El robo

El robo

Nota: Algunos de los hechos narrados en este relato son reales, otros no… o quizás sí.

Una mano grande y fuerte, mucho más que la suya, le arrancó el teléfono.

- Policía no, indicó una voz igualmente grande y fuerte, a juego con la mano.

La doctora aclaró que no intentaba llamar a la policía sino al hospital. Explicó que el parto se estaba complicando, que sin medios no podría atender a la mujer en condiciones y que si no venía pronto una ambulancia era casi seguro que morirían ella y el niño.

- Hospital no, insistió la misma voz de antes.

La doctora desistió, era preferible concentrarse en la parturienta y hacer lo que pudiera por salvarla, por imposible que pareciera, que seguir insistiendo en lo de la ambulancia. Miró a su compañero y con los ojos le pidió que siguiera él intentándolo. De vez en cuando, entre los gritos agónicos de la mujer volvía a escuchar la voz grande y fuerte:

- Hospital no.

Su compañero hablaba en inglés al marido de la mujer y, a pesar de la cerrazón y el enfado creciente del hombre, no cejaba en el empeño de convencerlo. Por alguna razón, éste contestaba siempre en un castellano rudimentario. Tal vez quería que sus palabras quedaran más claras.

- Ella salvar, hospital robar niño, dijo zanjando la conversación.

Y para dejarlo claro, lanzó el teléfono móvil al suelo y lo pisoteó.
Ella salvar. La doctora maldijo por un instante su profesión. Si no hubiera sido médica no la habrían llamado de madrugada para asistir un parto en una casa, a escondidas, clandestinamente. Cuando sonó el teléfono estuvo a punto de decirle a su compañero que no lo cogiera. No fue por la hora intempestiva de la llamada ni por la pereza de salir de la cama. Fue por el escalofrío de premonición que sintió al oír el timbre. Hacía semanas que esperaba una llamada de ese tipo y antes de responderla ya sabía lo que iba a pasar. Jodido instinto.
La doctora quiso vaciar su cabeza de todos los pensamientos que la distrajeran de lo que debía hacer. El niño venía en mala posición. Había probado todas las maniobras posibles, y alguna más, para ponerlo en su sitio y que pudiera salir. Pero nada había funcionado. La mujer se moría del dolor y el niño lo haría pronto por asfixia. No tenía nada más que sus manos para trabajar y se habían mostrado más que insuficientes. Desesperada, llegó a pensar en practicar una cesárea aunque fuera con instrumentos de cocina. Malditos cabrones. Lo que estaba pasando era culpa de ellos. Les avisó, les dijo que si se dedicaban a quitarles los niños a las mujeres negras que dieran a luz en la Arrixaca, por el simple hecho de no tener casa o ingresos económicos, acabaría por pasar lo que ahora tenía delante de ella. Se correrá la voz, les dijo, las mujeres tendrán miedo de acudir al hospital a dar a luz y lo harán en sus casas. Nos vais a hacer volver a la época de las cavernas. Les dijo muchas más cosas pero no le hicieron caso. Malditos cabrones. Ellos deberían estar padeciendo el dolor que estaba matando a la mujer y al niño.

Aquello no podía continuar así. Era médica, debía salvar la vida de sus pacientes, fuera como fuera. Se volvió hacia el marido de la mujer, el de manos y voz grandes y fuertes. Le habló en castellano:

- Tu mujer y tu hijo se mueren. Yo no les puedo salvar. Voy a llamar a una ambulancia.

Mirando a los ojos al hombre, marcó el 061. Las manos grandes y fuertes se cerraron convirtiéndose en puños temblorosos. Su boca se crispó. Mientras la doctora esperaba que le respondieran, no le quedó más remedio que morderse el labio inferior y la sangre brotó casi al mismo tiempo que las lágrimas. El hombre dejó de ser grande y fuerte. Buscó una silla en la que derrumbarse y se dejó caer. Odió sin saber muy bien a quién, si a él por haber decidido ir a aquel país de mierda, si a la doctora por no ser capaz de salvar a su mujer, si a los que decían proteger a los menores y se dedicaban a robarlos.
Cuando le respondieron, la doctora explicó lo que estaba pasando, dio la dirección en la que se encontraba y suplicó que vinieran lo antes posible. Después de colgar, volvió junto a la mujer e hizo lo único que le quedaba por hacer: usar sus manos y su voz para intentar consolarla y calmar el dolor. En inglés, le explicó que había llamado a una ambulancia para que vinieran a salvarla a ella y a su bebé. Después siguió mintiendo y le dijo que todo saldría bien y que ella se encargaría de que nadie le quitara el niño. Sabía que no debía prometer algo que no podría cumplir pero creyó que de esa manera calmaría un poco la desesperación de la madre.
La espera se hizo eterna. La doctora siguió intentando mantener su cabeza despejada de pensamientos inconvenientes pero no fue capaz. Una y otra vez, como si se tratara de la escena de una mala película, escuchaba el nombre maravilloso del niño que Protección de Menores robó unos meses atrás. No existía otro verbo para explicar lo que habían hecho aquellos malditos cabrones. Le habían robado el niño a su madre. Recuerda cuando esta mujer fue a la asociación en la que trabajaba. No dejaba de llorar. Hacía tres meses que le habían robado a su hijo y no dejaba de llorar. Ni un solo instante de todo el tiempo que estuvo allí dejó de llorar. Tampoco lo hizo en las siguientes visitas. Era un llanto desconsolado y desesperado, casi agónico. Repetía sin cesar que quería darle el pecho, que se habían llevado a su hijo y que no le dejaban darle el pecho. Lloraba y decía que no podía darle el pecho. Que te roben a tu hijo recién nacido debe enloquecer a cualquiera. En las habitaciones de la maternidad de la Arrixaca, junto a la cama de la madre hay un moisés para el bebé. El moisés es giratorio para poder llevar al niño a una habitación contigua, más silenciosa y tranquila, donde poder cambiarle el pañal o la ropa y donde las enfermeras le atienden. Entre lágrimas, la madre explicó que había dejado a su hijo en el moisés y lo había girado para que durmiera más tranquilo en la habitación contigua. Al poco rato, volvió a girar el moisés para ver a su hijo y se encontró las mantas arrugadas y huecas. Su hijo no estaba. La madre enloqueció y, enfurecida, pidió a gritos que se lo devolvieran. En el juicio, Protección de Menores alegó que tal comportamiento era coincidente con el informe que manejaron sobre la mujer y que la calificaba de conflictiva. Malditos cabrones, pretenden robarle el hijo a una madre y que ésta reaccione con buena educación y sosiego. La doctora, al recordar todo aquello, volvió a sentir ganas de matar a alguien.
El abogado le explicó que antes, los matrimonio del Opus, los de los Kikos y similares que querían adoptar niños, buscaban que fueran españoles o, en todo caso, blancos. Sin embargo, en los últimos años, se había ido imponiendo la moda de las adopciones raciales. El abogado se revolvió en la silla después de usar la última palabra. Quiso aclarar que lo de adopciones raciales no era una expresión suya pero decidió no enredarse en explicaciones innecesarias. A pesar de la liberalización sufrida por el color de los niños adoptados, continuó, la demanda seguía superando a la oferta. Volvió a revolverse en la silla. Confió en que la doctora entendiera el tono cínico que estaba dando a sus palabras. Lo que se está haciendo es recurrir a algo que, por otra parte, se viene haciendo desde hace años: a los pobres. La expresión de extrañeza de la doctora le indicó que esa vez sí debía explicarse mejor. Cuando alguien poderoso quiere adoptar a un niño y no lo encuentra, mueve los hilos que tiene a su alcance, entonces se busca alguna madre que esté a punto de dar a luz. Se diseña un informe que permita retirarle… robarle el niño, acusándola de ser pobre, conflictiva o prostituta, también se le puede acusar de no tener familia o no saber castellano, como en el caso que nos ocupa. Con el informe preparado se quedan a la espera del parto. Si el niño o la niña nace sano se da la orden de robarlo. Una de las condiciones es que esté sano, otra que sea guapo. Raro es el caso del bebé que nace con alguna dificultad o es feo que es retirado por Protección de Menores. Esa vez, fue la doctora la que se revolvió en la silla. Todo es legal, continuó el abogado, y todo por el bien superior del menor. Estoy usando la jerga de Protección de Menores. No hay dinero de por medio, eso lo cuidan bien. Sólo favores. Favores que se deben y que luego se pagan con otros favores. De la Arrixaca se lleva a una residencia en Cartagena y, después de esperar un tiempo prudencial, se da en adopción. Antes, cuando faltaban niños payos, se recurría a los gitanos. Al fin y al cabo, un niño gitano puede pasar por un niño payo algo moreno de más. Como decía, en los últimos años la oferta se ha abierto a otras opciones. Los niños negros se cotizan mucho, parece que a los padres adoptivos les hace sentirse más… caritativos. Quizás crean que se ganan más parcela de cielo si adoptan a un negrito.
El abogado siguió hablando un buen rato más. Entre otras cosas dijo que estaba reuniendo pruebas sobre el asunto y que estudiaba la posibilidad de denunciarlo. Después de todo aquello, la doctora, que había conocido la miseria humana a lo largo y ancho del planeta, sintió ganas de vomitar. Le costó mucho levantarse y salir del despacho del abogado. Nada más salir a la calle, tuvo que meterse en un bar y tomarse varias cervezas. También compró tabaco. Era inútil empeñarse en dejar de fumar, pensó mientras encendía el cuarto o quinto cigarrillo. Las nauseas no desaparecieron y tuvo que llamar a un taxi para volver a casa, se sentía incapaz de caminar.
La mujer volvió a gritar y la doctora estuvo a punto de hacerlo con ella. Otra contracción. El bebé seguía empeñado en salir. La doctora le había dado la mano a la mujer y cuando ésta la cerró por el dolor, casi se la rompió. Ahogó el grito como pudo, no era ella la que debía quejarse en ese momento. Su compañero había salido de la habitación. Tal vez no pudo soportar más tiempo sin fumar. Otro que se empeñaba en balde en dejarlo. Confió en que les dijera al resto de gente que había en la casa que fueran discretos cuando llegara la ambulancia. Lo mejor sería que desaparecieran. Joder, ni que vivieran en un Estado fascista y policial. El marido seguía derrumbado en la silla. Llevaba varios minutos con la cabeza agachada, como si no se atreviera a mirar lo que estaba pasando. También necesitaba consuelo pero la doctora no daba más de sí.
Como si no tuviera bastante, siguió recordando. De nuevo el abogado. Esta vez le explicaba que había sido lo mejor, tal vez no lo único que se podía hacer. He llegado a un trato, anuncia, devuelven el niño a cambio de que deje, dejemos, el tema tal y como está. Sinceramente creo que es lo mejor, la otra opción nos puede encaminar a que la madre no recupere a su hijo y a que me tomen por loco cuando denuncie. La doctora pensó que no era nadie para opinar y supuso que el abogado le contaba todo aquello para buscar su apoyo cómplice. Le contestó que aquello debían decidirlo la madre y él. Pensamientos oscuros volvieron a acompañarla al salir del despacho. Se recuperaría uno de los niños robados, pero seguiría habiendo más. Y no sólo eso. Ya se había corrido la voz de todo lo sucedido. Ninguna mujer negra, pobre y sin papeles volvería a acudir a la Arrixaca a dar a luz. Parirían en sus casas, sin atención médica, arriesgándose a morir ellas y sus bebés.
Cuando escuchó el teléfono sonar aquella noche supo que su fatal profecía se cumplía. Y a saber cuántas mujeres más como aquella que yacía junto a ella, habían dado a luz escondidas en sus casas. Y cuántas más seguirían haciéndolo.
El ruido de unos pasos que subían corriendo la escalera la arrancaron de los recuerdos y volvió al urgente y angustiado presente. Había llegado la ambulancia del 061. La mujer había resistido, no sabía si el bebé también. El marido bajó junto a la camilla. La doctora y su compañero también. Antes de subir a la ambulancia, el hombre, que ahora era pequeño y débil, los miró angustiado. El compañero de la doctora quiso tranquilizarlo y le dijo que irían detrás de ellos en su coche y que harían todo lo posible para que no pasara nada más con su hijo.
Lo más rápido que pudieron, se subieron en el coche y siguieron a la ambulancia. Mientras los faros del vehículo rompían la noche y las escasas luces de la ciudad salpicaban la oscuridad, la doctora se sintió cansada, más cansada que nunca.

federico montalbán lópez

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