Air France expulsa… sin resistencia

Publicada 29 de Enero de 2012 22:25

Miércoles, 18 de enero, 07:05. Embarco en el vuelo de Air France 2184 a Túnez, en la terminal 2F del aeropuerto Charles-De-Gaulle. Cuatro personas de la policía de fronteras, acompañadas por un agente de otro cuerpo de la policía nacional, custodian la puerta del avión. Uno de ellos nos filma con una cámara al hombro.
Me siento en la parte trasera del avión. En la última fila, dos policías de paisano de fuerte complexión sujetan a un joven de unos veinte años. En medio del pasillo, un hombre con uniforme de la tripulación de Air France cruzado de brazos, inmóvil frente al joven que tratando de librarse y grita:
¡No me importa no voy a quedarme aquí, me he tragado dos hojas de afeitar, me da igual, voy a morir, no saldré vivo de este avión!
Los policías lo inmovilizan, unos segundos más tarde el joven vuelve a gritar: ¡Me he tragado dos hojas de afeitar, señor!
Algunos pasajeros se vuelven un momento y luego vuelven a su móvil o a su revista. Estamos a mediados de semana, el avión con una ocupación de un tercio, la mayoría de los pasajeros en la parte delantera. Sin duda, la elección de este vuelo por parte de la policía es no es casual.
Este joven sin duda no ha hecho más que estar en Francia sin papeles, y yo trato de llamar la atención de la gente sentada a mi alrededor sobre esta situación, y sobre el hecho de que parece haber intentado poner fin a su vida. En ese momento, alguien empieza a decir en voz alta:
¡Las expulsiones son algo completamente normal, señor, hay reglas, si las personas son ilegales, o se las expulsa, o de lo contrario es la anarquía! ¡Le recuerdo que esto es una democracia!
Me pregunto qué concepción de la democracia puede tener alguien que justifica el encierro y la expulsión forzada de personas por una falta administrativa así como la indiferencia frente a situaciones de semejante violencia.
Me levanto y comienzo a hablar con la gente de más adelante. Algunos me responden que actualmente hay expulsiones en casi todos los vuelos y que la situación se ha convertido en algo banal. Entonces me dirijo a la parte delantera del avión, y anuncio a todos que voy a ir a hablar con el comandante de a bordo, ya que el avión transporta a alguien que es expulsado a Túnez, amarrado por policías franceses, y que no para de gritar.
Algunos me miran molestos, uno apenas se levanta, pero para decir total, no podemos hacer nada de todos modos...
Al fondo del avión se oye al joven que no para de gritar...
El comandante accede a verme y me lleva a un rincón para decirme que no hará nada mientras la seguridad de las personas no se vea amenazada.
Le pregunto, un poco fuera de mí, si no hay suficiente follón.
Me responde molesto: Sí. Así que vuelvo a la cabina y no se me ocurre más que unirme a los gritos del joven, entrecortados por los policías que tratan de hacerle callar. Mi teléfono no tiene crédito ni batería, no puedo llamar a nadie. Estoy empezando a perder los nervios pero continúo gritando, en medio del pasillo, que Air France es responsable de esta situación escandalosa e inhumana. La tripulación, que sigue sonriendo desde el principio, me dice que me calme, que no hay ningún problema y que si estoy afectado, están de acuerdo en cambiarme de asiento para ponerme en la parte delantera del avión. Yo lo ignoro, pero el personal simplemente está tratando de responder al argumento según el cual la compañía no respeta, en términos de confort, su contrato con el cliente que ha pagado por viajar en un avión de pasajeros, y no en furgón celular volante (1).
Tras varias discusiones en las que me responden con el mismo tipo de argumento comercial, decido, fuera de mí, coger mi equipaje diciendo que me niego a viajar con una compañía que expulsa a la gente. Me hacen bajar del avión, y me indican la salida de la zona internacional. Tengo una fuerte sensación de impotencia.
Al salir de la zona internacional, me doy cuenta con asombro que al dejar el avión, he olvidado mi mochila debajo de mi asiento. Me cruzo por casualidad, en ese momento, con la azafata que facturó mi equipaje de mano, a quien explico, agotado, mi olvido. Ella llama precipitadamente a la puerta de embarque para decir que el avión tiene que volver porque, dice, es una cuestión de seguridad y el avión está obligado a regresar a la terminal para desembarcar la bolsa.
Sin embargo, el avión está en la pista e iba a despegar. Se produce el pánico, las dos empleadas que están allí corren de la puerta al mostrador, llaman por teléfono. Una me explica, con calma pero con firmeza, que esta operación va a costar varios miles de euros a la compañía. Imagino una situación en la que tal pérdida financiera ocurriera cada vez que se utiliza un avión para una expulsión. Esto además de una hora de retraso.
Son las ocho y cuarto, el avión vuelve finalmente a otra puerta, la azafata me acompaña hasta el aparato advirtiéndome de la ira del comandante. Le veo además salir de la cabina y dirigirse furioso hacia la puerta, pero antes que él otro miembro de la tripulación me devuelve mi bolso y la puerta se cierra de inmediato por el personal técnico. La azafata me lleva de nuevo a la salida.
Cuando le señalo que no se sabe nada sobre el destino de los extranjeros expulsados a Túnez, me responde: Sí, lo sé, también expulsamos a personas a países donde se enfrentan a la pena de muerte, mientras mantiene el mismo rostro estoico.
Fenómeno extraño, tengo que volver a pasar el control de pasaportes como si llegara a Francia. A la altura de las ventanillas, una docena de hombres duermen en el suelo junto a las colas y cerca de la puerta de una comisaría de policía. Seguramente gente pendiente de ser llevada a la zona de espera (2).
Poco a poco recupero el aliento y pienso que, aparte de una hora de retraso y unos miles de euros, no había conseguido un gran impacto sobre la salida de este vuelo de deportación. El joven del final del avión será entregado a las autoridades tunecinas. ¿Como cuántos, y en qué condiciones? Imposible saberlo.
Hasta la fecha, el gobierno tunecino no proporciona ninguna información sobre personas deportadas a su territorio desde Francia o desde otros países. Sean tunecinos o de otras nacionalidades. Además, ninguna organización de la sociedad tunecina tiene acceso a los lugares de detención de extranjeros o a sus datos.
Por mi parte, me parece que tuve suerte de no ser detenido. El delito de obstrucción a la circulación de una aeronave por el que han sido procesadas muchas personas que han expresado su solidaridad con las personas deportadas, establece penas de prisión de cinco años de prisión y una multa de 18.000 euros. Parece que Air France ha guardado en mi dosier de reserva un resumen de las razones por las que he pedido ser desembarcado de ese vuelo. Por otra parte, el hecho de que la policía de fronteras filme a todos los pasajeros a la entrada de los aviones que llevando deportados no presagia nada tranquilizador.
Notas
(1) En este sentido, leer la primera parte de la guide du Réseau Education Sans Frontières en particular la página 31.
(2) La zona de espera es un lugar de reclusión donde llevan a las personas a quienes se niega la entrada en Francia. Para más información, consulte el sitio web de la Association nationale d'assistance aux frontières pour les étrangers.
Traducido por Mugak. Edición original: Les invités de Mediapart

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