Gipuzkoa solidaria. Bizilagunak

Mugak57

Unzurrunzaga, Agustín

Este año celebramos la segunda edición de Gipuzkoa Solidaria, con el lema Bizilagunak. Sabemos de tantas y tantas historias de relación y solidaridad, en pueblos y barrios de Gipuzkoa, entre personas de aquí y personas venidas de otros muchos lugares. Queremos traer aquí esa solidaridad del día a día, difundir esos valores, que hacen más fácil la vida, pese a las muchas dificultades que hay que superar y que muestran que, más allá de la xenofobia, hay otra manera práctica y permanente de encararlas.

En Gipuzkoa vivimos actualmente algo más de 700.000 personas, de las que 44.000 son extranjeras, poco más del 6% de la población, procedentes de unas 110 nacionalidades diferentes. Y entre todas tenemos que organizar la vida en sociedad, más allá de cuál sea nuestro origen nacional, el color de la piel, la religión que practiquemos o que no practiquemos ninguna.

Esta ha sido siempre una sociedad plural, y lo va a seguir siendo a pesar de que la crisis económica y el cierre del régimen general, desde el tercer trimestre de 2008, han hecho disminuir las entradas de personas y aumentar la salida de otras, bien sea porque retornan a sus países de origen, más bien pocas, o porque cada vez emigra más gente, especialmente a otros países de Europa, a Canadá, a los Estados Unidos de América y a algunos de los denominados emergentes. Poco a poco, y si la crisis, con su corolario de un paro masivo persiste, y con los datos hoy disponibles parece que sí, me da la impresión de que el futuro nos depara una situación en la que se va a combinar la inmigración con la emigración.

Somos plenamente conscientes de que no todas las personas que vivimos en Gipuzkoa nos encontramos en la misma situación. Una parte de ellas dependen de un permiso para vivir, de que puedan acceder a él y de que puedan renovarlo. De todas formas, y a pesar de las dificultades, más del 70% de las personas residentes lo hacen con permisos de cinco años, bien sea porque están en régimen comunitario o porque tienen permisos de larga duración o permanentes.

Las personas inmigrantes, salvo que se den situaciones de cierre o aislamiento, siempre llevan adelante procesos activos de adaptación social. Han venido a una sociedad diferente, en la que sus costumbres diarias, sus horarios de trabajo, las relaciones laborales y sociales, los modos y maneras de trabajar, la comida, las fiestas, los lugares y las formas de ocio, la forma de organizar la vida diaria, la relación con las administraciones, las normas sociales, las lenguas que se hablan, la escuela a la que van sus hijos e hijas son, en mucho o en poco, diferentes a las de sus países de origen. Se reorganizan aspectos importantes de la vida de cual. Y no es fácil llevar adelante esos procesos si el medio social en el que se establecen no es mínimamente acogedor.

Esos procesos se quedarían a medio camino, o serían mucho más costosos de llevarlos adelante, si solo dependiesen de su empeño. También la sociedad, las personas de la sociedad en la que se establecen, tienen que adaptarse a esa situación. Y siendo la mayoría, les corresponde a ellas poner los medios que lo faciliten.

Hoy, más allá de las leyes, de las dificultades sociales o políticas, de las desconfianzas, miedos y fobias, queremos mostrar que en la vida diaria se dan múltiples expresiones de solidaridad, de ayuda mutua, de amistad entre personas autóctonas e inmigrantes. Esas múltiples relaciones tienen la virtud de hacer que la vida, que en muchos casos ya es dura de por sí, sea más amable. Facilitan el acomodo de todos nosotros, contribuyen a hacer una sociedad mejor, recortando el espacio en el que la xenofobia y el racismo puedan condicionar la vida social.

Esa relación entre personas diferentes, más allá de la ideología y maneras de ser de cada cual, se sustenta en lo que podríamos denominar valores cotidianos. Y lo bueno de esos valores es que están al alcance de cualquiera. Resalto dos: la preocupación por las otras personas y la de ser coherente con uno mismo. Son estos valores cotidianos, que hacen bien a personas concretas por el hecho de serlo, sin que la condición de extranjero o extranjera se convierta en barrera (un acogimiento, un echar una mano con los papeles, facilitar la incorporación a la cuadrilla, acompañarle a urgencias y servirle de traductor, enseñarles la lengua o lenguas del lugar y un largo etcétera de historias diversas que hemos recogido) los que queremos reivindicar en este acto.

Parece que al no ser actos estrictamente políticos, que no tienen un objetivo político concreto, hay que dejarlos en segundo plano. Y nos parece que no. Nos parece que es bueno hablar de ellas, porque son buenas acciones y porque de un modo sencillo y práctico se oponen a otras cotidianeidades, esas sí, tremendamente problemáticas.

Hace un par de meses, el 13 de septiembre, falleció en Barcelona un amigo y un maestro en estos temas, Ignasi Alvarez Dorronsoro. Quisiera, para acabar, leer un trozo de un texto suyo, que editamos en Gipuzkoa hace once años, y que aborda alguna de las cuestiones que tienen que ver con el tema que hoy nos reúne:

“En un artículo reciente a propósito de los sucesos de El Ejido, Carlos Giménez, situaba los grandes retos que la inmigración plantea a las sociedades receptoras de inmigrantes como ya es la nuestra. El primero de ellos es el reconocimiento por parte de la sociedad receptora de que los inmigrantes no son mano de obra barata sino personas con derechos. La integración del inmigrante, afirma, es asunto que concierne tanto a quienes llegan como a la sociedad receptora. Es cosa de dos, y como recordaba Javier de Lucas, acaba modificando a ambas partes.

La integración, depende tanto de las características de los inmigrantes como del contexto de recepción, que incluye cosas tales como las leyes de inmigración, la existencia o no de cupos, las condiciones legales de la residencia; depende también de las oportunidades de trabajo, de vivienda y de las expectativas de mejora de su calidad de vida que permitan abrigar a los inmigrantes...

Estos temores se alimentan con los roces y conflictos inevitables de una coexistencia a partir de la cual hay que aprender, lo que no es siempre fácil, a construir entre todos nuevas formas de convivencia. Ese proceso requiere, sin duda, amplias dosis de buena voluntad por ambas partes, y especialmente, dada la asimetría existente, por la que es la parte más fuerte y la menos vulnerable”.

Cartelpequeño

BIZILAGUNAK 2019

Portada

Valla

Fotografía Amnistía Internacional

Banner Docu Sos Cast

Colabora

Colabora económicamente con SOS Racismo de la forma que tú prefieras:

Socios Es
Comunicación

Revista Mugak

Mugak64 65 Portada

nº64 Y 65