Las campanas

LAS CAMPANAS

La muerte de cualquier hombre me disminuye
porque yo formo parte de la Humanidad;
por tanto, nunca mandes a nadie a preguntar
por quién doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne

federico montalbán

Belén. El campanero de la Basílica se dispone a cumplir con su trabajo. Las campanas están a punto de doblar. Pero un disparo certero mantiene el silencio. Una ligera voluta de humo se escapa del cañón de precisión. El francotirador siente una amarga satisfacción por su puntería tan bien adiestrada. El campanero cae muerto al suelo. Las campanas de la Basílica de Belén no doblarán esa mañana. Permanecerán inmóviles, silenciosas. Incómodas en su inutilidad. El francotirador, el soldado, abre el ojo que tenía guiñado. Mira a la calle sin usar la mirilla telescópica de su arma, no ve a nadie y piensa: Acabo de matar a un hombre en el lugar donde nació Dios. El campanero se muere y mientras se le cierran los ojos, una última alucinación le llena los oídos de campanas doblando. Y las palabras de John Donne se vuelven desconcertantes.
Fuerteventura. Una cámara de televisión se acerca a una puerta abierta. Justo cuando está a punto de cruzar el umbral, un policía se lo impide. La puerta se cierra. El horror queda guardado. Oculto. Pero el periodista descubre una rendija. Pega el objetivo a la grieta. Hace todo lo posible por enfocar la imagen. Lo que se ve es difícil de entender. Manchas oscuras, sombras, rincones. Dentro, escondidos con la vergüenza de un Estado declarado democrático y de derecho, permanecen encerradas un puñado de personas. Cuando entraron, lo único que les dieron fue un paquetito cargado de angustiosa incertidumbre. No saben dónde están. Quizás tras esas paredes esté Europa, quizás si andan un par de días lleguen a París. No saben qué será de ellos. Quizás la tos del compañero no les termine afectando, quizás mañana les dejen salir o al menos les permitan ver la luz del sol. No saben por qué les castigan. Por qué deben compartir tres baños entre quinientas personas o por qué los responsables de aquello se limpian el culo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No saben qué soñar cuando pueden dormir. Están cansados de hacerlo con todo el Sáhara o la angustia mareada en la patera. Intentan recordar qué sueño les empujó de casa y ya lo han olvidando. No saben cómo dejar de hacerse preguntas. Por qué llegaron allí, cómo han acabado durmiendo en una cinta portaequipajes de un aeropuerto abandonado, por qué han tapiado las ventanas y les mantienen siempre en la sombra, por qué nadie destruye aquel lugar. La cámara se retira de la grieta. La televisión no podrá dar testimonio de aquella fétida cloaca del estado. Y los responsables podrán seguir diciendo que todo aquello es mentira, que las islas afortunadas no son un infierno.
Huelva. Una mujer mira a otra. Unos ojos oscuros observan una melena rubia, una piel blanca ligeramente enrojecida por el sol, unas manos delicadas, unas mejillas sofocadas. Pobre, piensa la mujer que mira, no está acostumbrada a ese trabajo. Hay más como ella, un montón. Son todas iguales. En realidad, piensa la mujer de ojos oscuros, son unas señoritas que no sirven para esto, pero parece que eso a los jefes no les importara, es como si las hubieran traído sólo para mirarlas, como cerdos en celo, dan asco. La otra mujer se siente extraña, algunas miradas se notan en la espalda, como un escalofrío o una intuición. Está cansada, se le cae la fresa que acaba de recoger. La compañera le dice unas palabras de ánimo. Teme que el patrón le riña, pero cuando se acerca a ella lo único que hace es guiñarle el ojo y darle una palmada en el culo. Como vuelva a hacerlo lo abofeteará, le da igual lo que pueda pasarle, no está dispuesta a seguir consintiendo ese trato. La intuición que nota en su espalda la hace volverse. Descubre la mirada que caía sobre ella. Los ojos oscuros, al verse descubiertos, se avergüenzan pero no dejan de mirar. Las dos mujeres se contemplan. Una entre fresas, otra entre los plásticos a los que llama casa. Apenas una carretera estrecha las separa. La mujer que está entre las fresas se lamenta de no poder hablar con la mujer que está entre los plásticos. Deberían hablar, sabe que tiene muchas cosas que contarse, algo malo han hecho con ellas, pero no acaba de saber qué. Por la televisión de aquel lugar salen mucho sus compañeras freseras y los compañeros de la mujer que la está mirando. Sabe que si salen por televisión es por algo malo. ¿Es culpa de ella que aquella mujer tenga que dormir entre plásticos y ya no tenga dónde trabajar? Nadie les dijo cuando se montaron al autobús que iban a trabajar a costa del sufrimiento de otros y que serían una herramienta más del racismo de algunos. Las mujeres se dejan de mirar y sienten un extraño hermanamiento entre ellas. Se acerca el patrón. Como vuelva a tocarme, piensa la mujer, le parto la cara.
Cae la noche. El campanero es velado por sus compañeros. Entre las claraboyas se cuelan un par de estrellas del cielo de Fuerteventura. La mujer de los ojos oscuros ha decidido resignarse, mañana se pondrá en la cola y aceptará la comida que reparte Cruz Roja. Las campanas de Belén no han doblado en todo el día. Y están cargadas de motivos para hacerlo. John Donne ya nos descubrió que no debíamos preguntarnos por quién doblan las campanas, porque la muerte de cada persona nos reducía, porque cada injusticia se cometía contra todas y cada una de las personas, porque las campanas siempre doblaban por nosotros. Lo que no nos explicó era qué hacer cuando, multiplicada la injusticia, las campanas dejaran de doblar.

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