Derechos Humanos en la Frontera Sur 2006

El drama migratorio se acentúa
La APDHA ha documentado que 1.167 personas han perdido la vida intentando simplemente buscar otro futuro, salir de la situación sin presente que perciben en sus países. Pero ni mucho menos son todos: nunca sabremos realmente cuántas han muerto. Sólo en este año posiblemente estemos hablando de la escalofriante cifra de 7.000 personas.
Se trata sin duda de una catástrofe humanitaria de similar envergadura a tantas catástrofes naturales que asolan el planeta. Sorprende la indiferencia de una buena parte de nuestra sociedad. Sorprende aún más el empecinamiento en continuar con las mismas políticas que vienen demostrando su fracaso durante años, ineficaces incluso para el objetivo que dicen pretender y causantes de tanta muerte, dolor y sufrimiento.
Durante el año 2006, ante el incremento de la migración africana a Europa a través de las islas Canarias, el Gobierno español ha puesto en marcha un despliegue sin precedentes, desconocido hasta ahora en su magnitud, para el control de fronteras. En el informe damos cuenta de este despliegue, hasta donde hemos podido averiguar teniendo en cuenta el grado de secretismo que oculta buena parte de las políticas gubernamentales en este tema. Sólo podemos decir de nuevo que con toda seguridad será inútil. De forma inexorable se han ido trasladando los escenarios del drama, conforme se iban multiplicando las dificultades para poder sortear los controles fronterizos. De Cádiz a Granada y Almería, luego a Ceuta, Melilla y Marruecos. Posteriormente el Sahara, Mauritania y ahora Senegal, Gambia o Cabo Verde.
¿Hasta dónde se va a llegar? Como decimos más adelante, nuevas generaciones de jóvenes africanos tienen firmemente interiorizada la necesidad de salir de sus países, de fugarse de donde no ven ningún futuro para ellos y sus familias. Jóvenes que han dicho basta, que sean cuales sean las dificultades y las penurias, sea cual sea el riesgo de perder la vida, van a seguir intentando llegar a Europa, que se presenta para ellos como la única alternativa de una vida digna.
Frente a esta realidad ampliamente extendida en el continente, el incremento de los controles, de las políticas restrictivas, de la represión o de la implicación de los gobiernos africanos… está condenado irremediablemente al fracaso.
Como denunciamos en este Informe, lo que es inevitable y consustancial a este tipo de políticas es la gravísima violación de derechos humanos que provoca. Miles de muertos, miles de heridos, militarización, cooperación condicionada, desprecio a los pueblos africanos, trato degradante e inhumano a las personas, deportaciones, denegación del derecho de asilo y refugio, aumento del racismo… Lamentablemente el Gobierno de España y la Unión Europea cierran los ojos ante esta vulneración de Convenios Internacionales de protección de los derechos humanos, de graves incumplimientos de nuestra propia legislación y de la Constitución, considerando que se trata de un simple e indeseado “efecto colateral” en la lucha por lo que consideran un bien mayor: el control de nuestras fronteras y el cumplimiento de políticas de lucha contra la inmigración ilegal.
Pero ningún control de fronteras justifica la violación de los derechos humanos. El respeto escrupuloso de los derechos humanos de aquellos que intentar entrar debe estar por encima del propio control de fronteras (en primer lugar el derecho a la vida, pero también a una acogida digna, derecho a la asistencia jurídica y a intérprete,…). Como asimismo lo están derechos humanos esenciales como el derecho al asilo y al refugio o el derecho a vivir en familia o el derecho de los menores a recibir protección…
En este sentido reclamamos que España debe ratificar el protocolo 4º de Derechos Humanos de la Unión Europea, en el que se prohíbe la expulsión colectiva de inmigrantes. Asimismo debe ratificar con urgencia la Convención Internacional de Protección de todos los Trabajadores Migratorios y sus Familias de Naciones Unidas
Venimos reclamando desde la APDHA y desde numerosas organizaciones sociales un giro de 180 grados en el trato hacia el continente africano y, muy particularmente, en las políticas migratorias que se han venido implementando en los últimos quince años.
En la relación desde el Norte con el continente africano en primer lugar. Hablamos y hablamos de la imprescindible cooperación que no haga de la emigración de miles de jóvenes africanos una cuestión forzada por la necesidad. Pero ni la cooperación llega, ni la que llega es respetuosa y efectiva para los objetivos de acabar con la pobreza, el abandono y la falta de futuro. No es de recibo, por ejemplo, que los objetivos de cooperación queden condicionados al “buen comportamiento” de gobiernos más que dudosamente democráticos en el control de la emigración que sale de sus países.
Por el contrario, creemos que habría que plantearse, por ejemplo, apoyar el empoderamiento de los pueblos frente a esos gobiernos absolutamente corruptos, antidemocráticos e incapaces de liderar cambios de futuro. En este sentido sería imprescindible cambiar muchas de las ópticas de la cooperación al desarrollo, que fuera destinada a las situaciones de mayor pobreza, sin contrapartidas, para que realmente pueda ser un instrumento que dinamice cambios respetuosos con las realidades sociales y culturales, aprovechando y potenciando estructuras productivas propias y útiles.
Sería indispensable acabar con la pesada losa de la deuda externa. Pero también sería de rigor el apoyar la necesidad para los países del sur de resguardar recursos propios, culturas e identidades frente a las actuales políticas neoliberales y, por tanto, a participar en pie de igualdad en el mundo. Y ello sólo puede hacerse desde otros mecanismos financieros y económicos internacionales, alejados de las políticas que desde el Fondo Monetario, la Organización Mundial del Comercio o el Banco Mundial se están imponiendo a los países africanos.
Son elementos de este tipo, junto a otros muchos abordados de sobra por ONGD y movimientos de solidaridad tanto del Norte como del Sur, los que serían imprescindibles para alumbrar un verdadero Plan África, que apunte realmente a apoyar a los propios africanos a salir ellos mismos de la situación actual que sufre el continente.
En tanto un Plan de esas características da sus frutos, lo que no será sino en bastante tiempo, no se puede continuar con las actuales políticas migratorias. El continente africano en su conjunto ha estado excluido de cualquier política migratoria que merezca ese nombre. Es curioso que se ponga en marcha tal cantidad de medios para contener las migraciones africanas, cuando suponen tan sólo una minúscula parte del total que recibe Europa. Para los africanos y africanas la posibilidad de la emigración legal está excluida: están condenados a emigrar de forma irregular. Y eso es lo que hay que cambiar.
Para ello es preciso, en primer lugar, modificar de raíz el actual marco jurídico, o dicho de otra forma cambiar en profundidad la vigente Ley de Extranjería, que permita reconsiderar la política de visados, cupos, sistemas de entrada y regularización. Sin ese cambio de enfoque no será posible flexibilizar la gestión de los flujos migratorios de forma que existan cauces concretos que permitan emigrar de forma ordenada y legal desde los países con más problemas y en situación más deteriorada. Una gestión más abierta, más racional de los flujos es la que, paradójicamente puede ayudar a reducir la irregularidad favorecida precisamente por las políticas de cierre de fronteras.
Es verdad que todo ello habría que hacerlo desde el marco europeo. Pero precisamente por estar donde estamos y por nuestro papel en la actual situación respecto a los flujos migratorios, debiera ser el gobierno español quien liderara en la UE las propuestas y los cambios políticos y legislativos necesarios en la dirección señalada. Todo lo contrario de lo que ha venido haciendo por parte de este y de anteriores gobiernos españoles con los resultados que este Informe intenta relatar.

La emigración africana en el marco de la globalización
Las distintas políticas desarrolladas por la Unión Europea y España para “contener” la migración procedente del continente africano y “rechazar” a inmigrantes no deseados, han demostrado fehacientemente de nuevo su incapacidad de fondo para gestionar los flujos migratorios. Y no sólo incapacidad de fondo en cuanto a que esos objetivos se sitúan al margen de la génesis y desarrollo de los movimientos migratorios que estamos viviendo, sino incluso incapacidad de fondo para entenderlos desde el horizonte ideológico en que se sitúan dichas políticas.

La mal llamada “crisis de los cayucos”, ha evidenciado esa incapacidad y ha mostrado la compleja realidad de los fenómenos migratorios actuales, tanto en lo que se refiere a su origen como en su desarrollo. Sin embargo, la excesiva simplificación que oculta muchas de las razones de fondo que lo impulsan, impiden en la práctica abordar el fenómeno migratorio de otra forma que no sea desde la óptica del rechazo y la represión.
Buena parte de las razones que impulsan a muchos jóvenes africanos a intentar la aventura migratoria proceden de la situación de pobreza y falta de futuro que perciben. En efecto, con cifras de la ONU, el 60% de la población sobrevive con menos de dos dólares diarios; 34 de los 48 países del mundo con menor nivel de vida son africanos; en 1960 el África subsahariana tenía una RPC equivalente al 38% de la media mundial, mientras que hoy ha descendido al 23%.
De la misma forma inciden de forma notable otros factores de tipo estructural, por denominarlos de alguna forma. Es por ejemplo el creciente proceso de urbanización (tasas de crecimiento urbano del 4%, la más rápida del mundo; 43 ciudades de más de un millón de habitantes; 40% población vive en ciudades) o la creciente desertificación de amplias zonas del continente.
Señalar también la existencia de gobiernos ampliamente corruptos, supeditados a las multinacionales o a los gobiernos del norte, y responsables también de buena parte de la situación que vive el continente, que coexiste en muchos de esos países con la más absoluta falta de democracia y de empoderamiento de sus propios pueblos. El cuadro no puede ser más desalentador si se añade la lista interminable de conflictos armados y violencia generalizada.
Sin duda todo ello tiene no poca relación con el abandono y el expolio histórico ligado al colonialismo y al posterior proceso de descolonización en cuya raíz hay que buscar buena parte de los problemas actuales.
De la misma forma, no se trata de ninguna redundancia el insistir en las consecuencias de la actual globalización neoliberal que está provocando un impresionante saqueo de recursos, la destrucción de la economía tradicional pareja en parte a la crisis de la agricultura africana y, en buena medida, el hambre y la miseria para millones de africanos. El peso insoportable de la deuda, las políticas de ajuste estructural impuestos por el FMI y el Banco Mundial, el proteccionismo agrario del Norte… convierten a un continente rico en un continente empobrecido. África ocupa así una posición subordinada y marginal en el sistema económico mundial: sólo produce en cifras de 2004 el 2% del PIB mundial. Desde 1970 hasta finales de la década de los 90 la participación de África en el comercio mundial cayó del 3,5% al 1,5%.
Todo ello, relacionado entre sí como una maraña que imposibilita salir adelante, ha configurado la actual fosa Norte Sur, que en el Estrecho (entre África y Europa) provoca posiblemente el mayor desnivel de riqueza y esperanza de vida del planeta. La distancia del IDH elaborado por la ONU entre España y Marruecos, por ejemplo, es enorme: mientras que España ocupa (2005) el puesto 21, Marruecos está situado en el 124. Cruzando los 14 kilómetros del Estrecho, o las vallas de Ceuta, se avanzan 103 puestos en el ranking mundial de bienestar. Si el que da el salto es de Mauritania, que ocupa el puesto 152, o de Malí, que está en el 174, el avance es casi sideral. La relación de renta per cápita entre la zona euro y el África subsahariana era de 7,8 en 1975 y en 2004 de 15,2; el PIB de España multiplica por 15 el de Marruecos. La distancia de EE.UU. a México es “solo” de 1 a 4; pero la nuestra con Marruecos es de 1 a 6, con Senegal de 1 a 15 y con Malí de 1 a 26
Pero las actuales migraciones responden además a la existencia de una mundialización que ha permitido su extensión y posibilitado su desarrollo. Nos referimos, por ejemplo a la amplitud de las comunicaciones que cubren todo el planeta. A la aparición y desarrollo de tecnologías que permiten organizar mejor las rutas migratorias desde el origen al destino, como el teléfono móvil o el GPS. La amplitud de redes transnacionales (no necesariamente de carácter mafioso) que tienen cada vez más influencia en la gestión de los flujos. O la generalización, fruto de todo ello, de una “cultura de la emigración”, de una especie de “mito” migratorio, que hoy está ampliamente extendida en muchos países africanos y cuya influencia no ha sido suficientemente considerada.
Todo ello hace que la decisión de emigrar responda a factores complejos y a razones multicasuales a veces difícil de evaluar. No es posible por ello interpretar los procesos migratorios de forma exclusivamente mecanicista como resultado ciego e inevitable de la globalización neoliberal, del foso norte sur o de la pobreza que asola una buena parte del planeta. Porque se corre el riesgo de ver al migrante como mera víctima del neoliberalismo, arrastrado por fuerzas oscuras y ajenas que no puede controlar. Y en tanto que víctima, persona que necesita asistencia, cuidado o protección… y es verdad, pero el énfasis lleva a un proceso de estigmatización, de exclusión o de simple paternalismo. Nos hace olvidar que las personas que emigran toman sus propias decisiones, la mayor parte de las veces son conscientes de los riesgos que afrontan y de las dificultades para conseguir el objetivo de llegar a ese futuro negado. En suma son sujetos de sus propias decisiones.
Las migraciones son en buena medida forzadas por la existencia de una profunda desigualdad en el planeta que impulsa a millones de personas a encontrar futuros más dignos, pero también son resultado de necesidades, comportamientos y deseos subjetivos, cuestiones todas ellas imprescindibles y que no se tienen suficientemente en cuenta a la hora de abordar la gestión de los flujos migratorios Los procesos migratorios nunca son ordenados. Normalmente son desordenados y caóticos, en los que la voluntad, la subjetividad de las personas que emigran, tienen un enorme peso. No tener en cuenta todo ello es lo que lleva en buena medida al fracaso de las actuales políticas de cierre y control de fronteras, incapaces hasta el momento de gestionar democráticamente los actuales retos de la inmigración en este mundo globalizado.

Flujos migratorios, pateras y cayucos
Varias cuestiones explican el incremento espectacular (4.700 detenidos en 2005 a más de 33.000 en 2006), de la inmigración hacia Canarias durante el año 2006.
Hay que decir, en primer lugar, que no se trata de algo nuevo. Los problemas no han empezado con los cayucos. Estos son un episodio más de una larga lista de hechos inscritos todos en la política desarrollada para tratar de impedir la entrada de africanos en Europa. Los acontecimientos de El Ángulo en Ceuta en el año 1995; el campamento de Calamocarro; la construcción de la valla en Ceuta y Melilla, primero con tres metros de altura y ahora con seis; la puesta en marcha del SIVE (Servicio Integrado de Vigilancia Exterior); los acontecimientos del año pasado en Ceuta y Melilla; la dispersión en el desierto de emigrantes y solicitantes de asilo subsaharianos hecha por Marruecos… son algunos de los hitos que marcan un largo camino de oprobio.
El conjunto de África, está totalmente excluida de cualquier proceso migratorio hacia Europa que merezca tal nombre. Durante años los gobiernos europeos han actuado desde la lejanía y el extrañamiento, de tal forma que pensaban que les bastaba con tener una política extremadamente restrictiva en materia de visados y mantener relaciones en materia migratoria con algunos países concretos, Marruecos y Argelia especialmente.
Pero en los últimos años era evidente que eso estaba cambiando, que había unas generaciones de jóvenes africanos subsaharianos, de Senegal, de Camerún, de Malí, de Nigeria, de Ghana, de Guinea Conakry, de Liberia, de Costa de Marfil, de Congo… que tenían firmemente interiorizada la necesidad de salir de su países, dispuestos a fugarse del lugar de sus problemas, de los lugares en los que, por múltiples causas, no veían un futuro para ellos y sus familias. Esos jóvenes están plenamente integrados en un mundo global, pero esa integración la han hecho con ingresos medios mensuales de 50 euros y sin perspectivas de que en unos plazos razonables, debido a problemas de índole económica, políticos, ecológicos, su situación vaya a cambiar sustancialmente.
Y algunos de ellos han dicho basta, sean cuales sean las dificultades y las penurias que vayan a sufrir para intentar llegar a Europa, que es la zona del planeta geográficamente más cercana, la que está al norte de la gran línea de fractura migratoria que es el Sahel y el Mediterráneo.
Es ahí donde hay que buscar las razones de fondo de la llegada de miles de personas a Canarias durante el año 2006. El reforzamiento de la vigilancia del Estrecho de Gibraltar, los atropellos cometidos en Ceuta y Melilla en el otoño de 2005, la actuación inhumana y el incremento de la represión y control por parte de Marruecos… no han hecho sino forzar a explorar nuevas rutas por más que más largas y peligrosas.
La tradición pesquera tanto de Mauritania como Senegal facilitaron este cambio en la dirección del flujo migratorio hacia Canarias. La existencia de cientos e incluso de miles de cayucos, capaces de realizar grandes travesías incluso en difíciles condiciones del mar y pescadores experimentados que salen durante días o semanas a faenar permitió el acceso a la misma. Han sido esos pescadores los que señalaron en las Jornadas conmemorativas de los Acontecimientos de Ceuta y Melilla celebradas en octubre en Bamako, que los cayucos con los que se llega hasta Canarias son los mismos que han debido abandonar debido al saqueo de los grandes pesqueros de la UE.
Se ha producido un salto cuantitativo, pero también cualitativo. La migración de alguna forma se ha “socializado”: es más peligrosa y larga, pero es más barata, depende menos de las mafias y es más fácil de gestionar. La extensión de la citada “cultura de la emigración” de forma masiva en alguno de estos países, la difusión de las posibilidades, las nuevas tecnologías (móvil, GPS), han dado un impulso impresionante a este movimiento.
En palabras del profesor Ali Bensaad “El tráfico de seres humanos existe, pero es un fenómeno insignificante. El grueso de los candidatos subsaharianos a la emigración se mueven de forma autogestionada, explotando las posibilidades abiertas en lugares de marginación preexistente. En el desierto del Sahara, en Nigeria y en Mali son los comerciantes tuareg —incluso en connivencia con los respectivos gobiernos— quienes organizan a los interesados. En la frontera argelino-marroquí hay una fuerte tradición de comercio informal, sobre todo en dirección a la región del Rif, siempre rebelde a Rabat. No son, desde luego, los passeurs quienes provocan todo este movimiento. El movimiento es una realidad. Ellos se limitan a ofrecer un servicio a gentes que quieren emigrar. Son como pequeñas agencias de viaje”.

Evolución de la detención de inmigrantes en la Frontera Sur

Inmigrantes detenidos

2004 2005 2006

Lanzarote 469 329 822

 Trabajadoras

Cartelpequeño

BIZILAGUNAK 2019

Portada

Valla

Fotografía Amnistía Internacional

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