Princesas… de la calle alejadas de sus reinos

(Re)presentaciones de mujeres inmigrantes en el cine del 2005

Princesas es el título de una historia de dos prostitutas, una de ellas inmigrante, galardonada con tres estatuillas al mejor cine español durante la XX Edición de los Premios Goya 2006. El valor poético de esta magnífica cinta de Fernando León de Aranoa es indiscutible. Por un lado, describe con inusual sensibilidad el peregrinaje cotidiano de Caye y de Zulema, esta última extranjera, dominicana y “princesa desterrada, dulce y oscura que vive a diario el exilio forzoso de la desesperación”, según palabras del propio director [i]. Por otro lado, la película rompe con el cine de “grandes historias” y da voz a personajes de la calle, a personajes con “historias mínimas”, a gente de la periferia, gente superviviente a la que nunca se cita en los libros de efemérides que silencian la cara lóbrega de la sociedad del bienestar.

En este sentido, Princesas transgrede los discursos oficiales sobre grandes personajes (y lo hace, además, escapando del formato de cine reivindicativo de denuncia grandilocuente al estilo de La Terminal, de Steven Spielberg, o de Hotel Rwanda, de Ferry George). Sin embargo en otro sentido, y desde el punto de vista del papel que tiene el cine en la conformación de estereotipos y corrientes de opinión, Princesas no rompe con el discurso convencional.

ÁNGELA (EN UNA DISCUSIÓN ENTRE LAS PROSTITUTAS DEL BARRIO QUE SE QUEJAN DE SU FALTA DE CLIENTES DESDE QUE HAN LLEGADO LAS PROSTITUTAS INMIGRANTES): Pobrecitas; algo tendrán que hacer, ¿no? Si vienen será porque en sus países no hay trabajo.

CAREN: ¿Y qué pasa?, ¿que allí la gente no folla? Porque éstas en algún sitio han aprendido…

MAMEN: Sois unas racistas.

CAREN: Que no, ¿lo ves? Ahí te confundes. No es un problema de racismo, corazón. Es un problema del mercado, de las leyes y las cosas del mercado. Pero no del de ahí de la esquina que tú conoces; del otro. Del de la demanda y la competencia; que lo que pasa es que no hay demanda para todos ni competencia, lo dijo el ministro de economía el otro día en la tele, que aquí todo dios llega y se cree que puede hacer lo que le salga de los huevos, y mira no.

Como vemos, vuelve a caer en la tendencia cinematográfica consistente en representar a la mujer inmigrante como prostituta (reforzando así el binomio “inmigrante = trabajadora del sexo” instalado en nuestro imaginario colectivo). Y, más aún, vuelve a caer en la tendencia consistente en hacer que, además de ejercer la prostitución, la mujer tenga que finalmente regresar a su país natal:

ZULEMA: Yo me voy.

CAYE: Es normal. Aquél es tu reino, Zule. Y las princesas lejos de sus reinos no pueden vivir porque se mueren, lo sabe todo el mundo. Son tan sensibles que se mueren de nostalgia.

Este regreso como final narrativo puede que alivie (y alivia) al espectador medio que diariamente es bombardeado con informaciones mediáticas sobre las “peligrosas avalanchas de inmigración”. Pero, desde luego, no contribuye a que, de una vez por todas, entendamos que actualmente la presencia de las personas inmigrantes es bienvenida, necesaria, deseable y en absoluto desmesurada. A fecha de hoy en el Estado español, y según datos del último censo de población publicados e32n enero del 2006 por el Instituto Nacional de Estadística, sólo 8 de cada 100 personas son inmigrantes. ¿Realmente podemos hablar de avalancha? ¿Realmente era necesaria para la historia de Princesas una resolución narrativa apoyada en la salida de Zulema del territorio español?

Expulsiones narrativas de las Zulemas inmigrantes

Sean o no sean poéticamente necesarios este tipo de finales narrativos, la notoria recurrencia a los mismos por parte del cine español es, sin duda, digna de reflexión. De hecho, la propia Princesas compartió cartelera durante el último mes de 2005 con otra película española con protagonista inmigrante (Olga, puertorriqueña, sin papeles) también “obligada” narrativamente a salir de España al final del filme y volverse a su país por donde había venido. Me refiero a Agua con sal, de Pedro Pérez-Rosado. En esta cinta, Olga conoce a Mari Jo; y la amistad entre ellas les ayuda a sobrellevar su situación de víctimas de explotación laboral en un almacén de muebles semiclandestino. Trabajan por 2€/hora y su único alivio es el agua con sal del título: ungüento con el que las mujeres de la película intentan curar las heridas de sus manos después de cada jornada laboral de trabajo sin contrato, ni derechos, ni condiciones dignas.

Al final de la historia, Olga decide abandonar España y regresar a su tierra natal, como si el viaje de vuelta fuera el único ungüento con el que curar las heridas que el racismo y la xenofobia de este país causan en las personas inmigrantes. ¿Realmente somos conscientes de estas heridas que provocamos con el rechazo continuo a unas gentes que simplemente buscan una vida digna? ¿Somos conscientes de que actualmente la mano de obra extranjera es la que está permitiendo que muchas fábricas y empresas puedan seguir produciendo sin tener que cerrar sus puertas por falta de personal? Sin ánimo de instrumentalizar la inmigración, y teniendo en cuenta el proceso de envejecimiento de la población española, ¿conocemos los datos que prueban que, sólo si se mantiene o incrementa el número de entradas de personas inmigrantes en el territorio español, podrá garantizarse el sistema de pensiones en el año 2015?

Si se conociesen estos datos, podría pensarse inicialmente que no tendrían por qué proliferar con tanta insistencia los discursos referentes a la necesidad de “expulsar” la inmigración del territorio español, ni proliferarían siquiera los referentes a la necesidad de controlar los flujos migratorios. Pero proliferan y los datos se conocen. Sólo nos queda la explicación de que dichos discursos (emitidos desde las clases políticas, desde los medios de comunicación, desde fuera y desde dentro de la pantalla) son simplemente los propios de un estado incipiente de reacción y desconcierto ante la entrada de la inmigración en la sociedad española.

El cine y su función social tranquilizadora del miedo a la inmigración (1):
La aniquilación simbólica de los elementos amenazantes

Esta explicación llega avalada por la teoría de cómo, cuando en un sistema social emerge un nuevo grupo (a finales del siglo XIX, fue el burgués; a mediados del siglo XX, el de la mujer; a principios del siglo XXI, el inmigrante), la asentada comunidad social espectadora de este nacimiento experimenta la necesidad de dotarse de dos tipos de instrumentos. Por un lado, busca instrumentos con los que reforzar su identidad: esto es, consistentes en identificar al “otro” frente al que definir el contorno de lo propio (ejemplo: ese “otro” frente al que el español ve confirmada su identidad por oposición, por contraste, sería el no-español). Y, por otro lado, y una vez identificado ese “otro”, busca dotarse de instrumentos con los que aniquilar simbólicamente toda amenaza que ese nuevo grupo social pueda suponer para su estabilidad (por ejemplo, identifica a la inmigración “no asimilable a nuestra cultura” con delincuencia y, como paso siguiente, inunda las páginas de los periódicos con noticias de delincuentes extranjeros encarcelados, expulsados o incluso muertos).

La aniquilación simbólica de las amenazas a la estabilidad social del sistema se realiza desde los medios de comunicación informativos y, cómo no, desde la ficción. La ficción en general, y el cine en particular, poseen una poderosa función social tranquilizadora que, en ocasiones, puede consistir en ponerle a la inmigración la cara de un personaje marginal (por ejemplo, el de mujer-inmigrante-prostituta) para posteriormente aniquilarlo, con la muerte de la mujer (castigada con el sida por no haber vivido sujeta a las normas de un hogar tradicional) o con su expulsión del país para así no amenazar a la población autóctona. Esta simbología contenida en Zulema de Princesas –contagiada con el VIH– o en Olga de Agua con sal –que no se prostituye pero que, sin papeles, es igualmente “expulsada”– caracteriza a unos personajes no deseados por todas esas personas que hoy en día creen que la población inmigrante ha venido al Estado español a quitarnos los puestos de trabajo, a hacernos competencia desleal en el mercado laboral, a rebajarnos los salarios, a robarnos y atracarnos, a invadirnos en avalanchas, a contaminar nuestras calles de criminalidad, a poner en peligro nuestra identidad.

Estos miedos, como vengo diciendo, muchas veces son calmados por unos discursos fílmicos que (re)presentan a personajes inmigrantes para luego, en aras de tranquilizar la ansiedad del espectador, hacer que estos personajes se asimilen (renuncien a sus peculiaridades culturales de origen y adopten la cultura española), se enderecen y, de no ser así, se vayan. [ii]

El cine y su función social tranquilizadora del miedo a la inmigración (2):
El conocimiento como estrategia para mitigar el miedo ante lo desconocido

Pero muchas otras veces la estrategia tranquilizadora es opuesta. Muchas otras veces, como en la cinta Camino al andar, de Sholeh Hejazi, la estrategia para calmar y enseñar a no tener miedo de lo inicialmente diferente y de lo inicialmente extranjero es mostrarlo primero, para conocerlo, y luego integrarlo como una parte más del “nosotros”. En ello consiste el largometraje documental de Hejazi, iraní de nacimiento pero formada y afincada en España desde su mocedad. La cinta, sobre el hilo conductor de una niña que camina por esa playa en la “que no hay camino, se hace camino al andar”, recoge las voces de filósofos (Rafael Argullol), escritores (Amin Maalouf), músicos (Trilok Gurtu), trabajadores sociales, profesores que reflexionan sobre la evolución de la humanidad, las guerras, los medios de comunicación, la diversidad cultural y los movimientos migratorios, entre otros temas. Estas voces comunican, debaten, proponen, formas de caminar este camino que se hace al andar. Y lo caminamos población inmigrante, población autóctona, población blanca, población mestiza, población homosexual, población de mujeres y hombres de diferentes orígenes, religiones, opiniones políticas, sin que nadie se tenga que marchar.

De la exposición de estas dos estrategias tranquilizadoras contrapuestas entre sí se desprende, cuando menos, que la inmigración es un tema que preocupa y que está presente en el imaginario colectivo de la sociedad actual. Sin desglosar el conjunto de películas según (re)presenten y (re)produzcan la inmigración como elemento perturbador a expulsar, o según la (re)presenten y (re)produzcan como elemento social novedoso a conocer e integrar, veamos a continuación algunos datos de interés que demuestran esa presencia notable de la inmigración en el universo colectivo del cine recientemente estrenado.

2 de cada 10 películas representan “lo extranjero”

Durante el pasado año (entre julio de 2004 y junio de 2005 para ser más exactos [iii]), prácticamente 2 de cada 10 películas estrenadas en Madrid (16%) (re)presentaban de forma básicamente central uno o varios personajes extranjeros que habían salido de su país de origen, bien obligados por una situación de guerra o de persecución por motivos de opinión política, étnicos, religiosos, nacionales o de pertenencia a un grupo social determinado (solicitantes de asilo o refugiados), o bien movidos por el deseo de buscar una vida más digna (inmigrantes económicos). Este segundo grupo lo integraban 42 de los 440 filmes estrenados que, junto a las 31 películas más relacionadas con el refugio y el asilo [iv], demostraban que “lo extranjero” está presente en el universo simbólico de cineastas de todo el mundo (gran aldea global); y demostraban, asimismo, la diversidad de acercamientos desde las muy diversas cintas (adjunto a continuación una tabla recopilatoria de sus argumentos cuyo análisis detallado, dicho sea de paso, podría darnos pautas sobre dicha diversidad y sobre su relación con las funciones tranquilizadoras del cine arriba expuestas).

Películas julio 2004 a junio 2005

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