La construcción del discurso racista hacia “los inmigrantes”

Mugak57

Espelt, Esteve. (Departamento de Psicología Social. Universidad de Barcelona)

¿Cómo mantienen entre sí los miembros de un grupo la convicción de que son no sólo más poderosos, sino también mejores seres humanos que los de otro grupo? Esta pregunta que formula Norbert Elias en su Ensayo acerca de las relaciones entre establecidos y forasteros guía nuestro artículo y está en el trasfondo de cualquier intento de análisis del racismo. ¿Cómo consiguen los establecidos (o autóctonos) creer que pertenecen a un grupo claramente diferente a los forasteros, en nuestro caso, “los inmigrantes”? ¿Cómo llegan a considerarse mejores que la “gente de fuera”, cómo se atribuyen a sí mismos unas cualidades superiores y estigmatizan a los otros como gente de menor valía? Para responder a estas preguntas analizamos cómo se construye el discurso racista hacia “los inmigrantes”, las estrategias discursivas que lo articulan y los tópicos que lo cimientan.

Para comprender las estrategias y los argumentos en que se fundamenta el discurso racista actual debemos tener presente la metamorfosis que ha experimentado el racismo desde, aproximadamente, el último tercio del siglo XX. En ese periodo, la confluencia de una serie de factores, principalmente el impacto del genocidio nazi y el avance de la cultura de los derechos humanos, provocó que las manifestaciones explícitas de racismo fueran social y personalmente inaceptables. Entonces, la expresión del racismo se volvió más sutil e indirecta, evitando sus aspectos más groseros, tanto en su forma de expresión a nivel de actitudes y conductas como en su argumentación ideológica. Esta nueva forma de expresión del racismo ha sido conceptualizada de diversas formas: racismo simbólico (Sears y Kinder, 1971), racismo moderno (McConahay, 1986), nuevo racimo (Barker, 1981), racismo diferencialista (Taguieff, 1987), neo-racismo (Balibar, 1991), entre otras.

Para ilustrar y profundizar en el discurso racista hacia “los inmigrantes” utilizaremos diversos foros de Internet asociados a artículos de periódico sobre cuestiones de racismo e inmigración. Concretamente, tres artículos de El País, “Fabricando la islamofobia” (6-12-2009), que versa sobre la prohibición de construir minaretes en Suiza; “Ser negro en España” (11-10-2009), donde se describen las dificultades de este colectivo; y un artículo en que un exministro acusa a los inmigrantes de colapsar los servicios de urgencias y de ofrecer un trabajo de bajo nivel: “Arias Cañete: ’La mano de obra inmigrante no es cualificada. Ya no hay camareros como los de antes’” (7-2-2008). No pretendemos hacer un análisis del discurso stricto sensu de estos foros sino una aproximación discursiva que nos permita visualizar los tópicos que circulan sobre “los inmigrantes” y los mecanismos que justifican y legitiman el discurso racista hacia ellos. El interés de utilizar estos foros reside en que ofrecen a las personas la oportunidad de expresar anónimamente sus opiniones, reduciendo así el efecto de la deseabilidad social. Ello hace que sea un espacio especialmente adecuado para analizar el racismo social.

Categorización Nosotros (“los autóctonos”) vs. Ellos (“los inmigrantes”)

En la construcción del discurso racista desempeña un papel esencial la polarización entre Nosotros y Ellos. Es el primer paso y el que permite todos los demás. Una vez hemos clasificado a las personas en grupos diferentes, las separamos y percibimos como más diferentes entre sí de lo que en realidad son. Existe la tendencia a minimizar las diferencias entre miembros de la misma categoría, éstos se homogeneizan, viéndose como similares e intercambiables. En cambio, las diferencias entre categorías o grupos tienden a exagerarse. Cuando asignamos las personas a un grupo (por ejemplo, marroquíes) los percibimos como similares, exagerando sus semejanzas con los otros miembros del grupo y sus diferencias con los miembros de otros grupos. Así, minusvaloramos aquellas diferencias que nos distancian de otras personas de “nuestro” grupo. En cambio, ignoramos o minimizamos todo aquello que nos vincula y acerca a las personas del exogrupo (Allport, 1971; Tajfel, 1984).
La categorización Nosotros-Ellos es una distinción muy simplista pero tremendamente eficaz, con un gran poder emocional y movilizador.

Cuando el pensamiento del individuo resta atrapado entre estas dos categorías se guía por una imagen totalmente estereotipada de ambos contendientes (especialmente del considerado adversario) y olvida que Ellos son personas como Nosotros, con sus sentimientos, su orgullo, sus esperanzas, sus miedos y también, como Nosotros, sus intereses. Se reduce a los otros a una única dimensión de su identidad, ignorando toda su diversidad. Son moros… y nos olvidamos que también son padres, madres, trabajadores, estudiantes, arquitectas, psicólogos… y que, por tanto, comparten numerosas características con nosotros. En suma, la percepción estereotipada del otro borra los rostros de las personas que lo componen y entonces los percibimos como si todos Ellos fueran Uno. Las personas son reducidas a categorías, abriendo las puertas no sólo a su despersonalización (Turner, 1990) sino también a su deshumanización (Bar-Tal, 1989). Ambos procesos obstruyen la empatía hacia las personas del otro grupo y tienen un gran poder autodesinhibidor, facilitan el maltrato al otro sin ningún tipo de problema moral.

En la práctica, el concepto de inmigrante no se utiliza para designar al que acaba de llegar de otro lugar, sino que sólo se aplica a sectores subalternos de la sociedad a los que se estigmatiza. Tiene la función de separar a “los inmigrantes” de “los autóctonos”. Entonces, una gran pluralidad de personas se disuelven bajo estas dos categorías, reduciéndolas a dos sujetos uniformes, indiferenciados, que se presentan como ajenos y antagónicos entre sí. En esta línea, se tiende a construir un discurso homogeneizador sobre “los inmigrantes” que niega su pluralidad e invisibiliza su diversidad interna, además de transmitir una visión negativa y deshumanizada de ellos. Además, referirse a ellos con categorías como “pateras”, “ilegales” o “sin papeles”, como a menudo hacen los medios de comunicación, promueve, al hablar de ellas sin mencionarlas directamente, su cosificación. Se trata de una estrategia discursiva de sustitución que implica la negación del sujeto, invisibiliza a las personas implicadas al eludir su historia personal y su humanidad, lo que las convierte en un colectivo indiferenciado y permite tratarlas como cosas y no como personas (Nash, 2005; Thompson, 1998).

Las referencias a “los inmigrantes” como un todo indiferenciado está muy presente en los foros analizados (1) . Así, la diversidad que engloba dicho término queda diluida, volviéndose invisible. Especialmente queda caricaturizada la imagen del Islam. Se reduce una población de más de mil millones de personas a un cliché, donde parece no haber diferencias entre los musulmanes de Gambia, Indonesia o Arabia Saudí. Es como si el Islam tuviera una esencia integrista inmutable que impregnara por igual a todos sus seguidores. Éstos son considerados como simples portadores o representantes de su cultura y no como agentes activos que interpretan y construyen la realidad. Veamos algunos ejemplos donde se transmite esta concepción:

“¿sabeis lo que estudian los niños en arabia saudi ? La respuesta sera violenta pq el libro que les inspira es violento digan lo que digan ellos. Os recomiendo su lectura y una buena conversación con algun musulman practicante para que veais hasta que punto se han quedado anclados en la edad media y además sin posibilidad de evolución”.

“Los musulmanes dan miedo, ya que no sabes quien es un exaltado y quien no. Por mi, que se quedaran en oriente medio y hechasemos a todos de Europa. Su religion, que es su vida, es incompatible con la democarcia y con nuestra costumbres. Queres vivir bajo la ley dela Sharia? Ok? Vete a Arabia”.

Representación negativa de Ellos y positiva de Nosotros

La lógica general del discurso racista se fundamenta en una representación negativa de Ellos, acompañada de una auto-imagen positiva del propio grupo. Es una estrategia argumentativa fundamental para legitimar y persuadir, tanto a los otros como a nosotros mismos, de la corrección de nuestras posturas y prácticas. Como señala Teun van Dijk (1999), existen cuatro estrategias discursivas básicas: 1. Expresar y enfatizar información positiva sobre Nosotros. Por ejemplo, nosotros somos tolerantes, democráticos, solidarios, etc. En el fondo (o no tan en el fondo) creemos que somos mejores que Ellos. 2. Expresar y enfatizar información negativa sobre Ellos. Se resaltan los tópicos que les denigran y criminalizan: delincuencia, terrorismo, machismo, no cumplir las normas, falta de voluntad para integrarse, etc. Se supone que estas características son ajenas a nosotros. Así, al final parece que sólo Ellos se comportan incívicamente, roban, actúan con violencia; en suma, generan problemas. 3. Suprimir o mitigar información positiva sobre Ellos. Omitimos sus contribuciones económicas, culturales y al bienestar del conjunto de la sociedad. Olvidamos, por ejemplo, que la inmigración aporta nuevas formas de seguridad a las familias autóctonas (cuidadoras de personas mayores o de niños y niñas, etc.). En este sentido, frente al discurso conservador centrado en la seguridad deberíamos impulsar un discurso sobre las seguridades. 4. Suprimir o mitigar información negativa sobre Nosotros. Tiende a ocultarse nuestro racismo y conductas discriminatorias, ya sea al no tratar este tema o al presentarlo como un hecho puntual de grupos extremistas que no afecta al conjunto de la sociedad. Y, sobre todo, se encubre que tendemos a aplicar nuestros grandes principios ilustrados de forma etnocéntrica, con lo cual éstos pierden parte de su fuerza y valor.

Un elemento fundamental es que el grupo establecido construye la imagen de sí mismo, su prestigio, a partir de sus miembros más “modélicos” o ejemplares, mientras que construye la imagen de Ellos sobre las características negativas de los “peores” miembros del grupo (Elias, 2003). Ello permite que siempre se puedan encontrar evidencias de que nuestro grupo es “bueno” y el otro “malo”. Así, parece que nuestros fanáticos no son realmente nuestros o, al menos, se presentan como una desviación de nuestros valores. En cambio, sus extremistas son sus miembros más representativos, su manera de ser. En los fragmentos siguientes puede observarse una clara imagen negativa de los inmigrantes musulmanes. En los foros analizados se observa claramente que éste es el colectivo hacia el que existe un mayor rechazo, lo que concuerda con los estudios realizados en nuestro país.

“Mi islamofobia es genuina, creada a pulso por la intolerancia musulmana, sus maltratos a las mujeres, su odio-desprecio a la ciencia, la tecnología, la democracia, la igualdad, los derechos humanos y la libertad”.

“Son musulmanes ,y los de la ex-yugoslavia ,peor, ya que se comete el error de que si estan en europa piensan diferente a los arabes,te puedo decir que son bastante peores,si es que los hay.No repetan absolutamente nada solo el dinero facil y no les importa como,a las estadisticas me remito que aqui donde resido,la myoria de las carceles estan a rebosar de gentuza de esos paises y no por ser extrangeros,es por ser gente sin escrupulos y ya desde su nacimiento .Ver ya a jovenes de esos paises ir por los parques a divertirse dando palizas brutales a niños mas pequenõs y solo por pasarlo bien .Los adultos los ves a todo lujo ,pero sin trabajar ,trafico de armas ,drogas .prostitucion y asesinatos,y hablo por datos emitidos de forma neutral”.

La inmigración como amenaza

Las actitudes populares hacia los inmigrantes dependen, en gran parte, de cómo éstos están siendo discursivamente construidos en los discursos dominantes de las élites simbólicas. Éstas, especialmente los medios de comunicación, ejercen un papel clave en la reproducción del racismo al relacionar inmigración y problemas sociales. No sólo describen y analizan la inmigración únicamente desde nuestra perspectiva (una cosa es positiva si nos conviene a Nosotros), sino que además tienden a dar una visión negativa de los inmigrantes al describirlos en términos de “problemas”. Básicamente como causantes de problemas (delincuencia…) pero también como personas problemáticas que necesitan de nuestros recursos. Así, se enfatizan sus carencias (desconocen la lengua, son explotados…) y desviaciones (tienen muchos hijos, discriminan a la mujer…) con respecto a la (supuesta) normalidad de la sociedad establecida. En suma, el foco discursivo está situado en los problemas y molestias que Ellos nos crean a Nosotros, y no en los problemas y dificultades que Ellos tienen debido a Nosotros (Van Dijk, 2003).

En la concepción de la inmigración como una amenaza desempeñan un papel fundamental las metáforas utilizadas para describirla. Éstas simplifican la realidad y la vinculan a símbolos con una fuerte carga emocional, condicionando la forma como se piensa y aborda el fenómeno migratorio. La metáfora militar (invasión, clandestinos, ilegales, tráfico de inmigrantes, bomba demográfica) presenta a los inmigrantes como enemigos de los que hay que defenderse, mientras que la población receptora se presenta como víctima. Especial atención requiere el uso y la sustantivación del adjetivo ilegal. Al etiquetarlos como ilegales se les presenta como gente que viola la ley y se les asocia al mundo de la delincuencia y la criminalidad, lo que conduce a una visión policial y judicial de la inmigración, convirtiéndose ésta en una cuestión de seguridad y orden público. Por su parte, la metáfora hídrica asimila la migración a mareas, corrientes u olas, y en ocasiones toma la forma de catástrofes naturales (avalanchas, riadas, oleadas, incluso tsunamis), lo que acentúa todavía más la magnitud de la inmigración, generando la idea de que está fuera de control y que nuestro país está sometido a una autentica e imparable invasión de inmigrantes. Esta caracterización identifica a la inmigración con el peligro, la furia, el desorden; remarcando sus posibles consecuencias catastróficas para la población autóctona, presentada como víctima otra vez, si no es adecuadamente controlada o canalizada (Santamaría, 2002). Parte de la fuerza de estas metáforas reside en su capacidad para evocar y hacer resurgir el miedo histórico a una nueva invasión por parte de los “otros”, en nuestro caso, los musulmanes. En nuestro imaginario social todavía persisten los sedimentos de las narraciones escuchadas y aprendidas sobre la “invasión” musulmana de la Península Ibérica (y la “reconquista”). Además, dichas metáforas adoptan la perspectiva del observador con lo que dificultan la empatía con las personas inmigradas, a las que trata más como objetos que como sujetos con sus propias historias de vida (Charteris-Black, 2009).

La percepción de que la inmigración está descontrolada hace aumentar las posturas contrarias a la inmigración (Westin, 1995). Esta percepción se entremezcla con la sensación de estar siendo invadidos. Dicha sensación se ve especialmente en el foro sobre la inmigración musulmana. Ésta se percibe como una especie de caballo de Troya que pretende, a medio plazo, imponer su religión y visión del mundo a toda la sociedad. Veamos algunos ejemplos ilustrativos al respecto:

“El islam es no es una religion. Es un sistema politico triunfalista que quiere dominar al mundo, convirtiendo a cada pais en parte del califato universal, o umma, como dicen los islamistas. Sigilosamente estan usando la "bomba demografica" para apoderarse del territorio europeo con la plena complicidad de las elites europeas quienes son los idiotas utiles del Islam”

“El islam busca dominar el mundo. Ellos mismos lo gritan por todas partes. No creen en democracia ni en derechos humanos sino "la ley de Alà", segun ellos, lo que significa un retorno a la edad media. Buscan convertir a la gente como sea. Se dice que paises como Francia, Holanda, Belgica seran musulmanes en menos de 35 años debido a que los europeos tienen muy pocos hijos. España va por el mismo camino”

Negación y proyección del racismo

Como señala Tomás Calvo Buezas (1989), al analizar los textos escolares españoles, “los racistas son los otros”. Habitualmente cada grupo ignora su racismo o, como mínimo, atenúa su importancia (utilizando expresiones como, por ejemplo, “discriminación por origen”). El racismo se presenta como un fenómeno de otros lugares o del pasado y muy pocas veces como algo del aquí y ahora. Y en este último caso, como algo extraordinario que rompe la “normalidad” habitual de la sociedad. Entonces se define como un fenómeno marginal que tiene que ver con grupos de extrema derecha o de exaltados (skinheads, hooligans). Así, no se trata realmente de Nosotros sino de “elementos” marginales de nuestra comunidad. Además, los casos flagrantes de racismo, ampliamente condenados por los medios de comunicación y los políticos, tienen el efecto indirecto de ocultar el racismo cotidiano existente en la sociedad, que es el más perjudicial para las minorías al ser el más habitual.

No sólo se niega o mitiga nuestro racismo sino que además lo proyectamos en los “otros” acusándolos de ser los auténticos racistas. Nosotros sólo nos defendemos, los verdaderos racistas son Ellos que han venido a aprovecharse de nuestro país y encima nos quieren imponer sus costumbres. Ellos, que no nos respetan, son los racistas, Nosotros somos las víctimas. Veámoslo en el siguiente texto:

“no somos racistas, ellos lo son mas, lo que ocurre es que estamos hartos de tanto fresco, y como están tam bien informados, todo lo consiguen por la cara, mientras que a los estamos currando todo la vida, el gobierno español no nos hace ni caso, y LA COMIDA ES GRATIS, SI SEÑOR, y los libros son gratis, si señor y el médico es gratis si señor, esto es una vergüerza, que gente con pasaporte sin permiso de trabajo le estén quitando el trabajo a los españoles y que las medicinas se las den gratis, mientras que a los demás nos cuesta el dinero y encima nos les recetan cómo les da la gana. ¡ que se vayan a su pàises y nos dejen en paz de una maldita vez”.

En ocasiones, después del consabido “yo no soy racista”, se afirma que el gran número de inmigrantes llegados recientemente y, sobre todo, el (pretendido) trato de favor que reciben los inmigrantes en España está provocando que los españoles se hagan racistas. Ello supone no sólo culpabilizar a la víctima sino negar nuestra historia racista (baste recordar el tradicional, y normalizado, racismo antigitano o el fuerte racismo institucional que hubo en Guinea Ecuatorial hasta el fin de la colonización española en 1968). En este sentido, no debemos identificar exclusivamente racismo con inmigración, como si antes no existiera y fuera un fenómeno asociado exclusivamente a la reciente llegada de inmigrantes a nuestro país.

La exageración de las diferencias culturales

Ellos no son como Nosotros, “esa gente” es diferente. El discurso racista acentúa las diferencias existentes entre los grupos. Sin duda, las diferencias pueden existir y existen, pero se exageran hasta el punto que llegan a percibirse como “gente aparte”, esencial y radicalmente distintos a Nosotros (Pettigrew y Meertens, 1995). Además, las diferencias culturales se dramatizan y se presentan como prácticamente insalvables. Se da por supuesto que son causa de conflictos y se insiste en la amenaza que tales divergencias suponen para nuestra identidad y bienestar. Al mismo tiempo, se prescinde de las similitudes que nos acercan al otro. Los siguientes fragmentos nos muestran la tendencia a magnificar las diferencias y a considerar que no hay posibilidad de entendimiento.

“No le deis mas vueltas...el mundo musulman esta en las antipodas de nuestra cultura. Cuanto mas lejos mejor!!”.

“No nos entenderemos nunca, porque yo quiero una sociedad civil sin manifestaciones públicas de religiosidad y tú ya sabemos lo que quieres:una sociedad en la que la única manifestación permitida sea la que tú quieres, q las mujeres hagamos lo que tú quieres y los imanes dicten las leyes y normas sociales”.

Actualmente, el eje del discurso racista enfatiza la incompatibilidad e irreductibilidad de las diferencias culturales. Los argumentos ya no se basan en la jerarquía sino en la diferencia, ya no en las características biológicas que se atribuyen al grupo racializado sino a la cultura (religión, costumbres, tradiciones). En suma, ya no se considera que unos grupos son superiores a otros, al menos de manera explícita, sino que son diferentes(2) . Al sustituir la desigualdad racial por la diferencia cultural parece que la distancia que nos aleja de Ellos es menor. Pero como sigue teniendo la misma función, la idea de diferencia se “endurece” convirtiéndose en inalterable, inasimilable e incompatible (San Román, 1996).

La cultura se convierte en una segunda naturaleza, en un conjunto de rasgos heredados de los que la persona no puede desprenderse. Se convierte en una nueva esencia que absorbe y aprisiona totalmente al sujeto. Una esencia de la que no podemos desligarnos y tomar distancia con lo cual nos separa inevitablemente del “otro” y nos hace irreconciliables: Ellos no podrán ser nunca como Nosotros, ni Nosotros como Ellos. Pero no sólo no se les permite ser como Nosotros sino que además, en el fondo, tampoco se les permite ser diferentes. A menudo, señala Zygmunt Bauman (2005), el “otro” no puede dejar de ser “otro”. Podrá llegar, como máximo, a ser un “ex-otro”, pero estará sometido a un periodo de pruebas constante y difícilmente logrará desprenderse de la carga de su origen. Estará siempre a prueba, en permanente observación, teniendo que demostrar continuamente su buena actitud, su inocencia. La evaluación continua a la que es sometido le negará la oportunidad de un examen final.

El derecho a preservar nuestra cultura

El énfasis del nuevo racismo en las diferencias culturales conduce a utilizar los valores de la igualdad y la diferencia, tradicionalmente antirracistas, para defender el derecho a preservar la pureza de nuestra cultura y evitar que sea contaminada por elementos ajenos a ella. Paradójicamente, el relativismo cultural y su reivindicación del valor peculiar de cada cultura por sí misma, que a mediados del siglo pasado era un argumento del arsenal del anticolonialismo y parecía el antídoto definitivo contra el racismo, es ahora utilizado para dar legitimidad al nuevo discurso racista al sostener la necesidad de preservar la pureza de cada cultura y defender el “derecho a la diferencia”, con lo cual el contacto entre culturas debe evitarse (o, al menos, limitarse) ya que existe el peligro de que se contaminen y pierdan su pureza.

No se defiende ya la pureza racial, ahora se defiende la homogeneidad cultural y las identidades culturales “autenticas”, lo que permite sustituir los argumentos heterófobos por argumentos heterófilos. Con los mismos argumentos se defiende el pluralismo cultural, el respeto a las identidades grupales y el “desarrollo separado” de las culturas. En palabras de Le Pen: “No sólo tenemos el derecho sino el deber de defender nuestra personalidad nacional y también nuestro derecho a la diferencia”; “Me encantan los magrebíes. Pero su sitio está en el Magreb. (…) No soy racista, sino nacional (…). Para que una nación sea armoniosa necesita cierta homogeneidad étnica y espiritual”. En esta línea, Anglada, líder de Plataforma per Catalunya, señala: “No soy xenófobo, ni racista, soy realista y ordenado” (El Mundo, 30-5-2007). La idea de ser “ordenado” (cada grupo en su casa) se está difundiendo en los foros de Internet. Por ejemplo:

“Yo no soy racista, soy ordenado. Los moros a su puto país, los sudacas a Sudamérica y los chinos a la China ¿O no? ¿Tú guardas los calcetines blancos con los blancos y los negros con los negros, no? Pues eso es ser ordenado, como yo”.

“Para evitar el racismo cada cual en su casa y dios en la de todos¡¡¡ la gente de bien que viene a integrarse y a aportar cosas positivas no sufren nuestro rechazo”

Los inmigrantes se aprovechan de Nosotros

Existe la creencia de que los inmigrantes no sólo no quieren integrarse sino que además se aprovechan de Nosotros y quieren imponer su estilo de vida al conjunto de la sociedad. Se critica su carácter reivindicativo y se les acusa de exigir “más derechos que los españoles”. Esta creencia va unida a un resentimiento por lo que se considera que son concesiones excesivas a los inmigrantes. Creen que el gobierno y las instituciones les protegen más, favoreciéndoles y ofreciéndoles más recursos que a los ciudadanos “normales”. Se sienten abandonados por las autoridades, íntimamente se sienten víctimas de los inmigrantes. Por ello, algunos partidos de extrema derecha como Plataforma per Catalunya se presentan como defensores de los derechos de los nativos y piden “tantos derechos como los inmigrantes”, dando por sentado de que éstos gozan de más derechos y privilegios.

La creencia de que los inmigrantes piden demasiado y se aprovechan ilegítimamente de las ayudas de las administraciones provoca un fuerte resentimiento hacia ellos en una parte considerable de la población autóctona. Ésta percibe a los inmigrantes como competidores por unos recursos que son limitados y que de forma natural los nativos consideran suyos, como una carga que hay que soportar (son vistos sólo como consumidores y no como generadores de recursos), como gente que no quiere adaptarse pero que además rápidamente aprende a beneficiarse de las ayudas públicas. Los siguientes fragmentos ilustran este punto:

“Como soy española no tengo ninguna ayuda, ni becas, ni guarderías publicas, ni libros gratis ni nada”

“No soporto que mi sobrina , no tenga guarderia y sus padres con unos sueldos acorde con la realidad del momento, una mierda vamos, tengan que pagar una guarderia privada , pero los que llegan de fuera , con todas las ayudas y sus plazas para sus hijos..

POR DIOS... ES QUE NO LO/LOS SOPORTO....¡¡¡¡¡¡¡

Y encima vienen con sus normas, de sus paises, y pasando de como vivimos aqui...”

El derecho a la preferencia nacional

Los últimos estudios señalan que va en aumento la demanda de la preferencia nacional, el “primero los de casa”. Se ve como algo de sentido común y como la respuesta lógica a la supuesta discriminación que sufren los ciudadanos autóctonos. Éstos se sienten con más derecho que las personas inmigradas a percibir prestaciones sociales y servicios públicos (Cea y Valles, 2009). En los foros analizados también observamos este hecho:

“No es que estén igual, es que encima quieren estar mejor que nosotros; vas a urgencias médicas y ves moros que se quejan porque no los atienden antes que a los demás. Esto da ascoooooooooooooo, ya nos toman por tontos coño.

ESTO SE TIENE QUE ACABAR. LOS ESPAÑOLES PRIMERO, QUE PARA ESO SOMOS DE AQUI Y HACE TIEMPO QUE CONTRIBUIMOS NO COMO ESTOS QUE LLEVAN CUATRO DIAS Y QUIEREN SER LOS PRIMEROS,ES LA LECHE.“

Creer que la preferencia nacional es una opción válida (es más, normal) es altamente peligroso porque supone ver como de sentido común una práctica racista que, de llevarse a cabo, significaría institucionalizar la discriminación. Este “derecho” se basa en una concepción muy restrictiva del ciudadano como consumidor, que paga impuestos y por tanto reclama lo que cree que le pertenece. Va unida a una visión utilitarista de la inmigración, que (como señaló Paco Candel) quiere mano de obra y olvida que llegan personas.

La creencia de que los autóctonos deberían tener preferencia en diversos ámbitos (escuela, salud…) sintoniza con la extrema derecha y le abre un espacio para captar votos. De hecho, a nivel local, ya han tenido éxitos electorales. Un ejemplo paradigmático es Plataforma per Catalunya (en las elecciones municipales de 2003 obtuvo 4 concejales; en 2007, 17 concejales; y en 2010, 67 concejales). El principal peligro de estos grupos no proviene tanto de los resultados puntuales que puedan obtener como de los cambios que a medio plazo pueden producir en una amplia capa de la población, al influir y condicionar los planteamientos y el discurso del resto de fuerzas políticas parlamentarias. Es la denominada “lepenización de los espíritus”: el agresivo discurso contra los inmigrantes de los partidos populistas acaba provocando que los grandes partidos, que no quieren parecer débiles ni demasiado tolerantes hacia la inmigración, se muevan hacia posturas cercanas a los primeros. Entonces, el discurso de la extrema derecha con su énfasis en la (in)seguridad, la delincuencia y la inmigración se impone y pasa a ser también el eje del discurso de los partidos de gobierno. Además, como demuestran las investigaciones sobre la influencia de las minorías, el individuo no es necesariamente consciente del origen de su cambio de posición, lo que ayuda a diluir las posibles defensas de las personas contra determinadas ideologías.

A modo de conclusión: visibilizar a las personas

De los diversos foros analizados se desprende que el discurso anti-inmigrantes está bastante generalizado y que, además, pocas personas expresan un rechazo frontal a dicho discurso. “Los inmigrantes”, a pesar de las continuas referencias a ellos, son invisibilizados como personas y se les presenta negativamente. Las metáforas utilizadas para referirse a ellos generan una imagen catastrofista del proceso migratorio y promueven un discurso del miedo que identifica a “los inmigrantes” como enemigos. Se les presenta en una situación de lucha y de oposición a la sociedad establecida, como un peligro que amenaza la identidad y el bienestar de ésta. Además, se transmite la idea de que Nosotros somos un grupo homogéneo y unido en el que reina una armonía que Ellos intentan destruir (parece que antes no había problemas). Cuando la sociedad se siente amenazada y resta dominada por el miedo aumenta el atractivo de los discursos autoritarios que prometen soluciones radicales, fáciles y rápidas. Especialmente sensibles a este discurso son las personas que se sienten frustradas, amenazadas y experimentan una fuerte sensación de abandono y desamparo por parte de las administraciones públicas.

Aunque no hay soluciones mágicas, forma parte de la respuesta visibilizar a las personas inmigradas. Hay que evitar dar de ellas una imagen comprimida y monolítica que reduce toda su complejidad a una de sus características, lo cual nos arrastra hacia un callejón sin salida. Es imprescindible romper con este pensamiento dicotómico (y la concepción de las identidades como esencias inmutables que va asociado a él) que aprisiona nuestra mirada, que presenta a “los inmigrantes” en oposición a la sociedad mayoritaria, en lucha contra ella. Para ello es importante problematizar la categoría “los inmigrantes” y mostrar que ésta no representa nada concreto ni esencial que podamos diferenciar de un supuesto Nosotros. El uso habitual y cotidiano de expresiones como “los inmigrantes” oculta este hecho. Es necesario visibilizar a las personas, con toda su diversidad, que hay detrás de unas categorías que las aplastan y anulan como seres humanos.

Referencias Bibliográficas

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Westin, C. (1995). Sweden. Emerging Ander currents of nationalism. En Baumgarte, B., Favell, A. (Comps.). New xenophobia in Europe. Londres: Kluwer Law International. 

(1).-Las referencias a “los inmigrantes” son constantes; en cambio, el término “inmigración” es mucho menos frecuente. Seguramente, en el racismo de las élites sucede a la inversa ya que permite tratar el tema con mayor distancia y de forma más impersonal. Por ejemplo, en el programa electoral de los partidos políticos tradicionales en las elecciones autonómicas catalanas de 2010, todos ellos utilizan más la expresión “inmigración” que “inmigrantes”, aunque en diferente intensidad y proporción (PP: 32 veces “inmigración” vs. 17 veces “inmigrantes”; ERC: 29 vs. 11; IC: 26 vs. 8; CiU: 9 vs. 7; PSC: 5 vs. 2). En cambio, el partido extraparlamentario de extrema derecha Plataforma per Catalunya utiliza el término “inmigrantes” (52) más que “inmigración” (34).

(2).-Este cambio en el discurso no debe ocultarnos que la lógica de la jerarquización sigue viva y que, si bien actualmente dominan los argumentos culturalistas y diferencialistas, en el fondo, se siguen considerando superiores. Un buen ejemplo lo encontramos en Josep Anglada, líder de Plataforma per Catalunya. En una entrevista en el programa “La cadira electrica” del canal de televisión de Internet e-TV cuando el periodista le pregunta si es racista, para negar tal condición afirma “ni yo ni nadie de mi partido nos consideramos superiores a nadie”. Pero en una entrevista en Tele 5, más espontánea que la anterior, cuando la periodista de origen marroquí que le entrevista le dice “somos iguales llevemos velo o no somos iguales”, Anglada responde: “bueno, bueno, todos iguales no. Yo soy catalán, soy español, soy europeo, y usted es mora, o sea que hay una gran diferencia”. En el contexto de la entrevista queda claro que dicha diferencia implica que los primeros son mejores que los segundos, que son diferentes y mejores.

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