le hace imposible digerir que los niños, para él siempre débiles e indefensos, lleguen a ser merecedores de los tratamientos habituales en la gestión policial y que día a día se le imponen con mayor agresividad. Y curiosa e intencionadamente el desenlace de debate interior y su aportación resultarán decisivos en la solución del conflicto.

P.D. El sábado pasado, 11 de febrero, cuando trataba de ultimar la revisión de esta crítica, sintonicé la SER y escuché el cariño y la sonrisa con que Monserrat Domínguez retransmitía, en su programa “A vivir que son dos días” desde Anantapur, Indía, la ilimitada transformación personal, social e incluso ambiental que ha expandido y sigue ampliando el gesto de confianza ilimitada y de fe de Vicente Ferrer, mantenido hoy por su mujer y su hijo, en la capacidad transformadora inserta en el corazón de unas mujeres secularmente empobrecidas, analfabetas, parias. Es ésta una de las buenas noticias que engrandecen la fe y el corazón del ser humano. Pese a todo, el “milagro” sigue siendo posible.

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