Un domingo en Roissy

Un domingo en Roissy
«Nuestro mejor destino es usted»
(Slogan del aeropuerto de París)

Olivier Aubert
19 de mayo de 2001

Los hechos se desarrollan en el aeropuerto de Roissy, es domingo, llueve. Como todas las semanas el CAE (Collectivo anti-expulsiones) se dirige a informar a los pasajeros de determinados vuelos “sensibles” que tienen la posibilidad de rechazar el viajar con “sin papeles” expulsados. El aeropuerto de Roissy recibió en 1999, 43,6 millones de viajeros, Francia decreta anualmente unas 40.000 expulsiones por situación irregular o alteración del orden público. El número de expulsiones se elevó a 8.300 en 1999. Se trata de “sin papeles”, personas rechazadas, demandantes de asilo cuya solicitud ha sido denegada, personas que han cumplido una pena de prisión y a las que, tras su cumplimiento, se les aplica la “doble pena” de la expulsión. Maniatados con cinta aislante, amordazados, esposados, inmovilizados, violentados, a veces sin equipaje.

- «Ah, pero tú sólo vas a los aeropuertos por los hermosos camareros y los guapos polis» bromea al principio una de los miembros del grupo de seis que espera en el anden del tren.

- «No, él ha dado por todos nosotros» responde ella a la mano tendida de una anciana mendiga gitana de Rumanía, que encogida sobre su bastón recorre el andén.

- «¿Estamos todos?» pregunta otro. No, hay varios que faltan o se retrasan, son las 9h02, el tren va a partir, los que lleguen tarde ya se unirán luego.

- «¿Ves? A veces venimos más gente, pero es cansado, así que hacemos pequeños grupos. Si ocurriera un problema, la próxima vez vendríamos veinte o más» resume mi interlocutor para explicar el número tan reducido de personas que se juntan tras tres años de actividad en este “frente” y lo mismo como solidarios en la lucha de “sin papeles”

- «A veces vamos el sábado, de vez en cuando cambiamos, incluso entre semana» continúa diciendo al tiempo que el tren se dirige al aeropuerto repleto de trabajadores, turistas y personal de las compañías y del aeropuerto.

- «Vaya, hoy no hay comité de recepción» se sorprende el grupo al descubrir el aeropuerto vacio de CRS (polis) alineados con los que jugar al escondite a lo largo de la mañana. En el vestíbulo, unos chavales corren, al tiempo que algunos viajeros se las ven con los distribuidores de billetes de SNCF (la RENFE francesa). Son las 9h26, todo está limpio, en calma, todo parece marchar de maravilla.

- «Una vez nos seguían las huellas, con sus cascos, equipados para asustarnos; les despistamos y nos escondimos para dejarles pasar y luego, una vez que pasaron volvimos a salir: tenían vergüenza del ridículo» cuenta mi guía del CAE.

- «Nuestro objetivo es el vuelo Paris-Bamako de las 11, es en el que nos reciben mejor, son los que nos animan la mañana porque son solidarios» resume uno de los miembros del equipo al tiempo que traban conversación con los pequeños grupos que esperan para acabar de facturar sus equipajes o charlan con la persona a la que han venido a acompañar.

- «Ves los equipajes alineados, son de los que van a ser expulsados a continuación, y tras los cristales en los que han puesto hojas para impedir que se vea, es donde vimos una vez una pelea» resume mi guía, señalandome con el dedo la sala desde la cadena protegida por el personal del aeropuerto de París que señala el límite de la “zona de trámites” que comienza justo ante el filtro policial donde controlan los pasaportes.

- «Gracias, gracias» repite un joven de Malí a su interlocutora que acaba de explicarle quienes son los “sin papeles”, los extranjeros que Francia expulsa a diario;

- «Mi hermano coge el avión» dice un joven de otro grupo.

- «Puedes hablarle y que informe al resto de pasajeros» le dice la militante del CAE.

- «Ahí, habrá 4-5-6 que tal vez estén esposados, ocultos tras una cortina por la policía, pero no son criminales, son expulsados, “sin papeles”» concluye otro para acabar una discusión.

- «Señores, se cierra la facturación» anuncia en voz alta pero sin micro una mujer que debe ser la responsable del personal de tierra de Air France, con un walkie-talkie en la mano y la pinta visiblemente estresada.

- «El otro día, yo acompañaba a un amigo, había 23 asientos ocupados por los policías y los expulsados, pero partió vacio, el comandante de a bordo rechazó tomarlos» cuenta uno de los jóvenes que acompaña a un grupo de pasajeros.

- «Ah, ya veo que has mejorado tu discurso» bromea una de las miembros del CAE, tomandole el pelo a otra. Seguimos sin cascos ni porras a la vista, lo que parece poco habitual. ¿Será porque la PAF (Policía del Aire y Fronteras) ha perdido un proceso frente al CAE por defecto de procedimiento en su intento de conseguir la condena de trece miembros del CAE por “explotación inadecuada de una zona pública de un aeródromo”? ¿Será porque tres miembros de esa PAF han sido encarcelados recientemente por haber torturado con una navaja a un demandante de asilo? ¿Será porque los representantes de la ley no han encontrado abogados disponibles para acompañarles como es cada vez más frecuente, cansados de verse humillados a causa de procedimientos mal entablados y de no respetar la ley y los derechos de la defensa? Esta repentina tranquilidad, tras años de controles de identidad en el aeropuerto que duran a veces 4 horas, resulta revelador.

- «Desde el momento en que son los pasajeros quienes se movilizan, no corren ningun riesgo; si no, es la prisión; si puede, haga correr la información» concluye una de las miembros del CAE.

- «Está muy bien que os solidariceis con los extranjeros» dice un joven. Esta será una de las pocas gratificaciones de la mañana. Pero a los militantes del CAE no le importa, no están ahí para que se les diga gracias, sino por solidaridad, por un ideal (lo que sería muy complejo y largo de explicar). Están “ahí” como dice uno de ellos para hacer de “mosquitos”, o más aun para ser “un grano de arena en la maquinaria”.

Una pareja que va a despedirse se abraza tras el portal de seguridad y el personal ADP que filtra a los pasajeros. Resulta cómico y enternecedor. Se acarician las manos, su respiración se entrecorta a pocos metros de los equipajes de los expulsados. Viéndoles, un poco molestos por invadir su intimidad, es como si se hiciera un silencio. Ni altavoces, ni jaleo, ni policías. No es difícil imaginar que entre los expulsados de la jornada habrá también hombres y mujeres que tengan alguien a quien abrazar, que los viajes sin posibilidad de retorno o con peligro de su vida no deberían existir, es imposible de aceptar.

- «¿Qué es ese equipaje? No lo tenía hace un momento» grita una azafata a un joven de Malí que tiene dos bolsas y una radio. El tono no es en absoluto amable, irritado, casi agresivo. El lío comienza, se va a desarrollar en varios actos. La poli echa un vistazo pero no se mueve.

- «El máximo son 12 kg y esto pesa 25, no va a pasar, deme su billete» argumenta furibunda la azafata. Frente a ella, los 5-6 amigos acompañantes comienzan a agitarse.

- «Es una mierda, pagas 4.000 francos y te montan un follón por unos kilos» dice a su vez un joven que empieza a enfadarse. A los cinco minutos se han agrupado ya más de 20 personas. ADP a enviado vigilantes de refuerzo, ahora cuatro en lugar de tres, no muy cómodos en sus uniformes, estresados, sin preparación para controlar este tipo de situaciones.

- «Lo que ella hace no es normal» grita uno de los jóvenes. La jefa se mueve y ante la imposibilidad del joven con equipajes de dejarlos anula su vuelo.

- «Busco al señor Salif Diakité, es urgente» empieza a gritar una azafata escarlata que recorre todo el vestíbulo. El avión lleva retraso, no está a punto.

- «Es Air France quien requisa asientos, ¿qué podemos hacer nosotros? No se puede hacer nada. Os aseguro que hay gente que cuando se jubile van a hablar, porque han visto de todo» dice uno de los vigilantes de ADP a un miembro del CAE que ha empezado la conversación.

- «¿Por qué esperar a la jubilación, sois colaboracionistas» concluye el militante. Cada cinco minutos pasa un policía, mira y vuelve a desaparecer.

- «Es una mierda porque antes cuando yo iba al aeropuerto era para recibir a alguien o para despedirle» concluye el militante del CAE que acaba de discutir con el vigilante.
Un hombre de unos cincuenta años con una túnica y la cabeza cubierta viene a saludar al militante del CAE, era uno de los que vivían en el hogar “Nueva Francia” de Montreuil que en 1996 fue derribado y cuyas negociaciones para el realojamiento habían fracasado una vez que vieron los realojamientos que se les proponía. Estrechos, uniformes, caros, sin zonas colectivas, sin posibilidad de mantener una solidaridad y diseminados por toda la región parisina, hogares para estudiantes u hoteles amueblados arreglados para acoger extranjeros “aislados” que hubieran pasado allí una vida de trabajo invisibles y solos.

- «Bueno, se acabó, vamos al bar del personal en la otra terminal, están todos allí» dice una militante del CAE. Tras un trayecto en autobús por las zonas de no tránsito del aeropuerto, llegamos a la terminal 1. Tras un pasillo el bar de los deportes acoge al grupo. Los sandwichs de camembert o de jamón cuestan 9 francos y medio, nada que ver con las tarifas de las cantinas del aeropuerto. Policías, obreros en mono, azafatas de vuelo comen mientras charlan. «La última vez que vinimos aquí la policía intentó sacarnos a la fuerza, hubo golpes y los clientes y el personal nos apoyaron» cuenta un de los militantes del CAE al tiempo que empieza a distribuir octavillas, una vez terminados los sandwichs, a veces explicandolos con unas palabras. A los policías jóvenes, de uniforme o de paisano, no se les da a excepción de uno que, con un letrero Policía a la espalda, reclamará amablemente un ejemplar y lo obtendrá.

- «No había que haberle dado, tienen que sentirse aislados» dirá un de los militantes.

La acción prácticamente ha terminado, tras una vuelta por el vestíbulo de salidas. Algunos expulsados pasan acompañados de policías, los miembros del colectivo provocan una situación molesta gritando: «extranjeros, expulsados, extranjeros asesinados» y también «pasajeros en pie, no hay expulsión”.
Tras los gritos el ambiente ya no es el mismo, el personal un poco incómodo, el joven de Malí que tenía exceso de equipaje acaba por partir, el vuelo se retrasa, la mañana ha terminado. Los militantes del CAE no sabrán ese día si los pasajeros se han puesto de pie, se han dirigido al comandante de a bordo para decirle que no se podía viajar con expulsados.
El próximo sábado o domingo, el CAE volverá a Roissy sin txarangas, con algunas octavillas, o sin nada.
Reclaman:

- el cese de las expulsiones

- el cierre de los Centros de Internamiento

- la regularización de todos los sin papeles mediante permisos de diez años.

A las promesas electorales que no comprometen más que a aquellos que las oyen, a los discursos humanitarios y al bulldozer de la razón apoyada en batallones de CRS, han decidido oponer la determinación y la paciencia.

e-mail: cae-paris@wanadoo.fr

P.D. El pasado 3 de abril, 18 asociaciones reagrupadas en el seno de Anafe (Asociación nacional de asistencia en las fronteras a los extranjeros) hacían público un balance de las visitas a las zonas de espera en Roissy y de las audiencias del Tribunal de instancia de Bobigny donde son presentados los extranjeros que piden entrar en territorio francés. Demoledor. Los voluntarios de Anafe han observado durante tres meses cómo eran tratados estas mujeres, estos hombres, estos niños. «La primera dificultad con que se encuentran concierne al acceso al procedimiento de examen: hemos visto practicamente en cada visita personas que habían sufrido tentativas de rechazo por métodos violentos», cuenta Hèlène Gacon, su presidenta. «La brutalidad policial, los insultos pero también la violencia física son corrientes. No se trata, en modo alguno, de actos aislados de algunos funcionarios policiales. Tengo la impresión de que esta brutalidad forma parte de la puesta en escena para impedir a la gente que vengan a plantear sus demandas», prosigue. Ante la acumulación de testimonios, esta asociación ha escrito al primer ministro, a diferentes ministerios y a los parlamentarios para pedirles que pongan en pie comisiones de investigación… para que sea reformada la legislación de extranjería y que se les reconozca el derecho de acceso permanente a estas zonas.

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