Aquí vivo, aquí voto

Aquí vivo, aquí voto.

La clase obrera conquistó el derecho al voto a mediados del siglo XIX. La mujer lo consiguió el siglo pasado, con la llegada, en 1931, de la Segunda República. Las personas que habiendo nacido en otro país, residen, viven y trabajan entre nosotros, han tenido que esperar al siglo XXI para que, antes en unos países que en otros, consigan que se les reconozca lo que no es sino un elemental derecho humano. Es la asignatura pendiente para poder hablar, en nuestras sociedades, de sufragio universal. Esta forma de apartheid político no tiene ningún futuro en las sociedades que hacen de los Derechos Humanos un pilar esencial de su ordenamiento jurídico y social. Siendo así, ¿por qué esa racanería de nuestros políticos en reconocerles abiertamente el derecho al voto?
Los discursos oficiales, cuando tratan de justificar las medidas represivas contra los emigrantes sin-papeles argumentan que son necesarias para poder integrar a quienes sí tienen papeles. Pues bien, la atribución de derechos políticos es, sin duda, un potente factor de integración. Su negación no haría sino mostrar que nuestros gobiernos tienen el discurso de la integración pero la práctica de la exclusión.
Es claro que la conquista del derecho al voto no supone acabar con la exclusión, pero es un requisito indispensable en la lucha contra la misma. Es también claro que conseguir el voto en las elecciones locales es insuficiente y que habrá que seguir reclamando derechos políticos plenos y por tanto derecho al voto también en las elecciones autonómicas y legislativas. Pero sería absurdo apostar al todo o nada. Hoy se reúnen condiciones para conseguir el reconocimiento del voto en las elecciones locales.
En ese sentido, sería conveniente que las campañas que están en marcha en varias zonas del Estado no acabaran el 25 de mayo, como en ocasiones parece darse a entender. Por el contrario, se trata de asentar unas plataformas que sigan recogiendo apoyos de cara a las elecciones generales del próximo año y en ellas comprometer a los partidos políticos susceptibles de ser ganados para ello, de cara a que incorporen dicha reivindicación entre las medidas a poner en marcha por aquellos que ganen dichas elecciones y formen gobierno. Será esa instancia la que pueda posibilitar hacerla realidad.
La Unión Europea, que se encuentra discutiendo su proyecto constituyente, tiene una ocasión de oro para, usando la figura de la ciudadanía europea, atribuir derechos políticos sin que vayan ligados a la nacionalidad, tal y como hoy conocemos la ciudadanía en los actuales Estados nacionales.

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