La irrupción de los sin papeles

La irrupción de los sin papeles

Peio Aierbe

Un lugar comun en las reflexiones planteadas desde el movimiento de solidaridad ha venido siendo la muy débil presencia de inmigrantes sin papeles en las diversas iniciativas llevadas adelante en los últimos tiempos para criticar el endurecimiento de la legislación de extranjería. Tuvimos ocasión de hablar de ello, en varias ocasiones con Madjiguène Cissé , participante activa en el movimiento de sans-papiers en Francia, en dos giras que realizó por estado español. La muy dura situación en la que también se encuentran miles de inmigrantes “sans-papiers” en Francia era, sin embargo, vista por no pocos de nosotros como un escenario “envidiable” de participación de los propios inmigrantes en la lucha por sus derechos. Unas movilizaciones de sin papeles, las de Francia, que tienen ya a sus espaldas una historia de treinta años.

La irrupción de los sin papeles

En ésas estábamos cuando hemos asistido en los primeros meses de este año a una importante movilización propia de inmigrantes que reclamaban sus papeles, lo hacían en diversas ciudades e interpelaban de ese modo al Gobierno y a la sociedad sobre su situación. Hemos asistido, estamos asistiendo, a la acción colectiva de unas personas que por su situación de extrema fragilidad han tenido que superar para ello un sin fin de obstáculos. Y al hacerlo han conseguido las mayores cotas de movilización jamás logradas en las cuestiones relacionadas con la inmigración: 45.000 manifestantes en Barcelona, 10.000 en Valencia, 6.000 en Madrid y, en fin, decenas de miles en todo el estado español.
Es un momento interesante para preguntarnos

¿Quiénes son?

Al mostrarse abiertamente ante los focos de la opinión pública ésta puede hacerse una idea algo más precisa de las características de las personas inmigrantes que llamamos sin papeles. Así, la fotografía de las personas inmigrantes que en diversas ciudades han tomado parte en las recientes movilizaciones nos habla, en primer lugar, de su diversidad en lo que hace al origen nacional. Hemos visto a gentes procedentes de Ecuador y de Colombia, gentes del Magreb, gentes de India, Pakistán y Bangladesh, gentes del África subsahariana y gentes de la Europa oriental.
Esa fotografía nos habla también de la importancia de los lazos comunitarios. La implicación de un número significativo de personas en las movilizaciones ha estado muy relacionada, en algunos sitios, con la existencia previa de comunidades agrupadas por su origen étnico y con fuertes lazos entre sí. Es el caso de los ecuatorianos en la Región Murciana. Y es el caso también de Barcelona donde los lazos comunitarios son particularmente visibles en los provenientes del subcontinente indio (hindúes, paquistaníes y bengalíes) pero también entre magrebíes (marroquíes, argelinos y bereberes). Fueron estas comunidades las que conformaron la columna vertebral del encierro en la iglesia de Santa María del Pi, así como de la huelga de hambre de 15 días protagonizada por centenares de inmigrantes. Cabe pensar que sin la existencia de esos lazos comunitarios la protesta difícilmente hubiera podido alcanzar ese grado de masividad y de aguante en el tiempo como el que tuvo.
Otro dato que nos proporciona es el diferente grado de homogeneidad interna que presentan esas comunidades. El abanico es muy amplio y va desde una rígida estructura interna de la comunidad paquistaní, con sus líderes religiosos y comunitarios, hasta una gran heterogeneidad en el caso de los ecuatorianos donde observamos, incluso, la acción política militante, digamos más clásica, de la mano de Rumiñahui.
El último aspecto que quiero señalar es la composición abrumadoramente masculina de quienes protagonizan los encierros, aspecto sobre el que merecerá la pena detenerse en otra ocasión, con un mayor acopio de datos y de fuentes.

¿Por qué ahora?

En las fechas previas a los encierros hay una sensación generalizada de “hora H”: la que sigue a la entrada en vigor de la nueva ley. Todo el período de tramitación de la ley ha ido acompañada de un discurso gubernamental sobre la necesidad de “firmeza” frente a la inmigración irregular y sobre la necesidad de dotarse de herramientas para expulsar a los inmigrantes indocumentados. Era razonable pensar que el Gobierno utilizaría las actuales facilidades legales para llevar a cabo su amenaza.
Ha habido también todo un año de extraordinaria efervescencia entre los inmigrantes sin papeles: los sucesivos períodos de regularización, con todo quisque de aquí para allá, haciendo colas, presentado papeles, haciéndose visibles… en definitiva, moviendose. Y, para colmo, la convocatoria de “repesca” abierta por el propio Gobierno, y supuestamente pensada para “dejar el contador a cero”, se había saldado con un porcentaje de expedientes rechazados tan alto (92% en Barcelona) que cabe entender que dicha frustración fuera la antesala de la movilización.
En sitios como Barcelona son ya varios meses de lucha de varios cientos de inmigrantes sin papeles, a base de encierros, manifestaciones… y, en general, ha sido un período de crítica generalizada a la ley por parte de todas las fuerzas políticas y sociales.
Detonante: el accidente de Lorca, en el que mueren 12 ciudadanos ecuatorianos sin papeles en su trayecto al trabajo. Este accidente tiene una gran repercusión mediática y es seguido de reportajes en los que, una vez más, se pone de manifiesto tanto las dimensiones del empleo de sin papeles en la agricultura, en este caso murciana, como la dureza de las condiciones de trabajo. Además, la reacción del Gobierno agrava las cosas. Pillado in fraganti en su política de tolerancia para con los empresarios que contratan irregularmente, amenaza con hacer cumplir la ley enviando a los inspectores de trabajo. Resultado, miles de trabajadores, ecuatorianos buena parte de ellos, se ven sin trabajo y literalmente en la calle, al no poder hacer frente al pago de los alquileres. Hay pueblos en los que familias enteras vagan por las calles pasando hambre (Fuente Álamo, en Murcia). Esta situación era la culminación de la precarización a que el conjunto de trabajadores inmigrantes ecuatorianos se había visto sometida a partir del cambio de su estatus jurídico, el pasado verano .
En estas circunstancias, el encierro de Lorca y la marcha de inmigrantes hacia Murcia supuso tanto el disparo de salida como su repercusión mediática.

Encierros. Huelga de hambre.

La importancia que tienen los encierros en esta lucha es de primer orden. Van a poder, por esta vía, superar una de las dificultades que encuentran los inmigrantes sin papeles, a saber, la extrema dificultad para constituirse en colectivo. Téngase en cuenta que a las limitaciones ya conocidas (inseguridad por no tener papeles, precariedad de sus condiciones de vida y trabajo…) se añade que la categoría de sin papeles, que es la que está en el origen de la movilización, lejos de ser un estatus “valorizado” es una categoría de la que se quiere salir. El “sin papeles” por definición lo que quiere es dejar de serlo. Nada que ver, pues, con otras categorías conocidas, y valorizadas, como por ejemplo la de clase obrera, sobre la que se van construyendo otros movimientos. Los encierros permiten dar un contorno preciso a los colectivos de sin papeles.
Constituyen a su vez un espacio de homogeneización entre los propios colectivos de inmigrantes (en particular cuando participan miembros de diversas comunidades), así como entre éstos y las gentes solidarias que les apoyan. Experiencias como la del Pí, en Barcelona, con asambleas realizadas en cinco idiomas, permite avanzar de forma extraordinaria en la relación entre comunidades étnicas muy alejadas entre sí en la vida cotidiana.
Para los inmigrantes sin papeles los encierros suponen un vuelco en el rol desempeñado hasta entonces. Se hacen visibles rompiendo, de alguna forma, con la imagen de clandestinos y lo que esa figura lleva asociado de “ilegalidad”, “delincuencia”…, poniendo el acento en que su situación es producto de la política gubernamental. Son sujetos activos, no pasivos. Son centro de atención, no olvidados. Despiertan simpatías, no recelos. Son ellos quienes deciden, no se decide por ellos. Son ellos mismos quienes hablan de sus problemas, no son interpretados por otros. Pueden expresarse más libremente al sentirse a salvo de la acción policial. Ejercen unos derechos (reunión, asociación, manifestación…) que la ley les niega y, frente a la amenazada expulsión, sientan a la administración a negociar sobre su situación. Aparecen como parte integrante de la sociedad civil, en conflicto, ciertamente, pero la interacción social pasa también por ello, lo que no deja de ser también un factor de integración. (aunque todo esto pudiera matizarse mucho, pero no es el sitio de hacerlo).
Pero también para las gentes de la solidaridad que se lo curran junto a los inmigrantes, los encierros son importantes: legitima su discurso (Papeles para todos) tenido por “radical” al mostrarlo con personas de carne y hueso; es una herramienta de primer orden para despertar y forjar apoyos solidarios; es una ocasión para madurar sus relaciones con las gentes sin papeles; y obliga a modular los discursos y a flexibilizar las posturas con la mirada puesta en resolver los problemas de papeles de, al menos, los que comparten los encierros.
También suponen una forma de relación con otros sin papeles que no participan directamente en los encierros: se convierten en punto de información sobre los acontecimientos que les afectan; incluso les resuelven temporalmente algunas necesidades, vgr. comida y lugar para dormir.
En todo caso, el recurso a la huelga de hambre, cuando ésta ha existido, ha potenciado el eco de esta lucha en la opinión pública. En el caso de Barcelona, tras varios meses de movilización, encierros incluidos, fue el recurso a la huelga de hambre lo que contribuyó decisivamente a lanzarles a la opinión pública.

¿Y la gente solidaria?

Una movida como la actual permite trazar, con algo más de rigor, algunos de los distintos planos en los que se mueve el mundo de la solidaridad con las gentes sin papeles. Están quienes desde hace tiempo vienen tomando partido abiertamente por reconocer la plenitud de derechos a los emigrantes que están entre nosotros, y que se vienen plasmando en las diversas plataformas que reivindican “Papeles para todos”, en particular en Barcelona, Andalucía y Madrid. Están por otro lado los sindicatos, partidos de la oposición parlamentaria, y ONGs “grandes” que discrepan de la actual política de extranjería del Gobierno y que, en general, son partidarios de que se busquen vías de solución al actual conflicto de sin papeles. Finalmente, está lo que podemos denominar el tejido solidario: un conjunto de recursos, organizados o no, que se galvanizan en estas ocasiones y prestan su apoyo a la gente que lucha.

Papeles para todos. Son ya más de cuatro años de trabajo en esta dirección que ha dado lugar a diversas plataformas con esa bandera . Plataformas que contienen en su seno una gran diversidad de planteamientos, tanto ideológicos como de cara a los fenómenos migratorios, pero que han sido capaces de hacer que esa bandera se haya hecho un hueco en un panorama político abiertamente hostil a la misma. Lógicamente, con ese patrimonio de acción detrás, son estos sectores los que han estado/están más estrechamente vinculados a los encierros. En unos casos, porque el proceso de movilizaciones que ha precedido a los encierros mismos han venido siendo trabajados codo con codo por estos sectores, junto a los inmigrantes sin papeles. El caso más claro es el de Barcelona, por parte de la plataforma “Papers per tothom”. En otros casos, como los encierros de Murcia o Valencia donde la iniciativa ha corrido a cargo de los propios inmigrantes, enseguida se ha producido una relación natural de participación en los mismos por parte de estos sectores. En otros, finalmente, como el caso de Madrid, se ha visto incluso la participación de algunos sectores nuevos hasta ahora en este terreno, que han mantenido una iniciativa y un protagonismo considerable. En cualquier caso, es un hecho consolidado que, partiendo del protagonismo de los inmigrantes sin papeles, que es en este caso lo novedoso, la presencia y participación de las gentes solidarias es uno de los factores básicos de los encierros. Esto es, los encierros de sin papeles, nunca son sólo de sin papeles.

El tejido solidario. El que he denominado “tejido solidario” ha estado presente también, y de manera decisiva, en todos los encierrros. Me refiero aquí a esa corriente, auténtica riada en algunos sitios, que desde el momento en que se producen los encierros acude a apoyarlos solidariamente y les proporciona dos tipos de apoyos: calor humano y un impresionante abanico de recursos materiales sin los cuales los encierros no hubieran podido mantenerse. Aquí han participado tanto gentes con alguna experiencia asociativa previa, sea en el campo de la inmigración, o en otro; como gente individual que lo hacía por primera vez. En el terreno universitario es donde esto ha podido verse más claramente. Tan sólo en algun encierrro esta participación ha estado bajo mínimos, lo que se ha traducido en unas dificultades increíbles para llevarlo adelante.

Sindicatos, partidos de oposición y ONGs “grandes”. También en este campo la variedad de posiciones es muy grande. Destaca la posición del PSOE que, compartiendo en lo esencial la política de extranjería del gobierno, ha hecho bandera de la inconstitucionalidad de la ley por no recoger algunos derechos fundamentales y, tras no conseguir un Pacto con el PP, utiliza este tema para darse un toque de oposición. También es partidario de estirar la ley para incorporar al mayor número posible de las gentes que hasta ahora no han conseguido los papeles, pero sin ir más lejos. A finales de enero, Consuelo Rumí, secretaria de Políticas Sociales e Inmigración del PSOE, lo explicaba en rueda de prensa: la propuesta de su partido consistía en dar permisos de trabajo a los inmigrantes que dispongan de una oferta de trabajo, unos 50.000 según sus cálculos, y a partir de ahí se podría aplicar ya la reforma de la Ley de Extranjería. En cualquier caso, son organizaciones que se presentan como alternativas de poder, o como portadoras de políticas alternativas de gobierno y, en esa medida, no conciben que se puedan formular políticas en la línea de “Papeles para todos”. Se hallan pues cómodas en el consenso mayoritario en torno a lo que se ha venido a llamar la “necesidad de control de los flujos migratorios”. Su desacuerdo además, cuando no hostilidad, hacia estas expresiones de movilización de sin papeles tiene que ver también con la utilización de métodos (encierros e, incluso, huelgas de hambre) que bordean la legalidad y en los que no se sienten cómodos, y, en fin, por ser un terreno de política de base, en la que difícilmente pueden desarrollar una política que aspire a influir en dicho movimiento. Acorde con estas características, en la mayoría de los sitios han optado por una posición de “ausencia” en este conflicto. O de limitarse a apoyar las tomas de posición de plataformas de trabajo con la inmigración en las que están presentes. Aun así, dado el papel que juegan estas organizaciones en el ámbito institucional, desde las plataformas de los encierros no han dejado de recabar de las mismas algún tipo de apoyo. De hecho, a la hora de jugar un cierto papel de intermediación en los acuerdos que han ido poniendo fin a los encierrros siempre se ha contado, por múltiples razones, con su presencia.

La posición del gobierno. No cabe duda que la movilización de inmigrantes sin papeles cogió desprevenido al gobierno. Tampoco le resultaba previsible el eco que tuvo en la opinión pública y los apoyos recabados. Para un gobierno que venía predicando la necesidad de mano dura con todos los que había decidido dejar fuera, la rebelión de éstos le situó en la contradicción, a las primeras de cambio, de no poder cumplir lo que había prometido. Como tampoco entraba en sus planes ningún tipo de reconocimiento de lo erróneo del camino emprendido, no se planteó en ningún momento reforma alguna de la ley. Trató en un primer momento, de ganar tiempo esperando que los encierros no pudieran aguantar. Luego recurrió a una absurda propuesta de operación retorno para los ecuatorianos que, tras recibir el rechazo de la mayoría de los mismos, y todas las críticas de la opinión pública, hubo de ser retirada a los dos meses de formularla. Finalmente trató de abrir vías de salida parciales que le permitieran quitar presión a las movilizaciones de los sin papeles. Al hacerlo, el Gobierno trató por todos los medios de dar la apariencia de que no era por la presión de los encierros por lo que se movía, o dicho de otra forma, que no pareciera que los que se movilizaban conseguían, de esa forma, sus objetivos. Para ello propuso fórmulas generales de “aplicación flexible de la ley” con las que se revisara todos los expedientes rechazados en el último proceso de regularización al tiempo que venía a reconocer, más o menos abiertamente, que sería en esa revisión en la que entrarían toda la gente encerrada. Al actuar de esta manera el Gobierno, contrariamente a lo que pretendía, daba una cierta eficacia general a la acción de los encierros (que es algo de lo que éstos buscaban) al no limitarlo a la resolución de sus casos particulares (que es algo que cabría esperar).

Mirando al futuro

El cumplimiento o no que el gobierno vaya a dar a los acuerdos que han dado lugar al fin de los encierrros va a ser la primera prueba de fuego. No hay ninguna garantía de que dichos acuerdos vayan a ser respetados. No estaba en el ánimo del gobierno dar papeles a quienes ahora se ha comprometido a hacerlo, y no es plato de su gusto tener que actuar presionado por las movilizaciones y por la opinión pública. De modo que si el gobierno entiende que, una vez finalizados los encierros, tiene las manos más libres para seguir con su idea inicial no sería extraño que ése fuera el camino que escoja.
Lo anterior significa también que hay que pensar en preparar la respuesta más amplia y unitaria caso de que las previsiones más pesimistas se cumplan. Y aunque los encierros han dado pistas interesantes tanto sobre las iniciativas a tomar como sobre los errores a evitar, no está claro que no vaya a ser éste un terreno bastante minado. Punteemos algunos de los campos en los que las incógnitas habrán de irse despejando:

- La participación de inmigrantes sin papeles. Qué duda cabe que lo que hemos indicado más arriba, de las dificultades para que gente con tan pocos recursos decida movilizarse, sigue plenamente vigente. Es seguro que éste es un dato presente en los cálculos que se hace el gobierno. La necesidad imperiosa de ganarse la vida, aunque sea sin papeles y en condiciones muy duras, hace que parte de los que protagonizaron los encierros no estén hoy en las mejores condiciones para seguir movilizándose. De ahí que corresponde a las gentes de la solidaridad desplegar las iniciativas necesarias para llevar a buen puerto los logros de las recientes movilizaciones. Ahora bien, si algo han puesto de manifiesto los encierros ha sido la extrema debilidad de los lazos que (no) tienen con los inmigrantes sin papeles las organizaciones que trabajan en el campo de la inmigración. Este no es un dato irrelevante si se tiene en cuenta que, en el pasado, la gran mayoría de inmigrantes extracomunitarios presentes en nuestro territorio, no tenían papeles. De modo que será vital mantener abiertos los canales de relación con los miles de inmigrantes sin papeles ya que, tal y como se ha demostrado, su participación directa es esencial.

- Acertar a combinar el horizonte de denuncia de la ley con los objetivos más inmediatos que puedan lograrse en cada caso. En los diferentes encierros hemos podido comprobar que no siempre se ha sabido, o querido, guardar ese equilibrio, siempre problemático. Un ejemplo que pueder ser significativo ha sido el cómo se ha encarado, en diversos momentos, la salida a dar a los encierros. En ocasiones se ha pretendido oponer la demanda general de papeles para todos, con la aprobación de acuerdos que abarcaran tan sólo, de forma expresa, a los participantes en los encierros. Parecía que los encierros sólo pudieran finalizar en el supuesto de conseguir un reconocimiento del gobierno de la demanda de “Papeles para todos”, o dicho de otra forma, con la modificación radical de la ley. Es evidente que semejante planteamiento resulta, hoy por hoy, absurdo. No hay condiciones para conseguir lo que sería una derrota en toda línea del Gobierno. El que éste haya tenido que aceptar la revisión generalizada de los expedientes rechazados, aun siendo en base a la aplicación de la misma ley, es claramente una consecuencia directa de la movilización. Pero además, es evidente que quienes han participado en los diferentes encierros y quienes les han apoyado habrán de ejercer, aquí y ahora, la máxima presión para conseguir que no queden de lado en esta revisión. Conseguir así papeles para quienes se movilizaron tiene un alto contenido simbólico, máxime cuando esa movilización “en interés propio” se hace de forma colectiva y con salidas colectivas. Si esto, finalmente, se consigue, podemos decir que los encierros habrán conseguido plenamente sus objetivos. Habrán contribuido a deslegitimar la política del gobierno en materia de extranjería, ganando así apoyos sociales a una perspectiva a largo plazo de modificar dicha legislación, al tiempo que conseguirán resolver los problemas más urgentes de papeles, entre otros, para quienes, participando en los encierros, han contribuido decisivamente a todo ello y, además, mostrarán a otros de los muchos sin papeles presentes hoy en el estado español que, frente a la pasividad, es más positiva la movilización. Que la lucha paga. Esta necesidad de conseguir logros positivos es crucial para posteriores movilizaciones que, sin duda, habrán de tener lugar.

- Entender que ésta es una lucha de largo alcance. No es razonable atribuir a estas movilizaciones la responsabilidad de modificar la ley. En Francia, país vecino con una gran tradición de lucha de sans-papiers, llevan ya treinta años de encierrros, huelgas de hambre, manifestaciones y todo tipo de movilizaciones de sans-papiers. En cada encierro o huelga de hambre, cuando se resuelve con éxito, lo que se consigue es mejorar las condiciones legales de sus participantes. Y sólo cuando se ha producido el concurso excepcional de otras circunstancias, han llegado a plantearse incluso, modificaciones legislativas de cierto alcance.

- Una lucha radical. Es claro que las actuales movilizaciones y sus objetivos tienen un carácter radical: sólo yendo a la raíz se conseguirá que éste no sea un problema que se repita indefinidamente. Y que no pocos de sus métodos también lo son: la implicación en las luchas de gente que no tiene lo más elemental para vivir, el poner en juego su ya precaria salud protagonizando huelgas de hambre; el recurso a encierros y ocupaciones que tienen que desarrollarse, forzosamente, al margen de la legalidad; el rechazo a que el poder parlamentario o institucional esté legitimado para atropellar los derechos de las personas. Pero es preciso huir de la caricatura del radicalismo, del verbalismo estéril. No parece que tenga mucho que ver con una posición radical elaborar propuestas de acuerdo que exigan al gobierno “establecer una política de migración consensuada con la coordinadora estatal de inmigrantes” y cosas por el estilo. Podrá ser el objetivo por el que luche una serie de gentes, pero no el pliego de exigencias que presenten unos encierros como condición para dar fin al mismo.

- Un movimiento unitario. Uno de los retos de más envergadura tiene que ver con la puesta en pie de dinámicas unitarias y en este sentido puede no estar de más hacer una precisión sobre el alcance a dar a la reivindicación de Papeles para Todos. Esta reivindicación cobra su fuerza cuando está referida a las personas de carne y hueso que están entre nosotros, a las que la administración niega papeles. El objetivo de evitar que esas gentes padezcan sufrimientos añadidos por carecer de esa documentación parece tan razonable que los propios gobiernos vienen procediendo sistemáticamente a sucesivas regularizaciones de las mismas. Es precisamente cuando esas gentes aparecen ante la opinión pública (como víctimas, o como protagonistas de reivindicaciones) cuando ésta entiende legítima la reivindicación de Papeles para todos. Pero también cabe dar a dicha consigna un alcance estratégico, algo así como una alternativa a las políticas de control de las migraciones y, más en concreto, al control de las fronteras. En este caso, estaríamos hablando de las propuestas “alternativas” que en el terreno de la inmigración plantean los diferentes agentes sociales algo que, aún perfectamente legítimo, no cabe ponerlo como requisito para impulsar las tan necesarias dinámicas unitarias.

- La relación con los “grandes”. Ha sido, es y será inevitablemente conflictiva, desde el momento en que éstos tienen claro que lo que debe perseguirse (hoy y con este Gobierno) es una “mejor” política de control de flujos migratorios y que no van a dejarse embarcar en una reivindicación como la de “papeles para todos”. Pero también a ellos les pasa como al Gobierno, que no pueden ser insensibles a la presión ejercida por los propios inmigrantes, cuando ésta tiene lugar. Es necesario, para el campo de la solidaridad, tratar de recabar su apoyo (por más que sea contradictorio) cuando lo que está en juego es resolver los problemas concretos de papeles, de las gentes en lucha. De hecho, hemos visto que el final de los encierros viene acompañado de su intervención como elemento “mediadores” de cara a “garantizar” el cumplimiento de los acuerdos. Aunque es ésta una medida frecuentemente exigida desde la Administración (lo cual ya es de por sí bastante elocuente), no cabe duda que hoy por hoy tiene una faceta de aval a las reivindicaciones concretas de la gente movilizada.

- El engranaje administrativo. Una tendencia inveterada de la Administración es la de “enredar” a las gentes solidarias en la maraña administrativa. Las más de las veces como laberinto destinado a perderse en él. En otras, y éste puede ser el caso, implicando a las correspondientes ONGs en el frenesí de la tramitación de los expedientes. Aunque esto pueda en teoría realizarse sin contrapartidas negativas, no estaría de más tener siempre presente que dichas tareas, dado lo menguado de las fuerzas, no suponga un vaciamiento de los efectivos dedicados a seguir, junto a los inmigrantes sin papeles, con la labor llevada adelante en el transcurso de los encierros.

- Los medios de comunicación. En esta “irrupción” de los sin papeles los medios de comunicación han jugado, una vez más, un papel clave. En este caso, con mucho de positivo, lo que consolida la afirmación de que toda labor en este terreno ha de plantearse siempre una política propia hacia los medios. Éstos además se mueven con sus dinámicas e intereses propios, que hace que ningun espacio esté definitivamente ganado, como puede verse en el contraste entre la atención hacia los encierros en los primeros días de los mismos y su cuasi desaparición cuando algunos de ellos han superado la duraciónd de varios meses. Otro aspecto que destaca en esta temporada es la imagen del inmigrante como un trabajador al que necesitamos… No hace tanto (y todavía) era presentado sobre todo como un competidor en el mercado de trabajo. Hoy, aunque coexiste con la imagen anterior, hay una profusión de reportajes en los que se les ve como currelas, necesarios y superexplotados… Es un cambio de alcance… La palabra a los propios inmigrantes. Por lo general no son los propios inmigrantes los que hablan sino que se habla por ellos. En este caso, han proliferado los reportajes en los que son ellos mismos los que hablan. También aquí ha podido observarse un diferente tratamiento en base a la posición que sobre el gobierno tienen cada uno de los medios.

¿Autoorganización?

En el transcurso de estas movilizaciones ha tomado cuerpo una Coordinación estatal de inmigrantes con y sin papeles. Es todavía muy pronto para saber si este organismo pueda tener futuro, y cuál sea ése, una vez zanjadas las movilizaciones que han llevado a su creación. Más allá de su teórica necesidad, así como de su utilidad en los momentos en los que se trata de coordinar luchas, parece evidente que los obstáculos que siempre están presentes en iniciativas de este tipo (basta recordar que no existe algo similar ni siquiera entre las organizaciones que trabajan en el terreno de la solidaridad con el mundo de la inmigración), en el caso de inmigrantes sin papeles adquieren una dimensión todavía mayor. Hoy por hoy, la gente sin-papeles que ha participado en las movilizaciones tienen una dependencia total de apoyos externos, sea de otros inmigrantes, éstos con papeles, sea de gentes del mundo solidario. Además, en prácticamente todos los sitios estos apoyos tienen su base más sólida en gente organizada en colectivos políticos, y en buena parte, dedicada profesionalmente a esta tarea. Este hecho es innegable y es difícil imaginar que pudiera ser de otra manera. Conviene mirar los perfiles reales del movimiento y no dejarse llevar por la música de las palabras. La dificultad primera está en ver cuánto de este movimiento consigue estructurarse a nivel local. Si partimos de que el objetivo básico de un “sin papeles” es dejar de serlo, se comprenderá la dificultad añadida para poder poner en pie un movimiento mínimamente estructurado. Movimiento que, incluso si cuenta con una participación significativa de inmigrantes sin papeles, habrá de tejer estrechos lazos con el movimiento de solidaridad así como con los agentes que ya operan en el campo de la inmigración ya establecida. Las vicisitudes por las que ha discurrido la dinámica de esta Coordinadora son lo suficientemente polémicas como para ignorarlas, aunque no sea éste el sitio donde deban ser abordadas.

Más allá de los papeles

La lucha por los papeles no es sino la manifestación extrema de todo un conjunto de problemas a que se enfrentan las gentes inmigrantes. De hecho el mundo de la solidaridad tiene labrada una rica y amplia experiencia de trabajo con la inmigración que ya tiene papeles. En los años venideros la existencia de inmigrantes a quienes se niegan los papeles va a consolidarse como un factor estructural (ya lo es hoy), dada la política arbitrada desde las administraciones española y comunitaria, lo que exigirá esfuerzos y apoyos dedicados a ello. Pero habrá que tejer una malla solidaria con los movimientos de la inmigración ya establecida. Es ésta, por su envergadura y su mayor estabilidad, la que puede posibilitar una actuación autónoma. Y es preciso, además, para hacer fracasar la política del gobierno de tratar de enfrentar a inmigrantes con y sin papeles, entre sí. Hoy, sin embargo, observamos con preocupación que dichas organizaciones no han tenido prácticamente relación con el movimiento de protesta. En esa malla, en fin, habrá de tener también un papel propio el movimiento solidario, y este camino está totalmente por hacer.

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