No soy racista, pero...

No soy racista, pero…

Peio Aierbe

«Yo no soy racista, pero los negros huelen mal». «Yo no soy racista, pero los gitanos no se quieren integrar» ¿Les suena? Ese tipo de expresiones, u otras parecidas, que podemos escuchar en las conversaciones, tienen su versión periodística. El último ejemplo lo hemos visto en un reciente suceso de delincuencia ocurrido el pasado 20 de junio en Madrid. Un acto criminal cometido por un ciudadano moldavo ha desatado todo tipo de tópicos, eso sí, precedidos siempre de la profesión de fe antirracista. Veamos.
Luis María Anson, al día siguiente, en La Razón, en un artículo titulado “Inmigración y delincuencia”, decía: «Una legislación y una política permisivas convirtieron a España en el paraíso de la droga en Europa. Todavía estamos a tiempo de impedir que por las grietas de la inmigración se introduzcan en nuestra nación las mafias y las bandas de delincuentes. Mayor Oreja se dió cuenta a tiempo y de su actitud lúcida se derivó la Ley de Extranjería. Esa ley hay que cumplirla, no regatearla». He aquí en un “totus revolutum” inmigración y delincuencia, droga, mafias y bandas de delincuentes, con la Ley de Extranjería como herramienta para defendernos de todo ello.
Este mismo periódico titula en portada a toda plana «La opinión pública clama contra la impunidad de las mafias y delincuentes extranjeros en España. El autor del salvaje crimen es un moldavo “sin papeles” que se encontraba en libertad pese a haber sido detenido en nueve ocasiones. Temoe a que se desate una ola de xenofobia ante la escalada de delitos cometidos por inmigrantes». Un periódico acostumbrado a hablar de “ilegales” aprovecha la ocasión para usar el término “sin papeles”, avisarnos que estamos frente a una escalada de delitos cometidos por inmigrantes, que las mafias y delincuentes, extranjeros eso sí, se mueven con impunidad y después de todo eso deja claro que su preocupación es que se desate una ola de xenofobia ¡faltaría más! Asi que no es de extrañar que en su editorial afirme que estos crímenes son propios de los lugares de donde provienen los inmigrantes: «la violencia gratuita, la crueldad de que fue víctima la familia Castillo, es un hecho desacostumbrado en España. Son usos propios de lugares desgraciados, donde la vida vale muy poco».
ABC no iba a quedarse atrás y en su editorial del mismo día dice: «Ahora que se discute el Reglamente de la Ley de Extranjería es el momento adecuado para que el Gobierno asegure que sujetos como Pietro Arcan nunca van a lograr la residencia en nuestro país, al amparo de regularizaciones masivas, tanta veces negadas como luego concedidas». Aquí no sólo se liga el suceso con la discusión del Reglamento sino que se aprovecha para relacionarlo, y darle un viaje, a las regularizaciones.
El Mundo editorializa así: «La inmigración masiva y a menudo ilegal nos está trayendo forma de delincuencia de una violencia y una organización desconocidas entre nosotros: en Madrid ya se han producido más muertes violentas en cinco meses del año 2001 que en todo el 2000» y se pregunta ¿Cuántos Arcan habrán ingresado ya en España? ¿Cuántos más lo harán en un futura Europa sin fronteras? Un visión de la inmigración “ilegal” que no puede sino aterrar.

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