Exclusión social en contextos multiculturales: reflexiones desde el trabajo social

Exclusión social en contextos multiculturales:
reflexiones desde el trabajo social

Ismael Palacín1

El trabajo social no es ajeno a los dilemas con los que se encuentra nuestra sociedad frente a la inmigración. Sus instituciones, servicios y profesionales reciben las demandas de la sociedad y de las propias personas inmigradas. Al llevar a cabo este encargo, el trabajo social no está solamente aplicando unas políticas sociales preestablecidas, sino que participa de ellas construyendo discursos y legitimando unas u otras visiones de las personas y sus necesidades.
Este texto pretende ser una breve reflexión sobre algunas situaciones con las que se encuentra el trabajo social respecto a la cuestión migratoria. En el texto se han escogido algunas cuestiones que aparecen en el cotidiano de muchos servicios socioeducativos porque precisamente muestran algo en común: son más representativas de nuestra propia sociedad que de las personas inmigrantes que en ella se encuentran. En este encuentro que se da entre el trabajo social y las personas inmigradas aparecen los valores, las políticas, las representaciones de nuestra sociedad y sus éxitos e incapacidades para gestionar la participación de nuevos miembros.
Las situaciones incluidas provienen de una cierta variedad de dispositivos y servicios del campo social, desde recursos asistenciales a servicios sociales de atención primaria, proyectos comunitarios o recursos socioeducativos y de inserción laboral. Deliberadamente, se han evitado las referencias a los factores de exclusión desencadenantes (la pobreza, la falta de permisos de residencia y la discriminación social) para centrarse más en las respuestas sociales a las dinámicas de exclusión.
Con los recursos sociales, sean públicos o privados, una sociedad intenta crear respuestas a las necesidades individuales y colectivas, a lo que Castel llama sus zonas de fractura y los potenciales riesgos para la cohesión que éstas pueden suponer. Intenta asimismo reconstruir el contrato social con sus miembros más vulnerables y canalizar algunas funciones de control sobre los miembros de ésta, gestionando las desigualdades que ella misma genera. El trabajo social actúa para el bienestar de las personas, y a menudo sus contextos de actuación son aquellos en los que precisamente las instituciones sociales han fracasado o muestran serias dificultades, coyunturales o estructurales, para garantizarlo.
Aunque la inmigración puede ser una oportunidad para repensar nuestra cohesión social, también puede servir para lo contrario: desplazar las políticas sociales hacia el control y la seguridad o desmantelar definitivamente el estado del bienestar mediante la creación de categorías de ciudadanos con derechos diferenciados.

1. Explorando el encargo social

Hablamos de encargo social para describir el mandato, explícito o implícito, que desde diferentes instancias (las administraciones, la legislación, la opinión pública, las comunidades locales…) formula la misión que se espera que el trabajo social cumpla. El encargo responde a la pregunta «¿qué es lo que en definitiva se espera que consigamos con este servicio? ¿para qué trabajamos?».
Siempre resulta interesante analizar el encargo social respecto a un colectivo o necesidad, pero en el caso de la inmigración es especialmente representativo. En general, podemos decir que el trabajo social tiene el encargo de atender a las personas-clientes que acuden a sus servicios para promover un mayor bienestar al mismo tiempo que actuar para la cohesión social. Este encargo es válido para los programas que atienden personas inmigradas, pero contiene algunas contradicciones que resaltaremos a lo largo del texto.
Por un lado ha aparecido la cuestión de si los inmigrantes son clientes legítimos o no. El trabajo social siempre ha seleccionado a sus usuarios según la legitimidad social que la asistencia ha otorgado a unos y otros. Unas necesidades y colectivos se establecen como legítimos y otros se excluyen o restringen en los servicios y prestaciones a los que acceden.
Después de un periodo en que el estado del Bienestar ha mostrado tendencia a incrementar la cantidad de servicios sociales universales ha venido un periodo de restricción en muchos centros y servicios.
Ante muchos servicios, la demanda de las personas inmigrantes aparece como ilimitada (alojamiento, costes de establecimiento, mediación, formación…) frente a unas prestaciones que se habían limitado en gran medida. Las lógicas con las que se analizan las respuestas sociales son muchas veces contradictorias: por un lado son extranjeros sujetos a las políticas estatales de control de flujo migratorio, por el otro vecinos de un barrio o padres de alumnos de una escuela. Estas lógicas contrapuestas encuentran su reflejo en los servicios sociales que se crean. En este contexto encontramos el resurgir de programas de atención social basados en modelos asistencialistas que estaban en desuso y, en el otro extremo, programas de trabajo para la participación de la familia en la comunidad que suponen una estímulo para reinventar un enfoque de la ciudadanía muy actual y necesario para toda la población de nuestras ciudades y pueblos.
En segundo lugar, los discursos sobre la seguridad canalizan buena parte de los encargos que antes se formulaban desde otros enfoques. Los conflictos, reales o percibidos, se amplifican cuando se habla de inmigración y se espera que los servicios realicen una función de control simbólico; muchos de los programas de mediación, de ocio o de intervención comunitaria parten en realidad de esta motivación.
Por último, los encargos se centran en la inserción en el trabajo, la escuela y la familia. Los tres aparecen como talismanes para inscribir socialmente a estas personas en una sociedad que tiene dificultades para ofrecer lugares donde realizar tránsitos y negociar la integración. Y ciertamente los tres son sitios centrales, pero vamos a reflejar más adelante su complejidad.

2. Buscando una posición

¿Cómo pueden el trabajo social y la educación atender a las personas inmigradas en una sociedad que no tiene resuelto un referente normativo respecto a la integración? ¿Cuál es pues, el encargo que esta sociedad realiza al profesional o al servicio social o educativo que atiende a los inmigrantes? A menudo nuestra sociedad se muestra ambivalente en sus propuestas de integración de la inmigración. La opinión pública, como las instituciones, mantiene posiciones duales, entre los valores de la hospitalidad y una cierta aspiración a la justicia social y la desconfianza o la discriminación abierta. Ni las leyes ni las políticas existentes contienen un modelo de integración en el que se puedan basar los servicios y acciones socioeducativas.
En este entorno contradictorio los servicios negocian la integración de las personas. Un ejemplo de esta tensión se encuentra en el debate sobre si se deben crear servicios específicos para la población inmigrada o deben adecuarse los servicios ya existentes para atender a estos nuevos usuarios. La segunda opción parece ser la vía con más futuro porque elude el riesgo de segregar, pero la adecuación de los servicios previstos siempre es un camino más lento. Evitar la creación de servicios específicos para inmigrantes ha escondido, en algunos casos, la inexistencia de atención a procesos de exclusión emergentes antes de que se cronifiquen.
Estos dilemas están abiertos en nuestra sociedad, y no se pueden resolver con un enfoque simplemente ético (el deber de garantizar unos derechos como sociedad de acogida) ni con argumentos pragmáticos, como la constante mención de que las personas inmigradas son necesarias como trabajadoras para sostener nuestro modelo económico y fiscal…

3. Construyendo las necesidades

¿Qué necesitan las personas inmigradas en su integración en la sociedad? Si analizamos las prácticas, el trabajo social es a menudo incapaz, como su sociedad, de concebir al inmigrante si no es en las categorías de trabajador, pobre (víctima) o delincuente (peligro).
Bajo estas representaciones las necesidades se construyen frecuentemente con una concepción muy instrumental: papeles, trabajo, enseñanza de la lengua… Sin duda se trata de necesidades urgentes para que las personas y las familias inmigradas puedan establecer un mínimo proyecto personal en nuestra sociedad. El problema reside en que el único contenido de los programas dirigidos a jóvenes y adolescentes inmigrantes (si los comparamos con programas análogos concebidos para usuarios autóctonos) recaiga en estas funciones instrumentales y se vacíe de contenidos educativos y socializadores.
Estas mismas representaciones promueven el éxito de los programas dirigidos a la inserción laboral, a la asistencia sanitaria, las necesidades básicas, a la mediación en conflictos de convivencia más relacionados con el control en detrimento de programas que fomentan la educación permanente de base (considerada por todos los organismos el principal vehículo de integración de todo ciudadano), y las formas de participación social más complejas que aportan oportunidades de promoción y circulación social en el entorno local.
Un preámbulo habitual a muchos estudios sobre inmigración consiste en resaltar que la inmigración, más que plantear nuevos desafíos a la sociedad de acogida, pone a prueba aquellas estructuras sociales que ya se mostraban débiles. En el trabajo social tenemos una muestra de ello.
Existen algunas necesidades coyunturales relacionadas con el proceso de asentamiento de una persona o familia en un nuevo país, pero cuando nos entretenemos con muchos servicios a analizar sus objetivos con la población inmigrada, enseguida nos damos cuenta de que estamos hablando de nuestras propias necesidades como sociedad. Las personas inmigradas hacen la función de catalizador, haciendo evidentes esas carencias; el acceso a la vivienda, la socialización de los jóvenes en nuestra sociedad, el papel de la escuela y la familia y el nuevo lugar del trabajo.

4. Creando redes de apoyo

Los servicios de inserción laboral, atención primaria o protección de menores constatan con frecuencia que la atención a las familias y jóvenes inmigrantes requiere más recursos de los que tienen costumbre de asignar. La falta de una red social amplia que permita acceder a contactos y apoyos informales supone un sobrecoste en muchas de las necesidades que una persona que disponga de estas redes puede cubrir parcialmente. Solamente cabe pensar qué pasaría si muchos de nosotros estuviéramos privados de las oportunidades laborales, ofertas de vivienda, servicios de cuidado de los niños de las que nos provee la red de contactos personal y familiar que toda persona tiene.
Algunos servicios y programas sociales aumentan su eficacia al apostar por movilizar recursos ya existentes en nuestra sociedad, vincular las acciones de apoyo a la inclusión con un enfoque territorial, aprovechar las redes informales o dar nuevas funciones a servicios y agentes sociales ya existentes (bibliotecas, escuelas, asociaciones, sindicatos…).

5. Hurgando en las diferencias

Bajo el análisis de necesidades y demandas, no es extraño que los servicios se pregunten qué hay de diferente en las personas de origen inmigrante (en su cultura) que justifique programas específicos, metodologías diferenciadas o nuevos dispositivos. La tentación de los expertos de fundamentar los servicios en variables de tipo cultural no acostumbran a resistir más allá del diseño inicial. Los programas sociales se debaten entre incorporar la cultura de sus usuarios (o, en el extremo, etnicizar el enfoque de los servicios) o simplemente ignorar las diferencias y atender a las especificidades de la persona individual que acude al servicio. Entre estos extremos encontramos las opciones intermedias: el desarrollo de competencias en los profesionales de los servicios o los dispositivos de mediación cultural.
Es interesante observar que muchas instituciones, cuando se han preguntado sobre cómo atender mejor a sus usuarios inmigrantes o superar las dificultades que encuentran para cubrir sus objetivos con ellos, las respuestas más convincentes las han encontrado en mecanismos que responden a las necesidades de todos sus usuarios. Algunos de los mecanismos más comunes se encuentran tanto en un centro para mejorar el éxito escolar como para promover la inserción laboral de jóvenes con problemas delictivos: remarcar el carácter abierto de su institución, personalizar las intervenciones, tutorizar, contractualizar los servicios, inscribirlos en el contexto local inmediato y promover los mecanismos de mediación y acompañamiento.

6. Negociando el proyecto migratorio

¿Hay alguna cuestión diferencial que se tenga en cuenta cuando trabajamos con personas inmigradas ? En algunos dispositivos la variable diferenciada entre adolescentes autóctonos e inmigrantes que participan, por ejemplo, en un programa de inserción laboral o en la escolarización obligatoria puede recaer en lo que se llama «el proyecto migratorio». El proyecto migratorio se puede describir como la planificación, más o menos estructurada, que se ha hecho un inmigrante acerca de su futuro. Raramente es resultado de un proceso puramente individual ni estático: incluye elementos motivacionales, psíquicos, culturales, expectativas personales y de la comunidad de origen y de acogida. El proyecto original sufre tantas modificaciones y omisiones como los proyectos de vida de toda persona, pero constituye el motor, la justificación de una persona o familia que ha tomado una decisión relevante como la de emigrar.
Las decisiones acerca del trabajo, del alojamiento y las actitudes frente al entorno constituyen también una negociación con este proyecto migratorio. En el caso de los jóvenes de segunda generación, ellos no han tomado la decisión de emigrar y su proyecto personal no es de tipo migratorio. Sus modelos apenas se diferencian de los adolescentes autóctonos. A pesar de ello, deben negociar con el proyecto migratorio de sus padres porque ellos forman parte de éste. Los servicios intentan contemplar y entender este proyecto: muchas decisiones que esperan que sus clientes tomen y les parecen evidentes encuentran más dificultades de las que esperaban porque han de permitir renegociar el proyecto migratorio.

7. Enfocando el territorio

En una sociedad sin una auténtica estructura comunitaria que suministre identidad, control, obligaciones y apoyo a sus miembros algunas necesidades de las personas deben promoverse mediante dispositivos y recursos expresos.
Una importante parte de los éxitos y fracasos en la integración de los ciudadanos se da en los territorios donde habitan. Estos entornos locales son, pues, un sitio idóneo donde promover las oportunidades. La calidad de la convivencia, del acceso escolar, de la red formal o informal de recursos de apoyo a las personas y familias permiten que las personas no soporten tasas de estrés sostenido superiores a las que pueden asumir y que las transiciones no cristalicen en fracturas difíciles de recomponer. La densidad y coordinación de recursos contra la exclusión en un territorio es el factor determinante que evita los costes sociales y personales de un conflicto social. Los vacíos en el modelo de integración del que hemos hablado los suplen muchos servicios aportando densidad a estas redes.

8. La escuela y sus contratos

La escuela será en muchas ocasiones el único sitio que ofrecerá a algunos jóvenes con una red social limitada una experiencia amplia y democrática en nuestra sociedad. Fuera de ésta, la empresa y el mundo asociativo no parecen estar cumpliendo esta función como antaño habían realizado en algunos contextos urbanos. Pese a las dificultades que podemos observar en los centros escolares, la gran mayoría de los adolescentes escolarizados se sienten pertenecientes al entorno escolar y las tasas de rechazo y abandono escolar (no hablamos del fracaso) han disminuido y parecen mantener esta tendencia.
Pero la estancia en la escuela no es fácil. La institución escolar propone al adolescente que se acerque y se adhiera a la cultura y valores que representa, con la promesa de que éste será un vehículo para la promoción social y personal … aunque esto no es siempre así. Muchas familias aceptan este alejamiento porque saben o intuyen que permitirá acceder a sus hijos a oportunidades de integración y mejora social. Este «contrato» no siempre acaba de funcionar: el fracaso escolar corta el itinerario de promoción social y educativa de un importante número de alumnos, y la escuela actual tampoco es capaz de garantizar como antes que los éxitos académicos puedan ser revalidados automáticamente en el mercado laboral. El malestar de algunos centros escolares lo podemos entender también con el análisis clásico de la «doble mentira»: tanto los alumnos como los profesores saben que no tienen una integración clara a contratar a cambio del esfuerzo escolar aunque actúen como si así fuera. Esta escuela no se puede concebir como una «inversión» para una futura promoción social y esto le da un poder de negociación mucho más bajo que el que había tenido. A pesar de eso, la formación básica sigue siendo el mejor predictor de ocupabilidad y, en todos los casos, la herramienta más potente, aunque compleja, para la inclusión.

9. Trabajando con los hijos

Los adolescentes y jóvenes de segunda generación se encuentran con la misma dificultad que tenemos en nuestra sociedad: difícilmente tenemos sitio para aquellos adolescentes que no sigan un itinerario estándar de estudios que demore la incorporación al mercado laboral. Cuando la falta de satisfacciones escolares hace que descarten la escuela como un sitio «posible» para ellos, la ausencia de una red social amplia de contactos, instituciones y personas a las que estar vinculado son el principal factor de vulnerabilidad social de los jóvenes. Estas redes de las que hemos hablado sirven para suministrar apoyo afectivo, modelos, contactos para la búsqueda de trabajo y recursos y ayudas entre las personas que participan.
Muchos jóvenes de origen inmigrante tienen una red débil, muy limitada a la hora de ofrecer las prestaciones que necesitará. No nos ha de extrañar que el joven se encuentre con rupturas, fracasos o conflictos en su transición desde la adolescencia a la vida adulta, pero cuando éstos se hacen en un entorno con una red débil los fracasos tienen un efecto multiplicador y a veces consecuencias graves. Una ruptura escolar, el estrés económico, un conflicto familiar grave o la inactividad laboral tienen un impacto muy grande en términos de riesgo social para algunos jóvenes porque su transición pivota sobre pocos ejes de apoyo.
Los servicios siguen estrategias de prevención diferenciadas en cada grupo de usuarios inmigrantes. Los jóvenes de origen magrebí y sudamericano son los principales usuarios, y los más activos, de los proyectos de ocio, formación y de ocupación del territorio y esto hace que se acerquen a recursos que pueden complementar algunos aspectos débiles de la propia red social. Utilizan los recursos disponibles eficazmente y la mayoría construyen itinerarios entre recursos según sus necesidades. La red de recursos cumple muchas funciones, pero también tiene granos vacíos. En cambio, los usuarios de otras comunidades, la paquistaní o la filipina serían un ejemplo, construyen redes estructuradas de apoyo que permiten ser un gueto protector y socializador frente a los déficits de la sociedad de acogida. Estos usuarios no participan en la misma medida en acciones sociales y los agentes de trabajo social dedican sus esfuerzos a establecer vínculos con estas redes mediante las instituciones normalizadas.

10. Trabajando con adolescentes

¿En qué cultura puede participar un joven o adolescente en su transición al mundo adulto? Si entendemos la adolescencia como un conjunto de tareas psicosociales a resolver centradas en la creación de identidad estas necesitan un entorno donde participar de diferentes formas. La individualización del trabajo y los cambios en la estructura de nuestra sociedad hacen que la cultura obrera ya no tenga ninguna capacidad para integrar como lo hizo en muchos sitios en este siglo pasado. Tampoco tenemos en la mayoría de las ciudades unos barrios con una cultura comunitaria en las que se pueda integrar. Ni siquiera cuando esta cultura comunitaria la recrea una colonia inmigrada puede cumplir las funciones comunitarias que la familia esperaría.
Solamente la subcultura juvenil parece tener un poder mucho mayor que todos los otros vínculos de pertenencia. Cuando los profesionales analizan las aspiraciones personales, colectivas, los modelos y valores de los adolescentes inmigrantes, los atributos de la subcultura juvenil dominan por encima de cualquier identificación con la cultura familiar de origen. Esta cultura juvenil es un potente vehículo de participación y moratoria, pero no se sostiene cuando el joven no tiene otros marcos y «sitios sociales» en los que puede participar y está lo suficiente segmentada para no facilitar por sí sola una pasarela al trabajo o a una integración más amplia.
A los servicios les preocupa la identidad y los sentimientos de pertenencia de los adolescentes inmigrantes. No es un proceso fácil, para ningún adolescente, en realidad, navegar entre las aspiraciones de la familia y las propuestas de la sociedad de acogida. Los jóvenes inmigrantes se encuentran ante un doble juicio de normalidad, el de su familia y el de la sociedad de acogida.
A los profesionales del trabajo social les preocupan especialmente la aparición de conductas de gueto en los jóvenes inmigrantes en situación socialmente vulnerable. Las situaciones que hemos analizado hasta ahora no parecen representativas de estos temores. En primer lugar hay que distinguir los juegos de modelos de identidad propios de los adolescentes de los auténticos procesos de replegamiento cultural o de militancia étnica excluyente. Los guetos que se observan tienen un mayor componente de estrategia de integración funcional, que los adolescentes combinan eficazmente con la participación en aquellos espacios que encuentran abiertos a ellos. Las conductas de gueto pueden ser motivo de preocupación en la medida en que estos espacios no existan y se superpongan los procesos de exclusión social con la concentración de jóvenes inmigrantes en ciertos territorios.

11. Recurriendo al trabajo

En nuestra sociedad, «trabajar» ha sido un signo de normalidad, de ausencia de peligro para la sociedad y para la propia persona. En realidad el problema es que, a los jóvenes inmigrantes, como los jóvenes autóctonos en situación socialmente vulnerable, nuestra sociedad sólo se los puede imaginar como trabajadores porque difícilmente tiene otros sitios para ellos. La familia no puede soportar la carga de resolver la identidad y la pertenencia del joven por sí misma, y para muchos jóvenes la trayectoria académica se agota por la falta de expectativas.
Cuando el joven fracasa o tiene dificultades para la adaptación a la escuela, cuando muestra signos de conflicto social (esporádico o habitual, real o percibido), o la familia siente que se le acaban los recursos propios sólo tenemos el trabajo como alternativa con la que negociar con el joven su integración. Mandamos a los jóvenes a ofertas de formación ocupacional que, si bien tienen el mérito de ser un sitio de contención ante el riesgo de ruptura e inactividad, tienen un impacto muy bajo en la ocupabilidad futura y en la calificación profesional del joven. Pero el trabajo ya no tiene el significado y el lugar social que había tenido en la sociedad industrial. La ocupación juvenil de baja calificación no es un vehículo de promoción social porque las nuevas políticas de personal obligan a la rotación y la temporalidad permanente. Tampoco tiene el poder socializador en los roles de la empresa y en la identidad profesional que había tenido y el valor moral del trabajo encaja mal en la cultura juvenil. El trabajo sigue siente una institución social de primer orden y la principal fuente de subsistencia en muchos casos. Pero desnudado el trabajo de su mística, al joven sólo le puede ofrecer satisfacciones como modalidad de acceso al consumo, que es quizás el código de expresión y diferenciación de la identidad social que disfruta de más potencia.
En este escenario, los programas de inserción laboral constituyen una de las propuestas con mejores resultados para jóvenes en riesgo social cuando incluyen un itinerario de acompañamiento e inclusión social integrados.

12. Mirando a las jóvenes

Otra cuestión en la que fijarse puede ser algunas tendencias respecto a la diferencia de género. En muchos colectivos de origen inmigrante parece que sobre las chicas existe una presión en algunos aspectos que las aleja de las oportunidades educativas, laborales y de participación social en mayor medida que a los chicos. Pero, visto de cerca, las cosas no son tan sencillas en muchas ocasiones. Sobre algunos chicos la familia deposita unas expectativas desproporcionadas de éxito y un juicio de normalidad social difíciles de cumplir. Tienen más oportunidades, pero los fracasos son juzgados más duramente porque ellos tienen que ser la prueba viva de que el proyecto colectivo no ha fracasado.
Muchas chicas, por otra parte, se sienten invisibles o limitadas respeto a las expectativas de su familia, pero en muchas ocasiones esto les da un espacio más amplio de negociación, lenta pero segura. El juicio de normalidad es más restrictivo sobre ellas, pero tienen más oportunidades para aprender a negociar y construir alternativas en un entorno más amplio para hacer pruebas. Establecen dobles vínculos con la cultura familiar y la sociedad de acogida o estrategias de pluriparticipación que satisfacen las miradas de ambos agentes. Con el tiempo, algunas han desarrollado un repertorio de competencias sociales amplio y seguro que les permite cumplir una escolaridad más larga y hacer itinerarios laborales y sociales mucho más eficaces en términos de capacidad de integración y del propio bienestar.

  1. Educador social. Director de Programas de Formación e Inserción en el Casal del Infants del Raval. Dinamizador del Proyecto Mahabarat con jóvenes inmigrantes.

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