Tres piezas de anatomía

Tres piezas de anatomía

En cierta ocasión, un hombre iraní se cosió boca, orejas y ojos para evitar ser expulsado de Inglaterra…

Boca

Mientras enhebra la aguja pensó en la boca de Margie. El destino es inmisericorde, le escuchó decir a alguien de joven. Durante años pensó que no era más que una frase rimbombante. Luego comprobó que sólo era una cruda verdad. Su último beso fue un gesto rutinario. Apenas juntaron sus labios mientras se despedían. Cómo saber que nunca volvería a verla. Cómo saber que la boca de Margie estaba a punto de desaparecer. Cuando la desquiciante espera terminó con la noticia del cadáver ya frío de Margie odió su boca que apenas quiso besarla cuando se marchó, maldijo sus labios, despreció su lengua. ¿Por qué no la besó de otra manera? ¿Por qué un beso de rutina en vez de uno con todo el amor? Es imposible contener el amor en un solo gesto, le decía ella, ni siquiera en un beso o una caricia. Él nunca hacía mucho caso a esas cosas. Pero cuando el destino inmisericorde le dejó solo descubrió que él sí podría haberlo hecho, si hubiera sabido que aquel era el último beso habría depositado en Margie todo el amor que sentía por ella. Que siento por ella, se corrige mientras da el primer pespunte.
Ni siquiera el dolor es simple. El de ahora lo provoca la aguja y el recuerdo de Margie. Lo que sí es el dolor es productivo. El de ahora produce una gota de sangre y un montón de lágrimas. No lloro por el dolor de la aguja, diría, lloro por Margie, pero ya no puede hablar.
No quisieron enseñarle el cadáver. No importó todo lo que suplicó verla por última vez. La inmisericordia del destino los separó con un beso ridículo. La inmisericordia de los hombres le negó arreglar su error. Sólo quiero besarla, gritó una y otra vez. Los hombres se limitaron a mirarlo y repetir: no.
Desde entonces odió su boca. Bésame, le pedía Margie una y otra vez. Qué caros vendes tus besos, se quejaba ella. Es que me dieron pocos al nacer, se reía él, tengo que racionarlos o si no se me acabaran pronto. Eres un mentiroso, se enfadaba ella. Esa escena una y otra vez. Primero en presente, luego en pasado. Una y otra vez volvía a escuchar su voz pidiéndole un beso más. De qué me sirve ahora la boca, se preguntó desde que perdió la de ella. No se perdió, se corrigió en un nuevo pespunte, la mataron.
Mejor empezar por la boca, había decidido, así la sutura contendrá los gritos. Que los guardias no escuchen mi dolor, se había dicho. Pero no era ésa la razón. Decidió empezar con la boca por todo el dolor que le había provocado su tacañería.

Oídos

Con la boca cosida no se puede gritar. Ni besar. Tampoco humedecer el hilo. Le cuesta bastante enhebrar la aguja para los oídos. Pero está decidido y ni la más banal de las dificultades le impedirá acabar con aquello.
En plena costura Margie. Otra vez Margie. No se extraña. Todo es Margie. Siempre es Margie. Su muerte… Su asesinato, maldita sea, se rectifica mientras descubre que el cartílago de la oreja es más duro que la carne de los labios. Su muerte no la borró, no la acabó. Ni a ella ni a su amor. Ella siempre en recuerdos, el amor siempre en dolor. No importa lo que haga, no importa dónde esté… Margie, Margie, siempre Margie. Este amor nunca acabará, le decía ella, nunca, me oyes, nunca. Sus palabras han llegado a parecerle una maldición. Alguna vez deseó olvidarla, dejar de amar, dejar de sufrir. Ahora, cuando su oído derecho ya está cerrado, nunca lo reconocerá. Ahora Margie seguirá siendo eterna.
Algunos sonidos no necesitan de los oídos para ser escuchados. Las voces que nos trae el pasado se escuchan con el alma y para ella no hay costura que valga. Sus oídos cerrados de nada le sirven. Había imaginado que una vez cerrados dejaría de oír aquellas voces: está muerta, le dijo alguien; no puedes volver a besarla, le dijeron los hombres; bésame, le decía ella una y otra vez.
Te contaré un secreto, le dijo Margie en cierta ocasión, la puerta de mi cuerpo son mis oídos. Él no entendió muy bien lo que le quería decir, tal vez que le gustaba que le dijeran cosas bonitas. Luego se besaron, no con un beso como con el que se despidieron, no, con un beso muy distinto, de esos que desatan el amor y lo dejan caer como un terremoto, como un alud, como un incendio hambriento y aniquilador. Ninguno de los dos sabía por entonces mucho del amor. Bueno, al menos él no. Los primeros besos los dio tímido y torpe. Luego, casi por casualidad, descubrió el cuello de Margie. El roce de sus labios la estremeció. Entonces él, guiado por el instinto del amor, que es el más poderoso de todos, entendió las palabras que, apenas un momento antes, Margie le había dicho confesándole su secreto. Llevó su boca a la oreja de Margie, en concreto a la izquierda, lo recuerda muy bien. Y allí su boca, sus besos, su saliva, empezaron a obrar el milagro. Su lengua fue la que pronunció el Ábrete Sésamo que descubrió la cueva de Alí Babá y sus infinitos tesoros. Se entregaron y, juntos, dentro, se dejaron sepultar por el terremoto, arrastrar por el alud y abrasar por el incendio hambriento y aniquilador. Estás segura, le preguntó después, de que es imposible contener el amor en un solo gesto. Bueno, admitió ella, no siempre se puede tener razón. Ojalá hubieran sido aquellas las últimas palabras que hubiera oído.
El silencio de ella convirtió todo lo demás en ruidos insoportables. Con Margie callada todo son estrépitos molestos y dañinos. Nada de lo que ha escuchado desde entonces le ha valido para nada. Ahora, sordo, está mejor. Ahora el silencio de Margie parece menor. Ahora podrán expulsarlo pero él no tendrá que oír la voz cruel de los hombres que lo condenan.

Ojos

Sólo quiero mis ojos para mirarte, le solía susurrar a Margie, en los momentos de intimidad. Espero que sea así, contestaba ella, porque si te pilló mirando a otra te los arrancaré. Margie fingía celos. Aquella frase era lo más romántico que atinó a decirle mientras ella estuvo viva. Su amor era tosco como una piedra pero tan definitivo como una roca.
Lleva cuidado al coser los ojos, le previno un compañero cuando supo lo que estaba dispuesto a hacer, si pinchas más allá del párpado te podrías quedar ciego. Sería mejor, le aconsejó, que dejaras que te los cosiera otra persona. Él se negó, es cosa suya y sólo suya. Además: y qué si se queda ciego. De nada le sirven ahora los colores o los paisajes. Todo rojo parece muerto ante el recuerdo de la boca de Margie. Todo atardecer es un borrón ante el recuerdo de un reflejo furtivo en un espejo del cuerpo de Margie. Si se quedara ciego poco perdería después de haber perdido la desnudez de su amada.
Hasta en un momento así hay paradojas. Durante años el recuerdo de ella fue el peor de los dolores. Y ahora le está sirviendo de analgésico. El dolor por ella hace insignificante el dolor de una aguja rompiendo sus párpados una y otra vez.
¿Cómo seguir en el país donde habían asesinado a Margie? ¿Cómo caminar por las calles pensando que se podría cruzar en cualquier momento y sin saberlo con quien la mató? ¿Cómo vivir donde ella había muerto? Tuvo que irse, huir. Dicen que éste es un buen lugar, le dijo alguien señalando un punto del mapa. Muchos se van allí, le aclaró. Lo importante era marcharse, qué más daba el lugar. Lo importante es no volver, piensa mientras la calidez de una gota de sangre le recorre los dedos.
Durante la noche, cuando el sueño imponía que los ojos permanecieran cerrados, él alargaba el brazo hasta que su mano rozaba el cuerpo de Margie. Así, tocándola, se aseguraba de que seguía existiendo a su lado aunque él dejara de verla. Cuando asegura el nudo que cierra la sutura del segundo ojo, sabe que tendrá que contenerse para no volver a buscar su cuerpo en esta nueva oscuridad a la que acababa de coserse.
Cuando asesinaron a Margie, Oriente dejó de existir. Tras su muerte se quedó sin hogar. Ahora se ha quedado sin puntos cardinales: la nueva crueldad de los hombres le ha hecho descubrir que Occidente tampoco existe.
No volverá al país donde asesinaron a Margie. No compartirá el mismo aire que sus asesinos ni pisará su mismo suelo. Ya no necesita ver nada más. Ni oír. Ni hablar. Está todo decidido, piensa mientras corta el hilo: no volveré.

federico montalbán lópez

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