Tres cuentos: Amor, Muerte y Guerra

Tres cuentos: Amor, Muerte y Guerra

Cualquier isla (AMOR)

El capitán ordenó que se echara el ancla. Su segundo de a bordo dejó el castillo de proa, recorrió el puente y cumplió la orden. El barco quedó allí parado, en medio de las olas. No importa si en mitad de un mar o de un océano. No importa si en mitad de un hemisferio o de otro. Quedó anclado, bajo el atento cuidado del horizonte y el arrullo confiado de las mareas, perdido entre los mapas para dejar crecer el amor. El capitán dio una nueva orden: arriar todas las velas. Esta vez tuvo que ayudar a su segundo, demasiado trabajo para una persona. Todo estuvo terminado cuando llegó el atardecer. El capitán y su segundo contemplaron juntos cómo el cielo se arrebolaba y luego se oscurecía. Poco a poco el rosa dejó pasó al negro. Pero la oscuridad duró poco, en apenas unos minutos el cielo se plagó de pequeños y brillantes puntos rutilantes. Miles de estrellas iluminaron la primera noche del capitán y su segundo en su nuevo hogar. Mire capitán, dijo el segundo, las estrellas son como las luciérnagas del mar.
Los días se fueron sucediendo en una agradable monotonía. El capitán y su segundo cuidaban el barco, lo mantenían limpio y ordenado y, en el tiempo que les quedaba libre, contemplaban el horizonte, enumeraban las olas o hablaban de amor. Una tarde dijo el capitán: Qué poco hace falta para construirse un paraíso. Sí, mi amor, contestó el segundo.
Y también fueron sucediéndose los meses y hasta los años. Alguna tormenta vino de vez en cuando a molestar al barco, alguna ballena lo cortejó, quizás confundida por la primavera oceánica, y más de una gaviota usó sus vergas como parada y fonda del largo viaje entre isla e isla. Algo pasó, quizás tantos años anclado, quizás el acicate del amor de sus habitantes, quizás los caprichos de la literatura, qué importa la razón, el barco echó raíces hasta el fondo del mar y de sus mástiles brotaron ramas que pronto florecieron con unas flores nunca vistas. El barco se convirtió en árbol. Cuando el segundo se dio cuenta le dijo al capitán: Nuestro amor se ha hecho eterno. Y el árbol, el barco, con sus luminosos y apetitosos frutos pudo alimentar el amor del capitán y su segundo, les pudo dar sombra en las calurosas tardes del verano, entretener con la melodía de sus hojas tocadas por el viento y darles cobijo el día que la muerte silenció los besos.
Tras la muerte de los amantes, el árbol no tuvo más remedio que rendirse a la eternidad y se convirtió en isla para tener con qué darles sepultura. Y así se quedó, convertido en alguna mancha de los mapas, en cualquier isla.

Puntos cardinales (MUERTE)

Ya nadie me llevará al sur
Salvatore Quasimodo

El Bocanegra consiguió saltar la puerta. Jadeante cayó en mitad de una casa en construcción. Parece que por fin ha conseguido despistar a la policía. Cuando pudo recuperarse del esfuerzo alzó la mirada. Fue cuando lo descubrió: un hombre muerto que obsesionaba sus ojos en la vieja puerta lejana, como si hubiera sido la última esperanza antes de morir. El muerto se llamaba Carlos Stuart Pedrell, estaba harto de la vida que llevaba en el Norte y por eso quería huir al Sur. Cuatro o cinco días después del hallazgo del Bocanegra, la viuda de Stuart Pedrell recibe a Carvallo, detective privado. La viuda saca del bolso una arrugada hoja de agenda erosionada por mil manos. La habían encontrado en un bolsillo del muerto. Se la muestra a Carvallo. Alguien había escrito sobre ella con un rotulador: Ya nadie me llevará al sur.
Nieves pasea por la playa. Camina de espaldas. Le gusta ver cómo sus huellas son borradas por las olas, cómo la espuma se cuela por el pequeño agujero que acaban de abrir sus pies y el blanco se pierde en el marrón de la arena. Antes le gustaba jugar a adivinar África al final del horizonte. Pero en los últimos años este juego la confunde, le llena el estómago de angustia y los ojos de lágrimas. De repente tropieza. Cae de espaldas. La playa amortigua el golpe. Cuando se recupera del susto mira con qué ha tropezado: un hombre muerto que obsesionaba sus ojos en la vieja carretera lejana, como si hubiera sido la última esperanza antes de morir. El hombre se llamaba Edwin Oke, estaba harto de la vida que llevaba en el Sur y por eso quería huir al Norte. Cuatro o cinco días después del hallazgo de Nieves, el forense recibe a Rivas, guardia civil. El forense saca del maletín una arrugada hoja de agenda erosionada por mil manos. La habían encontrado en un bolsillo del muerto. Se la muestra a Rivas. Alguien había escrito sobre ella con un rotulador: Ya nadie me llevará al norte.

Robin Hood de Guatemala (GUERRA)

A Juana, que me contó esta historia (que fue verdad).

Robin Hood tensa el arco. Quiere mostrar a sus bandidos que es el mejor arquero de Sherwood. Marian se coloca a su espalda. Va a hacer trampa. Cuando Robin esté a punto de disparar le soplará en la oreja para que yerre el tiro. Un primer plano de Kevin Costner ocupa toda la pantalla del cine. Entonces se encienden las luces y se corta la proyección. Antes de que nadie pueda reaccionar la sala se llena de milicos. Alguien, asustado, intenta huir y un par de culatazos se lo impiden. Los soldados son como los espectadores, sólo que uniformados y con una extraña rabia dentro. Como aquél obligado a hacer algo que no quiere y entonces, odiándose, se castiga siendo más malo de lo que le piden, más cruel, más vengativo. Un milico con más adornos que el resto en el traje alza la voz y anuncia a la audiencia que deben enseñar su documentación. Los soldados pasarán uno por uno a revisarla. Los espectadores revisan entre sus bolsillos y cada uno prepara los papeles que encuentra, rezando para que les sirvan. Los que no tienen documentación se resignan, saben que no hay forma de escapar. Algunos incluso se adelantan y se entregan al milico adornado admitiendo que no tienen ningún documento que les vaya a valer. Con repugnante meticulosidad, los soldados revisan espectador a espectador. Al final obtienen buena cosecha: once hombres no tenían papel alguno que los identificara. El milico adornado sonríe satisfecho. Once hombres más para la mili, unos cuántos más para el ejército, así se podrá continuar la matanza, cien mil, doscientos mil, un millón, toda Guatemala desangrada para engrosar las cuentas corrientes de unos pocos y satisfacer su odio subnormal contra los indígenas.
Once hombres son llevados a algún cuartel para ser convertidos en involuntarios caínes. Del cine al infierno, sin pasar por casa, sin poder despedirse de nadie, sin las últimas palabras de consuelo.
Las luces se vuelven a apagar. Se hace la oscuridad en el cine y continúa la proyección. Robin va a disparar. Marian sopla en la oreja del arquero. Y el forajido de mallas verdes yerra el tiro para regocijo de sus bandidos. Pero no importa, a la hora de la verdad sabrá acertar y vencer al malvado Príncipe Juan.

federico montalbán lópez

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