Festival Internacional de cine Donostia-San Sebastián y migraciones

Aprovecharemos el espléndido filón que representa el Festival Internacional por la cantidad y calidad de películas que ofrece y por el esfuerzo mantenido de ser espejo del mundo circundante para tantear cómo se ve en el cine, en esta muestra del cine, la inmigración. La enorme cantidad de películas seleccionadas y lo limitado del espacio disponible aconsejan recortar el campo. Y como buscamos la visión más actual, elegimos las dos últimas ediciones, la 52 y 53, del Festival.

Huellas de una migración que se entrevé permanente

Migración hoy y entre nosotros evoca sin duda inmigración, e inmigración, sobre todo, de marroquíes y subsaharianos. Es inevitable ya que todos los días, sin descanso, la prensa nos vierta fotografías, sueltos, reportajes, acerca de la inmigración y, más insistentemente, casi exclusivamente, de la inmigración marroquí-subsahariana, de forma que la patera y unos cuerpos negros agotados, indefensos y harapientos, son ya el símbolo del emigrante.

Pero sin tirar demasiado de la memoria colectiva, todavía hace unos pocos años la imagen era unos andaluces, “andaluces” de media España, arremolinados en un tren camino de centroeuropa en busca del pan que costaba encontrar en su tierra.

Esas dos caras tan próximas de la misma moneda nos sugieren que, si esto ha ocurrido ante nuestros ojos, es fácil que se haya repetido con anterioridad, que el fenómeno no es de hoy ni de ayer sino que, con abundantes variantes, ha sido una constante histórica. Quizás, por decirlo de forma un poco más petulante, las migraciones han constituido desde siempre uno de los factores claves de cambio social.
De entrada estamos ante un panorama sugerente. Podemos rastrear esa presencia de emigrantes, de signo muy variado, en las dos películas que han quedado como las más glamorosas del último Festival.

En “Stesti”, película ganadora de la Concha de oro, nos presentan al novio de la protagonista en el momento que debe interrumpir su noviazgo porque se va a América a buscar una vida más digna que la que puede vivir en el arrabal de una ciudad checa. Y lo retoman, años después, en su retorno al barrio, satisfecho de su experiencia.

Él y su aventura emigrante sólo sirven en la película para poner a prueba la fidelidad y la consistencia del amor de su novia que, entre ida y vuelta, acaba orientando su vida en torno a un viejo amigo de infancia y a valores solidarios.

En “Stesti” la emigración expresa, apenas sin palabras y con escasas imágenes, la actitud cómoda y egoísta de quien busca su bienestar olvidándose de la comunidad.

“Obaba” fue sin duda la película que, por su conexión con la novela de Bernardo Atxaga y por la dirección de Montxo Armendáriz, mayor expectación provocó.

Al pueblo de Obaba físicamente se accede con dificultad. Demasiadas curvas, vueltas y revueltas. Pero es aún más arduo llegar a conocerla. Ese pueblo físicamente aislado ha crecido culturalmente en unas variables propias y arcanas –a Obaba, en la película, se llega a oscuras- y requiere multiplicar miradas desde ángulos contrapuestos para converger en su ser.

Esos condicionamientos han sido constantes en la investigación antropológica. Por ello se atenían a una serie de elementales, como acercarse en silencio y sin prejuicios previos a quienes han sido de y viven en el lugar. Lo que en Obaba extraña es que para captar la realidad de un pueblo cerrado en sus montañas, su historia y su cultura, no le basten esos encuentros con los nativos, escuchando palabras y silencios, sino que haya de recurrir también a la mirada de dos “extranjeros”, dos inmigrantes: la maestra, sin duda venida de fuera del pueblo y portadora de una cultura ajena a él, y un ingeniero aún más distante de la idiosincrasia del pueblo, más “otro” por alemán, por judío y por dueño de las minas de antracita y, como tal, antagonista de la cultura tradicional pegada al cultivo de la tierra y al cuidado de los animales. Los dos extranjeros por cierto incorporan un tipo de poder clave en el desarrollo de un pueblo: la enseñanza y la economía. La inmigración es en Obaba la fuerza potente que abre nuevos horizontes y viene a forzar en alguna medida el desarraigo de los naturales.

Aquella primera impresión de que el fenómeno venía de más atrás y era más continuo, se ilustra con la verosimilitud de dos documentales referidos a tierras españolas y otro que proviene de tierras aún más antiguas o de civilizaciones que se mantienen, según nosotros las vemos, en estadios más primitivos, como Mongolia.

En “El cielo gira”, Mercedes Álvarez cuenta la degradación poblacional de su pueblo natal. En Aldeaseñor, un pueblo de los páramos altos de Soria, quedan hoy 14 habitantes y Mercedes es la última nacida en él.

Desde la mirada más joven de Aldeaseñor contempla la pobreza exangüe de esta última generación, después de mil años de historia ininterrumpida. “Hay una cualidad del paisaje, dice ella, nada frecuente de encontrar y que sin embargo se da en la región del Aldeaseñor, en los páramos altos de Soria, de una forma inmediata: la experiencia física, en un solo golpe de mirada sobre la comarca, de tiempos históricos distintos, a veces antediluvianos. Las huellas de los dinosaurios y el pueblo en su actualidad y a punto de desaparecer, los castros celtíberos, las ruinas romanas o la torre árabe del palacio convivían simultáneamente”. La vieja historia del declive del pueblo y de la presencia de otras gentes en el alto páramo está impresa en el entorno. Y visto desde hoy todo parece contemporáneo.

El despoblamiento del mundo rural ha sido el principal afluente que ha alimentado en todo el mundo la migración mayor y más continua: la emigración que ha posibilitado el nacimiento y el desarrollo de las ciudades.

A no muchos kilómetros de Aldeaseñor, “Aguaviva”, Teruel, se ha ido asimismo despoblando lentamente. De las casi 2.000 personas que vivían en ella en la década de los 30 quedan menos de 600 en las puertas del siglo XXI. Lentamente el pueblo va hacia su desaparición. Pero en Aguaviva el alcalde quiere enfrentar el despoblamiento con un recurso hasta hace poco imposible: conseguir que familias enteras sobre todo argentinas y rumanas dejen su país y se instalen en el pueblo con la promesa de trabajo y vivienda.
Las nuevas migraciones pueden llenar el vacío que dejó la anterior emigración de signo contrario.

Hemos podido acercarnos, repetidas veces en este mismo número, a “Flores de otro mundo”, la película de Iciar Bollain, que con delicada sensibilidad recoge idéntico edoblamiento de una aldea con el aporte generoso de una cuadrilla de mujeres…

En “Die Hoehle des gelben Hundes (The cave of yellow dog)”, Byambasuren Davaa traslada la historia a Mongolia y a tanta distancia geográfica y cultural se repiten viejas y similares historias. Con singular limpieza, nos acerca a la tierra y a la vida de los nómadas, a sus viejas costumbres moribundas, a la pérdida progresiva de su relación con la tierra por culpa de la emigración masiva del campo a la ciudad y a la pérdida de memoria, incluso en los animales –los perros abandonados se tornan salvajes y atacan a sus amos y a sus propiedades…-, del olor y el sabor, del ser de la naturaleza.

Sin tapujos algo del hombre y de la naturaleza se muere en el trasiego de las migraciones del campo.

El nuevo éxodo

Al menos en tres películas encontramos descrito el momento de la partida, el tránsito del mundo de siempre, del que el emigrante se siente expulsado, y el ansiado paraíso que sus mentes necesitadas hambrean y reconstruyen con tenacidad.

En “Tarfaya”, Daoud Aoulad-Syad nos reproduce el paisaje conocido de las pateras cargadas de inmigrantes subsaharianos o marroquíes… Ese cuadro de conjunto se descompone, en realidad, en múltiples historias distintas, personales. Cada inmigrante es él, o ella, una persona con las peculiaridades de su biografía. Y por ello, dentro del drama colectivo, coexisten muchas y muy distintas historias. En Tarfaya nos acercaremos con respeto a Myriam, que intenta desesperadamente buscar la libertad.

María, llena eres de gracia, de Joshua Marston, es un título intencionadamente doble, engañoso. “Porque, según explica el crítico de ‘La butaca’, María, una joven colombiana de 17 años que se gana la vida como puede con un trabajo esclavizante, no lleva en su seno solamente el fruto de su amor con un noviete tarambana, sino que, forzada por las circunstancias y un indómito deseo de cambiar su vida, acabará portando en su estómago ‘pe-pas’, unos envoltorios de látex con heroína en su interior que la convierten en una ‘mula’, una persona contratada por los narcotraficantes para introducir ilegalmente la droga en Estados Unidos”. La mafia, pese a la generalizada interpretación superficial, es sólo el último eslabón de su migración. El problema real y básico es la escasez de alternativas al mundo de la droga en la Colombia rural. No existen alternativas ni en los trabajos ofertados, ni en la organización social de las familias, ni en las posibilidades de salir del país, de emigrar, con un mínimo de dignidad.

“Mi sola pretensión, dijo Benito Zambrano en la presentación de “Habana Blues”, es que el publico disfrute visualmente del paisaje maravilloso de la Habana, y también transmitir, de una manera musical, original y directa, el sentimiento de autenticidad, el sentimiento de ver seres humanos que buscan su lugar en este mundo”. A fe que lo consigue. La música dice, en efecto, tanto que es casi un personaje del film; es vivísimo el retrato de La Habana. La película, centrada en la amistad y las ambiciones de dos músicos, es mucho más, es también una revisión amistosamente crítica de Cuba. Es el choque entre la modernidad de esa juventud y las rígidas estructuras sociopolíticas y económicas que maniatan el país. Es la miseria del país la que impulsa a muchos a la emigración clandestina como único futuro posible. Pero entre las alternativas a esa Cuba que no critican pero padecen, encontraremos razones por las que unos deciden quedarse y otros van a emigrar. En esa dualidad de elección se debatirán los integrantes de los grupos musicales. Desentrañarlo no es el menor mérito de la película.

La respuesta no será monocorde. Las razones que apoyan la emigración son varias, aun en el mismo contexto social. Habana blues es un buen ejemplo.

Difícil integración

Entre inmigrantes y aborígenes, posiblemente viejos emigrantes en buena parte, median muchas diferencias culturales. Cada persona migrante tiene su sensibilidad, su idioma, su forma de pensar, valores que “deben” orientar sus vidas… Y con frecuencia, algunas de estas actitudes, costumbres o credos, sirven de excusa para justificar rechazos o exclusiones que de verdad responden a motivaciones más vulgares, economicistas y enervadas de racismo. Otros, a veces grupos sociales, grupos económicos o incluso formaciones políticas utilizan momificaciones de esas diferentes respuestas a la tierra, al trabajo, a la naturaleza para exacerbar odios “raciales” y dinamitar puentes de encuentro

Si volvemos a Obaba, nos encontramos con respuestas varias. El ingeniero alemán ni intenta siquiera acercarse a la realidad socio-cultural en que vive. Ve y vive a tal distancia de ella que formula como un principio que cualquier intento de integración es vano en un mundo tan cerrado. La maestra encuentra sólo un espacio en Obaba: la escuela. Fuera de ella es una mujer aislada. Llega a sentirse tan agobiada por el aislamiento que buscará remedio a su soledad en el encuentro con uno de sus alumnos. Sobrepasa en ello los límites de permisibilidad del pueblo y, digamos, es expulsada de él. El tiempo cerrará viejas heridas y la maestra volverá a ser parte de Obaba. Llegará a integrarse en la vida del pueblo, cuando hayan cicatrizado sus heridas.

La segunda generación, el hijo del ingeniero, no acaba de despejar las dudas pero decide permanecer en Obaba. Le acompañará la periodista que había llegado de fuera con curiosidad de conocer aquel pueblo tan extraño y ha descubierto un foco de atracción en ese viejo pueblo en decadencia.

No hace falta esfuerzo alguno para descubrir cuáles eran las razones que llevaron al campesino mexicano Carmelo a buscar la entrada ilegal en EE.UU. “Romántico”, de Mark Becker le sitúa tratando de acomodarse para sobrevivir en San Francisco cantando rancheras en bodas, aniversarios, bautizos e incluso funerales. Mal que bien sin embargo allí se mantuvo durante largos años. Como tempestad imprevista, un momento grave, intenso, altera su normalidad diaria. Su madre agoniza en México, la llamada de la sangre le exige el retorno. (No intenta Becker una extensión expresa del concepto. Pero sin esfuerzo resuena la agonía de otras madres: la patria…, que amplifican esa llamada de la sangre). Y Carmelo, el romántico, no puede desoír el grito. A partir de ahí queda atrapado entre los dos polos, entre el amor y la necesidad, la llamada de la sangre y la urgencia de la supervivencia, y duda entre quedarse en su pueblo o intentar otra entrada clandestina en EE.UU.

Dos películas en torno a la integración de los inmigrantes
“Agua con sal” es una película que nos permitimos calificar de militante. “Es una apuesta, así lo dijo en rueda de prensa su director, por la dignidad del inmigrante que la tiene y casi tanta o más que nosotros, aunque a algunos les joda”.

Es una denuncia sin tapujos de la contratación ilegal. En la fábrica de muebles caben todos, inmigrantes con o sin papeles y algunos, muy pocos, nativos dispuestos a trabajar sin rechistar, sin garantías de salubridad, y por poco dinero. La mayoría son inmigrantes: mujeres rusas, que lo hacen sin una queja, sin abandonar un momento su tarea; el encargado, inmigrante portorriqueño, es el perrito fiel de la dueña que le ha hecho su complaciente y sumiso amante y fiero controlador del tiempo y del trabajo de las trabajadoras, sus ex-compañeras de inmigración.

En la fábrica encontramos a las dos protagonistas, Mari Jo, una chica valenciana condenada a la marginalidad y otra cubana, Olga, que llegó a España como estudiante. Dos mujeres de entrada antagónicas. Dos concepciones de la vida, del amor, de la dignidad del ser humano. Sólo les acerca la humillación compartida en el trabajo, en el piso, en las relaciones sociales.

Olga afronta sus problemas con dignidad e incluso le quedan fuerzas para ayudar a terceros: cuida con respeto y esmero a otra emigrante mejicana imposibilitada y huraña; fuerza al dueño del bar donde trabaja los fines de semana a responsabilizarse de su hija abandonada a la droga y a la miseria; llega incluso a suplir a su compañera valenciana, embarazada por el capataz portorriqueño, para aclarar al capataz de quién es el hijo y cómo debe afrontar su relación con Mari Jo…

No cabe duda de que, en este desierto de respeto a la dignidad de las personas, sobre todo emigrantes, es de remarcar y aplaudir todo esfuerzo por decir al mundo que ellos, al menos ella, tienen tanta dignidad como cualquiera de nosotros. Puede que sin embargo se preste a confusión si el respeto se debe en este caso al inmejorable perfil de la mujer inmigrante.

En su artículo Rosabel Argote ha comentado con rigor el final de esta historia: aun esa mujer acabará siendo expulsada porque no hay lugar para ella en “este reino”.

En “Sud express”, por el contrario, sólo hay voluntad de transmitir imágenes, recuerdos, historias de inmigrantes, de nativos e incluso de animales, que comparten declive social, inadaptación, soledad. Los hay emigrantes, negros angoleños en Lisboa, marroquíes en París, sin especificación en la descarga de un mercado de frutas. Hay emigrantes de anteriores migraciones: buena parte de los taxistas del grupo de la estación de Austerlitz. Hay mujeres llegadas de fuera a París, una prostituta a la que todavía sangra el alma y otra portuguesa casada con un taxista, racista donde los haya. Hay un chaval, salmantino, en silla de ruedas que apoyado por una compañera del pueblo, que quiere irse a San Sebastián a estudiar, recoge firmas en el pueblo para desviar el trazado del tren. Hay un dueño de dehesa, que se exhibe como un duro capaz de imponer sus condiciones de trabajo a los “mierdas esos” que trabajan la finca e incluso al capataz que acabe con el perro que durante años ha servido como fiel guardián de la finca. Dos hermanos portugueses viven al lado del tren sus soledades estancas, próximas y siempre incomunicadas, que uno de ellos rompe para intentar su último gesto de ser vivo volviendo al único ya viejo amor de su vida.

Sud Express es el nombre del tren que une París con Lisboa y enhebra estas situaciones en Bayona, Irún, Alsasua, dos pueblos de Salamanca y otro de Portugal. Ninguna de las historias apunta, precisamente, un futuro mejor.
Breves, minuciosos apuntes de realidad. Un excelente mosaico del hoy y de las varias opciones que pueden unos y otros apuntar.

Las películas que ahora presentamos responden a un enfoque distinto. No narran momentos de emigración. Buscan nuevas aportaciones en torno a dos temas que con cortas intermitencias problematizan la inmigración y rechazan la integración de determinados emigrantes entre nosotros. Con fuerte apremio y desde múltiples ocasiones se atrincheran unos en aquello de que culturas distintas no pueden convivir, son inintegrables; otros condenan la actitud de los islamistas con la mujer y la pervivencia de determinadas costumbres que atentan contra los derechos humanos y los valores de nuestra civilización. En ambos campos el enemigo ha sido secularmente y es hoy la migración procedente de pueblos islamizados

Por cierto ¿qué es eso de que las culturas son inintegrables?

Las culturas no existen en sí. Hace unos pocos días leí una reflexión a propósito de un libro “La naturaleza humana” de Jesús Mosterín, que lo ejemplifica acertadamente. “En la mecánica estadística, una rama de la física, la temperatura de un cazo de agua no es más que el promedio de la agitación de cada una de las moléculas de agua. La temperatura es una abstracción útil, pero no tiene existencia propia; sólo existen moléculas individuales, cada una moviéndose a su aire”, Babelia 5, 26.02.06. No significa ello que la cultura, por ejemplo, carezca de virtualidad propia en la integración de los sumandos ni que una comunidad, un pueblo, sea la mera suma de los individuos que la componen. Pero sí quiere decir que esos lazos integradores no son subsistentes, no tienen existencia propia, tienen vida, existen, en la medida que se internalizan en los sujetos.
Al no aceptarlo o no distinguir ambos planos, confundimos las expresiones abstractas de las culturas con la única cultura viva, la que se incorpora, vive y se transforma en cada uno de los sujetos que la han incorporado. Las proposiciones abstractas sí pueden ser contradictorias, incompatibles entre sí, no integrables. Eso es claro. Pero la vivencia de dos sujetos que las sustentan permiten muchos puntos de acuerdo y expresiones varias en su organización individual y social. Todas las personas son en principio integrables, aunque todas pueden igualmente resistirse e impulsar la imposibilidad. Basta mirarse cada una o cada uno a sí mismo para descubrir de cuantas canteras hemos tomado los elementos con los que vamos completando nuestra identidad y los cambios que han trastocado nuestra vida.
Sin perdernos en filosofías, que no constituyen nuestro objetivo, presentamos tres buenas películas en que, quizás al margen pero no en contra del proyecto de sus directores, encontramos reflejadas evoluciones, cambios sociales y culturales de mucha entidad.

Faridah Benlyazid en “La vida perra de Juanita Narboni”, rehace, con humor un tanto ácido, la vida de la mítica ciudad de Tánger en permanente cambio social, político y cultural. Tánger es distinta, nueva, cada poco tiempo. Y Juanita Narboni sintetiza en su vida el costo de tamaña evolución. La vida puede hacérsela perra, porque no resulta fácil ni cómodo acompasar el paso de tu vida a las inquietantes modificaciones de la vida de la ciudad, pero, con fluctuaciones, se va acomodando a los cambios culturales y sociales que la varias dominaciones imponen. El cambio en Tánger no sólo es posible sino obligado.

En “Los girasoles”, del renombrado y multipremiado director chino, ZangYang, corren en paralelo dos historias. La de China desde el asentamiento del poder omnímodo, indiscutible y excluyente de Mao hasta el desarrollismo inicial de los años noventa que empieza a admitir cierta libertad de mercado y alguna autonomía en la decisión de los individuos e instituciones. Y, en metáfora familiar, la evolución de una familia en la que el padre encarna el poder omnímodo, indiscutible y excluyente que le atribuyen de siempre la tradición y las costumbres imperantes y la necesidad creciente, imperiosa, del hijo por ser él y hacerse dueño de sí mismo. La oposición frontal en el seno familiar de autoridad y libertad ha sido desde antiguo un enfrentamiento agónico de valores básicos en la conformación social. La inercia de la conservación del patrimonio se hace en este ámbito más tensa y cohesionada. Sin embargo, el cambio se apunta en la película como posible y positivo. Por supuesto en el hijo que, por fin, consigue una autonomía suficiente en la gestión de su vida: puede empezar a no ser una copia reeditada de lo que ayer fueron sus antepasados. Pero también, pese a ser menos previsible, en el padre que aceptará, en silencio, que los tiempos van cambiando y que los valores dominantes no son inmutables, como esculpidos en piedra, sino que también pueden estar sometidos a renovación sin que la institución quiebre en el intento.

En la Palestina de comienzos del siglo XXI la lucha armada es, para amplios sectores de población, la única respuesta válida a la opresión denigrante y asoladora del estado judío. Este indiscutible postulado político puede exigir un grado de aceptación que penalice como traición su puesta en cuestión. A este espinoso panorama se enfrenta en “Paradise now”, Hany Abu-Assad. Dos jóvenes voluntarios preparan un atentado suicida que debe cometerse en Israel. La hija de un héroe de la resistencia, reconocido como un patriota modelo, ha tenido ocasión de desplazarse del espacio cerrado de su aldea y revisar la dinámica atentados-represión y se atreve a plantear al amigo cómo ha conocido la inutilidad de la lucha armada contra ese enemigo superior e implacable. Es una mirada divergente de la que su padre, el héroe, le transmitió como necesidad y urgencia derivadas de insobornables evidencias culturales y de irrefutables análisis políticos. El amor va creciendo en uno de los militantes a la par que su primeriza experiencia en la realización de atentados abre su mente a elementos ajenos al influjo potente, enardecedor, del adoctrinamiento político. Tras vencer todas las resistencias de sus propios miedos, de las presiones de unos y otros, que fácilmente cabe imaginar, abandonará su opción primera y las implicaciones culturales, éticas y religiosas en que se apoyaba su elección.

El cuerpo de la mujer

La sumisión absoluta, opresiva, de la mujer al hombre en el área musulmana es uno de los apoyos del rechazo visceral de los inmigrantes islámicos. Uno se pregunta por qué será, tantísimas veces, el cuerpo de la mujer y su control por los hombres con el refrendo de los poderes de las instituciones y de las comunidades, el campo permanente de los enfrentamientos culturales. ¿Cómo puede, por otro lado, convertirse en piedra de escándalo contra ellos actitudes con las que los cristianos hemos convivido durante siglos y que todavía hoy se expresan, de forma tan vil y tan cruel, en el número de muertes de mujeres por no ser suficientemente sumisas ante los desmanes de sus compañeros?
En las dos películas a las que haremos referencia podremos comprobar que, en ese conjunto de gentes embrutecidas, en opinión de algunos, hay mujeres que luchan con toda su energía por conseguir un trato individual y social acorde con su condición humana y su valor real para la comunidad.

En la edición 52 del Festival una excelente película, “Moulaadé”, nos hizo vivir y compartir la lucha generosa y solitaria de entrada de una mujer, con la que paso a paso se solidarizarán todas las mujeres de la aldea para impedir que la tribu, los poderes civiles, religiosos y comunitarios, persiguieran y condenaran a unas niñas que, mirándose en el espejo de algunas mujeres mayores, se negaron a permitir la ablación de sus clítoris. No les fue suficiente condenar práctica tan castradora; ni siquiera bastaba la experiencia dolorosa vivida por cada una de ellas. Hubieron de enfrentarse a toda la trama religioso-cultural que los dirigentes societarios habían urdido para garantizar el control de los hombres, de cada hombre, de la sexualidad femenina. Ellas sabían que luchaban con uno de los tabúes más hondamente arraigado en la mente y en la ética de su pueblo. Se apoyaron en otra costumbre secular, igualmente sagrada, por la que alguien era intocable si era acogida a la protección de una mujer de la tribu. A este apoyo tradicional hubieron de sumar una larga batalla solidaria para conseguir desterrar la ablación.

“Oyun” nace de una idea sencilla de una sencilla mujer del pueblo. De vuelta de la siega, va repensando su vida y los múltiples papeles que ha debido cumplir en ella: desde cuidar de sus hermanitos pequeños, ir, por poco tiempo, a la escuela, aceptar un matrimonio tempranero e impuesto, hacerse cargo de los múltiples trabajos de una mujer en casa,… Y descubre que eso es, precisamente, el teatro, representar papeles.

Y propone a otras nueve o diez mujeres que tienen que representar una obra de teatro en el pueblo en la que cuenten las aventuras y desventuras que cada una ha debido sortear, o sufrir en su vida. Eso es todo. Cada una de ellas cuenta su propia historia, la que quizás nunca antes había contado, reparten los papeles, montan el escenario y lo muestran al pueblo entero. Así de directa, alegre y fresca. Con esa enorme sencillez de quien expone su vida rehacen el cuadro de unas mujeres mahometanas que viven en los montes de la zona oriental de Turquía.

Con la limpieza y la fuerza del agua que mana directamente del manantial reciben los espectadores la denuncia que hacen de las condiciones que les ha tocado vivir. No hay ideología; no hay presencia directa de opinión religiosa, no hay reivindicación de movimiento alguno. Hay verdades de puño contadas sin rencor pero con la claridad suficiente para exigir que “aquí tienen que cambiar algunas cosas”. En las mujeres que participaron ya comenzaron a cambiar al asumir sus papeles.


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