El cumpleaños

El cumpleaños

A Adriana,
a cambio de algunas lágrimas que le robé para escribir este cuento

Las miradas de las niñas y los niños al borde del miedo le hicieron pensar que no le estaba dando el tono apropiado al cuento. No sabía muy bien por qué les contaba aquello, había sido una especie de impulso que no pudo reprimir. Cuando vino a darse cuenta, ya estaba hablando del pantano, del pueblo inundado, de la torre del reloj… Esa historia la había acompañado desde que recordaba. Antes de escuchar la noticia en la televisión y antes de que el rumor sobre el reloj que seguía dando las campanadas a pesar de la inundación empezara a circular, ella ya había soñado con todo aquello. En su momento no le dio mayor importancia, no le gustaba complicarse en cuestiones de destinos y predestinaciones y, al fin y al cabo, un pueblo inundado por un pantano no era algo único. Luego, todo aquello se convirtió, al menos para ella, en el símbolo de su país inundado, ahogado y moribundo y en símbolo de su soledad en la distancia. Se sentía tan sola como un pueblo cubierto por millones de litros de agua.
Uno de los niños estaba a punto de hacer pucheros. O cambiaba el tono de la narración o el último día de la escuela de verano iba a ser más desastre que celebración. Llevaba años como maestra y supo rectificar a tiempo.
Un señor muy serio, con bigote, sombrero y un maletín llegó al pueblo. Buscó a las gentes del lugar y les dijo que se iba a construir una presa… un pantano que inundaría el pueblo, es decir, que lo llenaría entero de agua. Al principio, algunos hombres se asustaron pero las mujeres vieron que era una oportunidad perfecta para poder convertirse en peces y estar todo el día bañándose, buceando, jugando al escondite entre los juncos… Además, si hacían eso se podrían quedar en su pueblo y en sus casas. La idea les gustó a todos los habitantes del pueblo y le dijeron al hombre del bigote, el sombrero y el maletín que hicieran lo que quisieran, que ellos y ellas se quedaban. El hombre se marchó tan serio como había venido.
A los pocos días, el río que cruzaba el pueblo empezó a desbordarse. ¿Sabéis por qué? Pues porque el pantano impedía que el agua del río corriera y se fue quedando parada, subiendo cada vez más y más de nivel. En poco menos de tres días, el agua les llegaba a todos por las rodillas. Al quinto día ya llegaba por la cintura. Cuando el agua les cubría por el pecho, cada cual fue eligiendo en qué se quería convertir. La mayoría de los niños y las niñas eligieron ser delfines o tiburones. Pero tiburones buenos, porque la idea de convertirse en peces era para pasarlo bien no para comerse unos a otros. Alguna mujer mayor muy gorda dijo que ella no podía ser otra cosa que una ballena. Un niño pequeño al que le gustaba mucho esconderse dijo que él sería un cangrejo. Un hombre que no era muy listo se pidió ser una merluza. Otros decidieron ser lubinas, otras sardinas, o mejillones o pulpos. Cuando el agua les llegó al cuelo cada cual tenía elegido en qué animal marino se iba a convertir y así lo hicieron para no ahogarse. Todo el mundo se creyó que los habitantes de aquel pueblo se habían marchado o se habían muerto y nadie se imaginó que se habían convertido en peces. Todavía deben seguir por allí bañándose y buceando sin parar.
El pueblo tenía una torre muy alta con un reloj en la punta. El reloj era muy puntual y marcaba las horas con campanadas. ¿Alguien ha escuchado cómo suena un reloj de pared cuando da alguna hora en punto o el reloj que sale por la tele cuando es nochevieja? Pues algo así. El pantano cubrió todo el pueblo pero la parte más alta de la torre y el reloj quedaron sin cubrir. Un día, poco después de que el agua inundara el pueblo, alguien que pasaba por allí, escuchó cómo sonaban tres campanadas. Miró su reloj y comprobó que eran las tres en punto de la tarde. El hombre se asustó porque no sabía muy bien de dónde salían las campanadas. Por allí cerca sólo estaba el pantano y una torre que sobresalía de las aguas. Vio que la torre tenía un reloj y pensó que sería de allí de donde salían las campanadas. Esperó que fueran las cuatro para ver si volvían a sonar y descubrió que a las cuatro en punto sonaron cuatro campanadas. El hombre se quedó muy sorprendido y fue corriendo a contárselo a todo el mundo. Nadie le creyó y le tomaron por loco. Cómo va a sonar el reloj si el pueblo está inundado, le decían. Pero el hombre tenía razón. ¿Sabéis qué pasaba? El relojero del pueblo se convirtió en calamar gigante y con sus tentáculos, que se parecen un poco a los del pulpo, llegaba hasta lo alto de la torre y cuidaba del reloj y lo arreglaba cada vez que se rompía para que siempre marcara bien la hora.
Eso no puede ser, dijo un niño que empezaba a hacerse mayor antes de tiempo. Sí que puede ser, dijo otro niño. Y tú cómo lo sabes, le preguntó una niña incrédula. Adriana se sintió sacudida por la pregunta. Cada vez que contaba un cuento, alguno de los niños o las niñas le hacía una pregunta por el estilo. Pero esa vez se sintió interrogaba sobre otras cuestiones. La historia del pueblo y el pantano no era una simple historia. Era el símbolo de su país, de su soledad, de su destino y la pregunta de la niña parecía cuestionarle sobre todo ello. Aquel día terminaba la escuela de verano. No debería haberles contado ese cuento mientras hacía tiempo para que el resto preparara la fiesta de despedida. Era una historia tenebrosa, incluso con la variación de los peces. Dichosa manía de pensar en el pantano y el reloj superviviente cada vez que llegaba su cumpleaños. El silencio empezó a incomodar a la clase. Debía responder a la pregunta.
Lo sé, les dijo, porque yo vivía al lado de ese pueblo. Algunas niñas y niños de los que allí vivían era mis amigas. Un día, paseando al lado del pantano, me encontré con dos peces que me llamaban. Al principio me asusté pero luego reconocí la voz de dos de mis amigas. Me acerqué y ellas me contaron toda la historia.
Los comentarios se repitieron: eso es imposible, pues yo sí me lo creo…

Las despedidas se compensan con fiestas. Después de la fiesta con la chiquillería de la escuela de verano, se fueron todos los monitores a comer juntos para celebrar el buen trabajo que habían realizado durante todo el mes de julio. Adriana tenía fobia a las despedidas, no las podía soportar. Se había hartado de ver cómo se iba gente de su país y cómo se marchaba todo el país cuando ella tuve que irse. El pantano era una imagen recurrente en todos esos casos. Al principio, cada vez que alguien que ella quería se marchaba, imaginaba que se hundía en mitad del pantano para vivir en el pueblo submarino convertido en pez. Esa idea la tranquilizaba y la inquietaba a partes iguales. Después, cuando fue ella la que se marchó, sintió que era la única habitante del pueblo inundado y que no se podía convertir en pez, por mucho que lo intentara, ahogándose poco a poco.
Se despidió uno a una de los niños y niñas de su clase. Dos besos y un apretón de dientes para contener las lágrimas. No quería llorar delante de la gente. Tenía que coincidir su cumpleaños con el fin de la escuela de verano. Maldita casualidad. Sentía que estaba intentando retener todo un pantano ansioso por desbordarse a través de sus ojos. Los párpados eran débiles compuertas que, se temía, acabarían cediendo. Aguantó el tipo y sólo el temblor de la voz y el rojo de los ojos delataban la inundación que la estaba poseyendo por dentro.
Se le hizo complicado el silencio que se apoderó del colegio tras la marcha de las niñas y niños. Por suerte, un compañero, satisfecho de haber terminado, le dio por deleitar a todo el mundo con unos cánticos de celebración. Así fue más fácil recoger los enredos que poblaban la escuela.
Cuando todo estuvo recogido, se fueron a comer a un restaurante. Adriana confiaba en que la celebración, las canciones, los regalos sorpresa que se iban a hacer y el alcohol la distrajeran de la imagen recurrente del pantano y le hicieran olvidar por un momento que aquel día era su cumpleaños. La distancia perturba muchas cosas y ahora lamentaba que en su familia se celebraran con tanta intensidad los cumpleaños. Por alguna razón, el suyo era uno de los más especiales. Tal vez porque era la primogénita, la primera hija, la primera nieta, su cumpleaños era fecha obligada para la reunión de toda la familia. Cuando llegaron las ausencias, océano de por medio, se hicieron más evidentes cada vez que ella cumplía años. Aquel día, su aniversario era el de la ausencia total y definitiva. Se sentía sola, lejos, sin nadie.
Estaba consiguiendo controlar la situación durante la comida. No le había dicho a nadie que era su cumpleaños. Prefería mantenerlo en secreto, no sabía cómo respondería a una celebración sin nadie de su familia ni quería comprobarlo. Entonces sonó el móvil y su timbre le pareció las campanadas de la torre superviviente del pantano. La llamaban desde casa. Dichosos aparatos que te permiten escuchar voces queridas a pesar de los miles de kilómetros. Odiosos aparatos que luego te hacen más evidente la soledad.
Cuando volvió a la mesa, tenía los ojos rojos, un nudo en el estómago y la garganta cerrada. No quería llorar, como si le diera miedo que sus lágrimas pudieran hacer crecer el pantano y acabara por cubrir la torre del reloj.
Notó que había un silencio raro y que todo el mundo la miraba. Se apagaron las luces y apareció un camarero con una tarta. Al unísono, empezaron a cantarle cumpleaños feliz.
Cómo se habrían enterado, ella no se lo había dicho a nadie. Sintió cómo le cantaban con cariño, cómo se preocupaban por ella, cómo se empañaban en cuidarla y compensar la distancia. Pero, paradójicamente, todo eso le hizo más evidente su situación. Alumbrada por las velas, una por cada año que cumplía, se sintió más sola que nunca. Entonces ya no pudo contenerse más, los párpados cedieron, el pantano se desbordó y Adriana rompió a llorar.

federico montalbán lópez

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