Las visitadas

LAS VISITADAS

Carlos Ordoñez
Dentro de cuarenta años el viejo ayudaba a su nieta con las clases de historia.

En los últimos siglos fueron visitados en nunerosas ocasiones. Al principio les llevaban las costumbres occidentales y civilizadas, la religión católica esa de la cruz y el látigo, enfermedades, caballos y la marrana costumbre de no lavarse o lavarse poco. A cambio se les requería una forma de trabajar que a unos provocaba la muerte y a otros marcas imborrables en su morena espalda. Con los años se convencieron, entraron por la vía de la salvación y emprendieron el glorioso camino que les fue conduciendo a la dependencia, las dictaduras militares, la deuda externa y el hambre. Las páginas de la historia fueron cambiando las carabelas castellanas o inglesas por los marines norteamericanos. La búsqueda de El Dorado la continuó el Banco Mundial. A finales del siglo veinte llevaban ya mucho tiempo llamándoles países en vías de desarrollo. Ya ves, como ahora. Y así fue, décadas después los visitados fueron a visitar para poder seguir trabajando, tal y como les habían enseñado los dueños de esta gigantesca empresa turística. Pero la puerta estaba cerrada. El que tenía la osadía de intentar tocar el tibre moría ahogado en el Estrecho de Gibraltar o en el Mar Caribe. No se habían percatado de que el derecho a visitar era de norte a sur. De sur a norte sólo podían hacerlo las divisas, el petróleo, los futbolistas de lujo y otras baratijas.
¿Y las mujeres? Preguntó su nieta sin dejar de tomar apuntes
¡Ah!, las mujeres. Se decía que ellas, las visitadas, eran las culpables. Por tener tantos hijos.
Ana apretó con rabia la mandíbula.

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